La cinta pesaba menos que una fotografía.
Menos que las dos pulseras que habíamos encontrado en la habitación secreta de Julián. Menos que el sobre amarillento donde aparecía mi nombre de nacimiento. Menos que cualquiera de los documentos que habían convertido mi vida en una sucesión interminable de preguntas.
Y, sin embargo, nunca había sostenido algo que me diera tanto miedo.
Porque aquella cinta contenía la voz del hombre que me había enseñado a vivir.
El hombre que me había llevado de la mano cuando era pequeña y me daba miedo cruzar la calle. El que se quedaba despierto cuando tenía fiebre. El que me enseñó a leer, a escribir y a no avergonzarme de mis lágrimas. El que me abrazaba cuando el mundo parecía demasiado grande y me decía que, mientras existiera un lugar al que regresar, nunca estaría completamente sola.
El hombre al que yo había llamado padre.
Julián.
Y, según Gabriel, el mismo hombre que había matado a una niña en el sanatorio de Santa Aurelia.
No conseguía unir aquellas dos imágenes.
No podía comprender cómo alguien capaz de acariciarme el cabello hasta que me quedara dormida podía haber cometido un acto tan terrible.
Pero la verdad no estaba obligada a parecerse a lo que yo necesitaba creer.
A veces, las personas que nos aman también nos hieren.
A veces, quienes nos salvan han hecho daño a otros.
Y a veces, el recuerdo más hermoso de nuestra infancia convive con un secreto que jamás habríamos podido perdonar si lo hubiéramos conocido a tiempo.
Miré a Gabriel.
—¿Por qué debería creer que esta cinta es auténtica?
Él no se ofendió.
—No deberías creerme.
Su respuesta me desconcertó.
—¿Qué?
—No deberías creerme solo porque te la entrego yo. Deberías escucharla, comparar lo que dice con los documentos y decidir por ti misma.
Por primera vez desde que había aparecido, su voz no contenía aquella seguridad arrogante que tanto había detestado.
Parecía cansado.
Envejecido.
Como si llevara mucho tiempo sosteniendo una culpa que no sabía dónde dejar.
—¿Tú sabías lo que contenía? —pregunté.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
Gabriel bajó la mirada.
—Desde hace treinta y nueve años.
Sentí que el pecho se me cerraba.
—Entonces lo sabías cuando me borraron los recuerdos.
—Sí.
—Lo sabías cuando me hicieron creer que mi pasado era una amenaza.
—Sí.
—Lo sabías cuando Mateo y yo empezamos a descubrir que nuestras familias habían manipulado nuestras vidas.
—Sí.
Cada respuesta era una piedra que se sumaba a un muro entre nosotros.
—¿Y nunca pensaste que merecía conocerlo?
Gabriel levantó los ojos.
—Lo pensé todos los días.
—Pero no hiciste nada.
—No.
La sencillez de su confesión me produjo más rabia que cualquier excusa.
—¿Por qué?
Gabriel miró a Alejandro, luego a Salvador y finalmente a Ariadna.
—Porque creí que, si mantenía la mentira, podría impedir que se repitiera lo que ocurrió aquella noche.
—¿Y lo impediste?
No respondió.
Me acerqué a él.
—¿Impediste que sufriéramos?
Silencio.
—¿Impediste que nos separaran?
Silencio.
—¿Impediste que pasáramos cuarenta años creyendo que nuestras hermanas habían muerto?
Gabriel cerró los ojos.
—No.
—Entonces, ¿qué protegiste?
Tardó unos segundos en contestar.
—Mi propia culpa.
No supe qué decir.
Había esperado otra justificación, una explicación sobre amenazas, peligros, órdenes o sacrificios inevitables.
Pero no aquella respuesta.
Mi propia culpa.
Era una frase pequeña para contener una vida entera de silencios.
Y, sin embargo, quizá fuera la primera cosa honesta que Gabriel me decía.
Mateo se acercó y colocó una mano sobre mi hombro.
—Tenemos que escuchar la cinta —dijo suavemente—. Después decidiremos qué hacemos.
Asentí.
No porque estuviera preparada.
Sino porque sabía que nunca lo estaría si seguía esperando el momento en que la verdad dejara de doler.
Entramos en la habitación secreta de Julián.
Ariadna caminaba a mi lado. No me soltó la mano durante todo el trayecto.
Gabriel permaneció junto a la puerta, mientras Salvador se sentaba en una de las sillas. Inés se quedó de pie, incapaz de mirar la caja negra que habíamos abierto.
Alejandro no entró inmediatamente.
Se quedó en el pasillo, observando una fotografía antigua que llevaba en la mano.
Mateo colocó la cinta en la grabadora.
Antes de presionar el botón, me miró.
—Si necesitas parar, paramos.
Respiré profundamente.
—No. Quiero escucharla.
Presionó el botón.
Durante unos segundos solo se oyó un ruido estático.
Después, una respiración.
Y, finalmente, la voz.
La voz de Julián.
La voz que había escuchado durante toda mi infancia.
La voz que había creído perdida para siempre.
—Mi niña…
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
Julián continuó.
—No sé cuándo escucharás esto. Tal vez cuando yo ya no esté. Tal vez cuando hayas descubierto que te oculté demasiadas cosas. Tal vez cuando hayas aprendido a odiarme.
Su voz temblaba.
—Si ha llegado ese momento, no voy a pedirte que me perdones. No tengo derecho a hacerlo antes de que conozcas toda la verdad.
Me cubrí la boca con una mano.
Mateo me rodeó los hombros.
La grabación continuó.
—Durante muchos años me repetí que lo que hice fue necesario. Que no tenía otra opción. Que aquella niña habría muerto de todas formas. Que el incendio había convertido cada decisión en una elección imposible. Me conté tantas veces esa historia que terminé creyendo que era cierta.
Hubo una pausa.
Escuchamos un golpe sobre la mesa, como si Julián hubiera apoyado la mano para sostenerse.
—Pero la verdad es que sí tenía otra opción.