El disparo todavía parecía rebotar dentro de mi cabeza.
No escuchaba nada más.
Ni el viento.
Ni los gritos.
Ni siquiera mi propia respiración.
Solo aquel estruendo que había partido la noche en dos.
Y después…
Mi madre cayó.
—¡Mamá!
Intenté correr hacia ella, pero Mateo me sujetó con fuerza y me arrastró hacia el interior de la casa.
—¡Suéltame!
—¡Elena, no!
—¡Está herida!
—¡Si sales, te dispararán a ti también!
Me revolví entre sus brazos.
—¡Es mi madre!
—¡Lo sé!
—¡Entonces suéltame!
—¡No puedo!
Su voz tenía una desesperación que nunca había escuchado.
Mateo cerró la puerta de golpe.
Después tomó mi mano y me llevó hacia el pasillo.
—Al suelo.
—¿Qué?
—¡Al suelo!
Me agaché justo cuando otro disparo atravesó una de las ventanas.
El cristal explotó.
Grité.
Mateo se lanzó sobre mí y cubrió mi cuerpo con el suyo.
Durante unos segundos permanecimos inmóviles.
Su pecho golpeaba contra mi espalda.
Podía sentir su respiración acelerada.
—¿Estás herida?
—No.
—¿Segura?
—Sí.
Levantó ligeramente la cabeza.
—Quédate aquí.
—No.
—Elena…
—Mi madre está afuera.
—Primero tenemos que saber desde dónde están disparando.
—¡Tenemos que ayudarla!
—Lo haremos.
Se incorporó lentamente.
Tomó una lámpara pesada que había sobre una mesa.
—Quédate detrás de mí.
—No pienso separarme de ti.
Me miró.
Por un instante, a pesar del peligro, hubo algo distinto en sus ojos.
Una ternura desesperada.
—Entonces no te alejes.
Avanzamos hacia la puerta trasera.
Pero antes de llegar escuchamos algo.
Un motor.
El automóvil negro arrancó.
Mateo se acercó a una ventana.
Observó la calle.
—Se van.
—¿Quién disparó?
—No lo sé.
—¡Mi madre!
Abrí la puerta.
Salí corriendo.
—¡Elena!
No lo escuché.
Crucé el pequeño jardín.
La encontré tendida cerca de los escalones.
—¡Mamá!
Me arrodillé.
Ella abrió los ojos.
Respiraba.
—Elena…
La abracé.
—Estoy aquí.
Su rostro estaba pálido.
Busqué sangre.
No encontré ninguna.
Entonces comprendí.
El disparo no la había alcanzado.
Miré detrás de ella.
Una pequeña marca de sangre estaba en su abrigo.
—¿Estás herida?
Negó lentamente.
—No.
—Entonces ¿qué fue?
Ella llevó una mano al hombro.
—La bala rozó.
Mateo llegó corriendo.
—Tenemos que sacarla de aquí.
Mi madre intentó incorporarse.
—No.
—¿Qué?
—No podemos quedarnos.
—¿Por qué?
Ella miró hacia la calle.
—Porque ahora saben que estoy viva.
Sentí un escalofrío.
—¿Quiénes?
Mi madre cerró los ojos.
—Los mismos que llevan cuarenta y seis años buscando que tú no conozcas la verdad.
Nos refugiamos en una pequeña habitación al fondo de la casa.
Mateo cerró las persianas.
Después revisó las ventanas.
Mi madre permanecía sentada en una silla.
Yo no podía dejar de mirarla.
No podía.
Había imaginado tantas veces aquel rostro.
Había soñado con volver a escuchar su voz.
Había deseado abrazarla después de su muerte.
Pero nunca imaginé que la tendría frente a mí.
Viva.
Y que, al mismo tiempo, podría ser la persona que más secretos había ocultado de mí.
—Necesito respuestas —dije.
Mi madre levantó la mirada.
—Lo sé.
—No quiero otra mentira.
—No habrá otra.
—Eso mismo me dijiste durante toda mi vida.
Ella bajó los ojos.
—Lo sé.
—Me hiciste creer que estabas muerta.
—Era necesario.
—¿Necesario?
Mi voz se quebró.
—¿Sabes lo que sufrí?
Mi madre comenzó a llorar.
—Sí.
—¿Sabes cuántas noches pensé que ya no tenía a nadie?
—Sí.
—¿Sabes cuántas veces fui al cementerio?
—Sí.
—¿Entonces cómo pudiste hacerlo?
Mi madre respiró profundamente.
—Porque si sabías que estaba viva, te mataban.
Sentí que el aire desaparecía.
—¿Quién?
—La misma persona que hizo desaparecer a Lucía.
Miré a Mateo.
Él estaba inmóvil.
—¿Mi padre? —preguntó.
Mi madre no respondió.
—¿Fue mi padre?
Ella negó lentamente.
—Tu padre fue una pieza importante.
Mateo dio un paso adelante.
—¿Qué significa eso?
—Significa que tu padre sabía demasiado.
—¿Y qué hizo?
Mi madre lo miró.
—Lo que hizo toda su vida.
—¿Qué?
—Protegió a los culpables.
Mateo cerró los puños.
—No.
—Sí.
—Mi padre no…
—Tu padre no es el hombre que tú crees.
Mateo permaneció en silencio.
Mi madre continuó:
—Pero tampoco es quien te dijeron que era.
Lo miré.
—¿Entonces quién es tu padre?
Mi madre se volvió hacia mí.
—Ese es el problema.
—¿Por qué?
—Porque tu padre no fue quien te dijeron.
Mateo se quedó completamente inmóvil.
—¿Qué estás diciendo?
Mi madre lo miró fijamente.
—Estoy diciendo que el hombre que crees que es tu padre quizá no sea tu padre biológico.
Mateo respiró profundamente.
—Ramiro dijo lo mismo.
Mi madre palideció.
—¿Ramiro?
—Sí.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
—¿Qué te dijo?
Mateo le explicó todo.
La libreta.
La afirmación de que Alejandro era su padre.
La fotografía.
La primera esposa.
La llegada de Clara.
La huida.
La fotografía de Gabriela.
El mensaje.
Mi madre escuchó sin interrumpir.
Cuando terminó, se llevó las manos al rostro.
—Entonces ya comenzaron.
—¿Qué comenzaron?
—A destruir las últimas pruebas.