A Los 46 DescubrÍ El Secreto Que CambiÓ Mi Vida

CAPÍTULO 13 LA HERMANA QUE ME HABÍA ESTADO BUSCANDO

—Soy Lucía.

Durante unos segundos pensé que había dejado de respirar.

La mujer permanecía en la puerta de la casa azul.

No se parecía a la niña de la fotografía.

Claro que no.

Habían pasado más de cuarenta años.

Pero había algo en sus ojos.

Algo que mi memoria reconoció antes que mi razón.

La forma en que inclinaba ligeramente la cabeza.

La pequeña cicatriz junto a la ceja.

Y aquel medallón.

El mismo símbolo que aparecía en el mío.

Mi corazón comenzó a golpear con fuerza.

—No…

La palabra salió de mis labios.

Lucía dio un paso hacia mí.

—Sí.

Mi madre permaneció inmóvil.

Esteban estaba detrás de ella.

Mateo apretó mi mano.

—Elena, espera.

Pero yo ya no podía esperar.

Caminé hacia aquella mujer.

Cada paso parecía atravesar cuarenta años de silencio.

—¿Eres Lucía?

Ella asintió.

—Sí.

—¿La niña de la fotografía?

—Sí.

—¿La niña que desapareció?

Una lágrima recorrió su rostro.

—Sí.

Mi voz se quebró.

—La niña que yo recuerdo…

Lucía sonrió entre lágrimas.

—También te recuerdo.

Me detuve.

—¿De verdad?

—Cada día.

Aquellas dos palabras destruyeron algo dentro de mí.

Porque durante años había pensado que aquel recuerdo era una fantasía.

Una invención de mi infancia.

Una imagen creada por mi mente.

Pero no.

Ella también me recordaba.

—Ven —susurró.

No pude resistir.

La abracé.

Y en el instante en que nuestros cuerpos se encontraron, algo dentro de mí se rompió.

Lloré.

Lloré como no había llorado nunca.

Ella también.

Nos abrazamos sin decir nada.

Dos mujeres adultas.

Dos niñas que habían sido separadas.

Dos vidas que habían tomado caminos diferentes.

Pero que, de alguna manera, habían encontrado el camino de regreso.

—Perdóname —susurró Lucía.

Me aparté ligeramente.

—¿Por qué?

—Porque tardé demasiado.

—No fue culpa tuya.

—Debí encontrarte antes.

—¿Cómo?

—Te busqué.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Toda mi vida.

Volví a abrazarla.

—Yo también te busqué.

—No lo sabías.

—Pero te recordaba.

Lucía cerró los ojos.

—Yo también.

Después de unos minutos nos sentamos.

Nadie parecía saber qué decir.

Mi madre observaba a Lucía con lágrimas en los ojos.

—Clara…

Lucía la miró.

—Mamá.

Mi cuerpo se estremeció.

Mamá.

La palabra confirmó lo que acabábamos de descubrir.

Clara era realmente su madre.

Pero entonces algo no encajaba.

Me volví hacia mi madre.

—Si tú eres Clara…

Ella asintió.

—Sí.

—¿Y eres la madre de Lucía?

—Sí.

—Entonces…

La miré fijamente.

—¿Por qué me dijiste durante toda mi vida que eras Gabriela?

Mi madre bajó la mirada.

—Porque Gabriela murió para que tú pudieras vivir.

—¿Quién era Gabriela?

Lucía respondió.

—Mi madre adoptiva.

La miré.

—¿Ella te crió?

Lucía asintió.

—Durante algunos años.

—Entonces…

—Cuando nos separaron, me llevaron a otra familia.

—¿Y Gabriela?

—Ella te recibió a ti.

Sentí un dolor profundo.

—Entonces mi madre…

Lucía tomó mi mano.

—La mujer que te crió fue tu madre de corazón.

Las lágrimas volvieron.

—Sí.

—Pero Clara es tu madre biológica.

Miré a Clara.

No sabía qué sentir.

Amor.

Rabia.

Confusión.

Dolor.

Todo al mismo tiempo.

—¿Por qué nunca me dijiste la verdad?

Clara respondió:

—Porque prometí mantenerte viva.

—¿De quién?

Ella miró a Esteban.

—De él.

Esteban permanecía apoyado contra la pared.

Sonreía.

—Siempre fui el villano de esta historia.

—No —dijo Clara—. Fuiste mucho peor.

Esteban soltó una carcajada.

—Qué dramática.

Mateo se levantó.

—¿Por qué trajiste a Lucía?

Esteban lo miró.

—Porque llegó el momento de terminar el juego.

—¿Qué juego?

—El de las identidades.

Mateo frunció el ceño.

—¿Qué quieres?

—Lo que siempre quise.

—¿Qué?

—El archivo.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué archivo?

Esteban me miró.

—El que está dentro de tu medallón.

Llevé la mano al cuello.

—No hay ningún archivo.

—No físicamente.

—Entonces ¿qué contiene?

—La clave para encontrarlo.

Mateo dio un paso adelante.

—¿Qué archivo?

Esteban sonrió.

—Los nombres.

—¿Los nombres de los niños?

—Sí.

Lucía habló.

—Y las personas que los hicieron desaparecer.

El ambiente cambió.

Esteban dejó de sonreír.

—No deberías estar hablando.

Lucía lo miró.

—Ya no eres quien decide.

—Todavía puedo decidir muchas cosas.

—No sobre mí.

—¿Estás segura?

Lucía se puso de pie.

—Cuarenta años.

Su voz era firme.

—Cuarenta años de miedo.

Miró a Esteban.

—Ya no soy aquella niña.

Él la observó durante unos segundos.

Después dijo:

—No.

—¿Qué?

—Ahora eres exactamente lo que necesito.

No entendí.

—¿Qué significa eso?

Esteban se volvió hacia mí.

—Lucía recuerda dónde está la primera parte del archivo.

—¿Dónde?

—En la casa de tu infancia.

Sentí un escalofrío.

—¿Mi casa?

—Sí.

—¿Qué hay allí?

Lucía respondió:

—Un sótano.

Me quedé inmóvil.

—Mi casa no tenía sótano.

—Sí tenía.

—No.

—Estaba oculto.

—¿Cómo?

Lucía me miró.

—Detrás de la pared de la biblioteca.

Recordé aquella habitación.

Los libros.

La pared.

El mueble antiguo que mi padre nunca permitía mover.




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