—Yo sé quién murió el 9 de octubre. Fui yo, Amalia. Yo morí ese día. Y la persona que está aquí contigo no es Mateo.
Durante unos segundos, el mundo dejó de existir.
No hubo pasado, ni futuro, ni recuerdos que pudieran sostenerme. Solamente aquella voz, aquellos ojos que conocía mejor que los míos y una frase que parecía destinada a destruir hasta el último fragmento de la vida que había intentado reconstruir.
Miré al hombre que tenía delante.
Era Mateo.
La misma cicatriz diminuta junto al mentón. La misma manera de apretar los labios cuando intentaba contener el llanto. La misma mirada que me había encontrado en medio de mis ruinas y que, incluso cuando yo había querido huir, me había hecho sentir que todavía existía un lugar en el mundo donde podía descansar.
Pero también miré al hombre que permanecía a mi lado.
El otro Mateo.
No se había movido. Tenía la mano cerrada alrededor de la mía, aunque sus dedos habían perdido la fuerza. Su rostro estaba tan pálido que parecía que alguien le hubiera arrancado la sangre.
—Amalia… —susurró.
No supe a cuál de los dos debía escuchar.
—¿Quiénes son ustedes? —pregunté.
Mi voz salió pequeña, casi infantil.
El hombre que acababa de decirme que había muerto dio un paso hacia mí.
—Yo soy el hombre que te amó antes de que te enseñaran a olvidarme.
El otro retrocedió.
—No lo escuches.
—¡Basta! —grité.
El eco de mi voz recorrió el corredor de aquella clínica abandonada.
—Estoy cansada de que todos me digan a quién debo escuchar, qué debo recordar y quién debo ser. Estoy cansada de los hombres que aparecen de la nada con fotografías, de las mujeres que dicen ser mis madres, de los muertos que regresan y de los vivos que llevan certificados de defunción. ¡Estoy cansada de que mi vida sea una historia escrita por personas que jamás me preguntaron si quería formar parte de ella!
Ambos guardaron silencio.
Y entonces comprendí algo.
Por primera vez desde que había comenzado aquella pesadilla, ninguno de los dos podía obligarme a aceptar su versión.
La verdad podía estar frente a mí.
Pero yo ya no era la mujer que necesitaba creer en alguien para poder seguir respirando.
—Quiero pruebas —dije—. No promesas. No recuerdos. No lágrimas. Pruebas.
El hombre que aseguraba haber muerto asintió lentamente.
—Las tendrás.
Sacó del bolsillo una pequeña llave metálica.
La misma que mi hija había recibido.
En ella estaban grabados tres caracteres:
A-00.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué significa?
—El principio de todo.
El otro hombre cerró los ojos.
—No abras esa puerta.
Lo miré.
—¿Por qué?
—Porque, si lo haces, vas a descubrir que nada de lo que vivimos fue exactamente como creímos.
Una risa amarga escapó de mi garganta.
—¿Todavía pretendes protegerme de la verdad?
—No.
Su respuesta me desconcertó.
—Tengo miedo de que, cuando la conozcas, decidas que ya no queda nada de nosotros.
Lo observé durante un largo instante.
—Si nuestro amor necesita que yo ignore quién eres, entonces no es amor. Es otra de tus mentiras.
Vi cómo aquellas palabras lo herían.
Y me dolió.
Porque todavía lo amaba.
Eso era lo más terrible de todo.
Podía desconfiar de su nombre, de su pasado, de sus recuerdos y de cada documento que lo relacionaba conmigo. Podía incluso sospechar que el hombre al que había amado era una identidad construida.
Pero no podía negar lo que había sentido cuando me abrazó después de una noche de miedo.
No podía negar la paz que me había regalado cuando el mundo se volvió insoportable.
No podía negar que, en medio de aquella oscuridad, su mano había sido lo único que me permitió creer que aún existía un mañana.
Sin embargo, el amor no podía seguir siendo una excusa para vivir de rodillas ante las mentiras.
—Abre la puerta —ordené.
El hombre que afirmaba ser el verdadero Mateo introdujo la llave en una cerradura oculta detrás de un panel metálico.
Se escuchó un chasquido.
La pared se abrió.
Y descubrí el lugar donde habían enterrado nuestras vidas.
La habitación era pequeña y estaba iluminada por una lámpara amarillenta.
Había archivadores, cajas, fotografías y cintas de grabación. En el centro se encontraba una mesa con tres carpetas negras.
En la primera estaba escrito mi nombre.
AMALIA D.
En la segunda:
MATEO / SAMUEL.
Y en la tercera, con letras rojas:
PROYECTO A-00: LOS NIÑOS QUE NO DEBÍAN EXISTIR.
Sentí que las piernas me fallaban.
El hombre que había permanecido a mi lado quiso sostenerme, pero me aparté.
No porque no necesitara ayuda.
Sino porque necesitaba demostrarme que todavía podía mantenerme en pie.
Abrí la primera carpeta.
En la portada había una fotografía de una niña de cabello oscuro, sentada sobre una cama de hospital. Tenía aproximadamente cuatro años. Llevaba una pulsera blanca alrededor de la muñeca.
Me acerqué la imagen.
La niña tenía una pequeña marca junto a la ceja izquierda.
Mi marca.
Debajo de la fotografía había una fecha:
17 DE OCTUBRE DE 1985.
Pasé la página.
Encontré otra fotografía de la misma niña, tomada tres días después.
La fecha era el 20 de octubre.
En esa imagen llevaba otra pulsera.
El nombre escrito en ella no era Amalia.
Era Ariadna Salvatierra.
Me llevé una mano a la boca.
Ariadna.
El nombre que había regresado desde las profundidades de mi memoria.
El nombre que había escuchado en aquel recuerdo del corredor blanco.
El nombre que, durante años, alguien había intentado arrancarme.
—¿Quién era ella? —pregunté.