A Los 46 DescubrÍ El Secreto Que CambiÓ Mi Vida

CAPÍTULO 18 LA MADRE QUE HABÍA ESPERADO CUARENTA Y SEIS AÑOS

—Hija…

Aquella palabra atravesó la oscuridad como una luz que nadie había encendido.

Hija.

No “Elena”.

No “señorita”.

No “niña”.

Hija.

Me quedé inmóvil.

No podía ver claramente el rostro de la mujer porque la única luz que entraba al archivo provenía del pequeño pasillo que quedaba detrás de Esteban.

Pero podía escuchar su respiración.

Podía sentirla.

Y, de una manera que no sabía explicar, podía reconocerla.

Había algo en aquella voz.

Algo que llevaba años enterrado dentro de mí.

Algo que no pertenecía a mis recuerdos conscientes, pero que mi cuerpo parecía recordar.

Mi corazón comenzó a latir con tanta fuerza que pensé que todos podían escucharlo.

—¿Mamá?

La palabra salió de mis labios sin que yo pudiera detenerla.

La mujer dio un paso hacia adelante.

Esteban se apartó.

Y entonces la vi.

No era una anciana.

No era una mujer desconocida.

Era una mujer de unos sesenta años.

Cabello oscuro con algunas canas.

Ojos grandes.

Profundos.

Llenos de lágrimas.

Y una pequeña cicatriz junto a la ceja izquierda.

Me llevé la mano al rostro.

No sabía por qué.

Pero aquella cicatriz me resultaba familiar.

La mujer lloraba.

—Sí —susurró—. Soy tu madre.

Me quedé mirándola.

Quise correr hacia ella.

Quise abrazarla.

Quise preguntarle por qué me había abandonado.

Quise gritarle.

Quise decirle que la había esperado durante toda mi vida sin saber que la estaba esperando.

Pero no hice nada.

Porque había aprendido una cosa durante las últimas horas:

en mi vida, ninguna verdad llegaba sola.

Siempre venía acompañada de otra mentira.

Miré a Esteban.

Después a Teresa.

Luego a Alejandro.

Todos parecían conocerla.

Todos excepto yo.

—¿Cómo sé que eres mi madre?

La mujer bajó la mirada.

—No puedes saberlo todavía.

—Entonces no me llames hija.

Su rostro se quebró.

—Tienes derecho a desconfiar.

—No.

Mi voz temblaba.

—Tengo derecho a saber.

La mujer asintió.

—Sí.

Mateo se colocó a mi lado.

No delante de mí.

No detrás.

A mi lado.

Como siempre.

—¿Quién es usted? —preguntó.

La mujer lo miró.

Y durante unos segundos pareció sorprendida.

—Mateo…

Él frunció el ceño.

—¿Me conoce?

Ella respiró profundamente.

—Te vi cuando eras un niño.

Mateo quedó inmóvil.

—¿Dónde?

—En la clínica.

—¿La noche que nací?

—Sí.

—Entonces usted sabe quién es mi padre.

La mujer cerró los ojos.

—Sé quién te engendró.

Mateo dio un paso hacia ella.

—¿Quién?

Ella no respondió.

Esteban intervino:

—No es el momento.

Mateo giró violentamente.

—¡Cállate!

La voz de Mateo resonó por el archivo.

—Llevas años manipulando nuestras vidas. No tienes derecho a decidir qué debemos saber.

Esteban lo miró fijamente.

Por primera vez, vi algo distinto en sus ojos.

No era enojo.

Era miedo.

Un miedo profundo.

—No sabes lo que estás diciendo.

—Sé que mi vida está construida sobre mentiras.

—Todos estamos atrapados en esto.

—Tú nos atrapaste.

Esteban no respondió.

La mujer dio un paso adelante.

—Basta.

Todos guardamos silencio.

—Si quieren salir vivos de este lugar, tienen que escucharme.

Sentí un escalofrío.

—¿Salir vivos?

La mujer miró hacia el túnel.

—No estamos solos.

Como si hubiera esperado esa señal, escuchamos un ruido.

Un golpe metálico.

Después otro.

Alguien intentaba abrir la puerta del archivo.

Teresa palideció.

—Nos encontraron.

La mujer se acercó a mí.

—Aura, tienes que venir conmigo.

Retrocedí.

—No.

Ella se detuvo.

—¿Por qué?

—Porque no sé quién eres.

—Soy tu madre.

—Eso no es suficiente.

La mujer cerró los ojos.

—Entonces te lo demostraré.

Metió una mano dentro de su abrigo.

Mateo inmediatamente se tensó.

—Despacio.

Ella sacó un pequeño objeto.

No era un arma.

Era un medallón.

Lo colocó en mi mano.

Lo reconocí inmediatamente.

Era igual al que había aparecido en varias fotografías.

Lo abrí.

Dentro había una fotografía diminuta.

Una mujer joven.

Isabel.

Y en sus brazos, un bebé.

Yo.

O al menos eso decía la inscripción.

AURA — 17/10/1985.

Me quedé sin palabras.

La mujer señaló la fotografía.

—Yo soy Isabel.

Sentí que todo mi cuerpo se estremecía.

Isabel.

El nombre que había perseguido mi historia durante semanas.

Isabel.

La mujer de la fotografía.

La mujer que había desaparecido.

La mujer que todos habían dado por muerta.

Mi madre.

—¿Por qué desapareciste?

Isabel comenzó a llorar.

—Porque me obligaron.

—¿Quién?

Miró a Esteban.

—Él.

Esteban apretó la mandíbula.

—No fue así.

—Sí fue así.

—Isabel…

—¡No pronuncies mi nombre!

Esteban retrocedió.

Yo miré a mi madre.

—¿Qué te hizo?

—Me amenazó.

—¿Con qué?

—Contigo.

—¿Qué podía hacerte si tú ya me habías dado a luz?

Isabel me miró.

—Podía hacerte desaparecer.

Sentí un escalofrío.

—¿Y por eso me entregaste?

—No.

—Entonces ¿qué hiciste?

—Te escondí.

La miré sin comprender.

—¿Dónde?

—Con Julián.

El nombre volvió a aparecer.

Julián.

El hombre que me había criado.

El hombre que había fingido morir.

El hombre que había ocultado secretos.

El hombre que había sido mi padre sin serlo biológicamente.




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