A Los 46 DescubrÍ El Secreto Que CambiÓ Mi Vida

CAPÍTULO 22 EL HOMBRE QUE HABÍA ESTADO DETRÁS DE TODO

—He venido a buscar lo que me pertenece.

La voz de Ricardo atravesó la casa.

No parecía una amenaza.

Eso era precisamente lo que más miedo me producía.

Era demasiado tranquila.

Demasiado segura.

Como si estuviera completamente convencido de que nadie podía impedirle entrar.

Mateo permanecía a mi lado.

Tenía la mandíbula apretada.

Sus ojos estaban clavados en la puerta.

—Papá…

Ricardo volvió a hablar desde el exterior.

—Mateo.

No había ternura en su voz.

Tampoco odio.

Había algo peor.

Propiedad.

Como si realmente creyera que podía reclamar a su hijo como quien reclama un objeto perdido.

Esteban se acercó a la ventana.

—No abras.

Mateo lo miró.

—¿Ahora me das consejos?

—Si quieres sobrevivir, sí.

—Tú no sabes nada sobre sobrevivir.

Esteban sostuvo su mirada.

—Sé más de lo que imaginas.

Isabel se acercó a mí.

—Aura, tienes que irte.

—No.

—Sí.

—No voy a seguir huyendo.

—Esto no es huir.

—¿Entonces qué es?

—Sobrevivir.

Miré el libro.

La última página seguía abierta.

El nombre de Ricardo.

La anotación.

Las cuatro identidades.

Los niños.

La firma.

Todo aquello podía explicar mi vida.

O podía ser otra mentira.

Ya no sabía qué creer.

Pero había algo que sí sabía.

No quería volver a ser una niña escondida detrás de un nombre que otros habían elegido.

No quería volver a escapar.

No quería que nadie decidiera por mí.

—Voy a enfrentarlo.

Isabel me tomó del brazo.

—No sabes quién es.

—Precisamente por eso.

Mateo se colocó a mi lado.

—Yo voy contigo.

—No.

—Sí.

—Mateo…

—No pienso dejarte sola.

Esteban soltó una risa amarga.

—Eso es exactamente lo que Ricardo espera.

Mateo se volvió.

—¿Qué quieres decir?

—Que si los encuentra juntos, tendrá una ventaja.

—¿Cuál?

—Ustedes.

Silencio.

Esteban señaló el libro.

—Ese libro no es lo que él quiere.

—Entonces ¿qué quiere?

Esteban miró hacia mí.

—Quiere que tú recuerdes.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué?

—Lo que ocurrió aquella noche.

—Ya recuerdo bastante.

—No.

Esteban negó.

—Lo que recuerdas son fragmentos.

—¿Y qué falta?

—El momento exacto en que te cambiaron de identidad.

—¿Y por qué es tan importante?

—Porque viste quién lo hizo.

La frase me dejó inmóvil.

—¿Yo?

—Sí.

—¿Cuando era bebé?

—No.

Esteban me miró fijamente.

—Cuando tenías seis años.

Sentí un vacío en el estómago.

La misma edad.

La casa.

Mateo.

La mujer.

El recuerdo.

—Yo vi algo.

—Sí.

—¿Qué?

—A Ricardo.

Mi respiración se detuvo.

—¿Qué hacía?

Esteban respondió:

—Se llevaba a alguien.

—¿A quién?

—A la niña que todos creían que eras tú.

Mi corazón golpeó con fuerza.

—Elena.

Esteban asintió.

—Sí.

—Pero yo era Aura.

—Sí.

—Entonces…

—Entonces la niña que desapareció aquella noche era Elena.

Me quedé inmóvil.

—¿Y quién soy yo?

Esteban me miró.

—Eso es precisamente lo que Ricardo quiere descubrir.

La puerta principal se abrió.

Ricardo entró.

No venía solo.

Había dos hombres detrás.

Pero no eran hombres armados como yo había imaginado.

Vestían de manera elegante.

Trajes oscuros.

Rostros serios.

Parecían abogados.

Empresarios.

Personas normales.

Y eso hizo que todo resultara aún más inquietante.

Ricardo cerró la puerta.

—Buenas noches.

Nadie respondió.

Sus ojos recorrieron la habitación.

Se detuvieron en Mateo.

Después en mí.

Y finalmente en el libro.

—Sabía que lo encontrarían.

Mateo dio un paso adelante.

—¿Tú escribiste esto?

Ricardo miró el libro.

—No.

—¿Entonces quién?

—Tu madre.

Mateo apretó los dientes.

—No vuelvas a hablar de ella.

—Marina tenía miedo.

—¿De ti?

Ricardo negó.

—De Esteban.

Esteban soltó una risa.

—Siempre fui yo el culpable.

Ricardo lo miró.

—Porque lo eras.

—¿Y tú no?

—Yo intenté corregir mis errores.

—Demasiado tarde.

Ricardo dio un paso hacia él.

—No tienes idea de lo que hice para mantenerlos vivos.

—¿Vivos?

Esteban señaló hacia nosotros.

—Míralos.

Ricardo nos miró.

—Eso es exactamente lo que estoy haciendo.

Mateo se acercó.

—Quiero respuestas.

Ricardo lo observó.

—Te las daré.

—Ahora.

—No aquí.

—Aquí.

Ricardo negó.

—Este lugar está comprometido.

—Me da igual.

—No debería darte igual.

—Toda mi vida me han dicho lo que debería importarme.

Mateo señaló el libro.

—Esta vez voy a decidir yo.

Ricardo guardó silencio.

Finalmente asintió.

—Bien.

Se sentó.

—Pregúntame.

Mateo no dudó.

—¿Soy tu hijo?

—Sí.

—¿Biológicamente?

Ricardo respondió:

—Sí.

Mateo cerró los ojos.

Yo sentí una extraña mezcla de alivio y temor.

Entonces pregunté:

—¿Y yo?

Ricardo me miró.

Durante unos segundos no dijo nada.

—También.

El silencio fue absoluto.

Sentí que el suelo desaparecía debajo de mis pies.

Mateo me miró.

—¿Qué?

Ricardo repitió:

—Eres mi hija.

Mi corazón se detuvo.

Isabel comenzó a llorar.

Alejandro bajó la cabeza.

Esteban permaneció inmóvil.

—No —dije.

Ricardo sostuvo mi mirada.

—Sí.

—Alejandro dijo que era mi padre.

—No lo es.

—Isabel dijo que tú no eras mi padre.

—Isabel intentaba protegerte.




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