—Aura murió aquella noche.
Las palabras de Valeria quedaron suspendidas en el aire.
No sé cuánto tiempo pasó después de que las pronunciara.
Un segundo.
Un minuto.
Tal vez una vida entera.
Yo seguía mirando su rostro, buscando en sus ojos alguna señal que me dijera que aquello era otra mentira.
Porque ya no sabía qué creer.
Había aprendido que en mi vida una verdad podía convertirse en mentira en cuestión de segundos.
Que un padre podía ser otro padre.
Que un nombre podía pertenecer a otra persona.
Que un muerto podía estar vivo.
Que un vivo podía llevar el nombre de un muerto.
Que Julián había sido tres hombres.
Que yo había sido Elena, Amalia, quizá Ariadna.
Que Mateo había sido Samuel.
Que mi padre era Damián, aunque todavía existían documentos que decían otra cosa.
Y ahora Valeria pretendía convencerme de que la mujer que yo había conocido como Aura…
había muerto hacía cuarenta años.
—No —dije.
Mi voz salió tan baja que casi no la reconocí.
Valeria no apartó la mirada.
—Sí.
—No.
Esta vez lo dije más fuerte.
Mateo se acercó a mí.
Sentí su mano rodear la mía.
Era extraño.
En medio de aquella pesadilla, el contacto de sus dedos era lo único que todavía me parecía real.
—Amalia… —murmuró.
Negué con la cabeza.
—Yo la vi.
—Viste a una mujer con su identidad.
—¡Yo hablé con ella!
—Lo sé.
—¡Me llamó por mi nombre!
—Lo sé.
—¡Me dijo cosas que solamente alguien que hubiera estado conmigo podía saber!
Valeria cerró los ojos.
—Precisamente por eso.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué significa eso?
Valeria tardó unos segundos en responder.
—Significa que la mujer que conociste como Aura fue preparada para ser Aura.
Nadie habló.
Ni siquiera Elvira.
Ni Lucía.
Ni Esteban.
Todos parecían haber llegado al mismo lugar al mismo tiempo.
A ese punto donde la verdad ya no parecía una puerta.
Parecía un abismo.
—¿Preparada? —preguntó Mateo.
Valeria asintió.
—Como tantos otros.
—¿Quién era entonces?
Valeria me miró.
—Esa es la pregunta correcta.
Tragué saliva.
—Entonces respóndela.
Valeria bajó la mirada.
—No puedo.
—¿No puedes o no quieres?
—No lo sé.
Aquella respuesta me enfureció.
—¡Estoy cansada de que nadie sepa nada! ¡Estoy cansada de escuchar “no puedo”, “no recuerdo”, “alguien cambió esto”, “alguien borró aquello”! ¡Quiero una verdad!
Mi voz rebotó contra las paredes.
—¡Una sola!
Nadie respondió.
Y entonces escuché algo.
Un pequeño sonido.
Un clic.
Todos giramos hacia la puerta.
Esteban sacó rápidamente el arma.
Mateo se puso delante de mí.
Lucía retrocedió.
Elvira permaneció inmóvil.
—¿Quién está ahí? —preguntó Esteban.
Silencio.
Después…
tres golpes.
Toc.
Toc.
Toc.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
Porque esos tres golpes…
yo los conocía.
No sabía de dónde.
Pero los conocía.
Sentí que algo dentro de mí se estremecía.
—Amalia —dijo Mateo.
No contesté.
Los golpes volvieron.
Toc.
Toc.
Toc.
Y entonces escuché una voz al otro lado.
Una voz femenina.
Una voz que conocía.
—Abre.
Me quedé paralizada.
Mateo me miró.
—¿Quién es?
No pude responder.
Porque aquella voz…
era la voz de Aura.
Esteban levantó una mano.
—Nadie abre.
Valeria palideció.
—Es imposible.
—¿Qué? —pregunté.
Valeria me miró.
—Esa voz no debería existir.
Mi respiración se detuvo.
—Pero existe.
—No necesariamente.
—¡La estoy escuchando!
—Eso no significa que sea ella.
La puerta volvió a sonar.
Toc.
Toc.
Toc.
—Amalia…
La voz pronunció mi nombre.
Y esta vez escuché algo detrás de esas dos sílabas.
Una emoción.
Una especie de tristeza.
Una ternura.
Una familiaridad.
Era la misma forma en que Aura había pronunciado mi nombre años atrás.
No podía ser una grabación.
No podía ser una imitación.
No podía ser una coincidencia.
—Aura —susurré.
Mateo me apretó la mano.
—No sabemos quién está ahí.
—Yo sí.
—Amalia…
—Es ella.
Esteban negó con la cabeza.
—Si Valeria está diciendo la verdad, no puede ser Aura.
Miré a Valeria.
—Entonces demuestra que está mintiendo.
Valeria no respondió.
Eso fue suficiente para mí.
Me acerqué a la puerta.
Mateo intentó detenerme.
—No.
—Tengo que hacerlo.
—Puede ser una trampa.
—Toda mi vida ha sido una trampa.
Lo miré.
—Pero esta vez quiero saber quién está detrás de la puerta.
Mateo me soltó lentamente.
—Entonces no estarás sola.
Se colocó a mi lado.
Juntos nos acercamos.
Esteban apuntó hacia la puerta.
Lucía se quedó detrás.
Elvira murmuró algo que no entendí.
Valeria simplemente observaba.
Yo apoyé la mano sobre el picaporte.
Estaba frío.
Demasiado frío.
Cerré los ojos.
Y una imagen atravesó mi mente.
Un pasillo.
Una niña.
Una mujer de cabello oscuro.
Un vestido blanco.
Una puerta.
Tres golpes.
Y una voz infantil diciendo:
—Cuando vuelva, no abras hasta que diga tu nombre.
Abrí los ojos de golpe.
—Yo recuerdo esto.
Mateo me miró.
—¿Qué?
—Esto ya ocurrió.
—¿Cuándo?
—Cuando era niña.
Valeria dio un paso hacia mí.
—¿Qué recuerdas?
La miré.
—Que alguien me enseñó esos tres golpes.
Valeria palideció.
—¿Quién?
Mi respiración se volvió irregular.