No pude respirar.
Durante unos segundos olvidé cómo hacerlo.
La habitación permanecía en silencio, pero dentro de mi cabeza había un ruido insoportable. Un golpe detrás de otro. Una verdad intentando abrirse paso entre cuarenta y seis años de recuerdos.
Salvador era Julián.
El hombre que me había enseñado a andar en bicicleta.
El hombre que me esperaba afuera de la escuela cuando llovía.
El hombre que me había preparado sopa cuando tenía fiebre.
El hombre que me abrazaba cuando tenía pesadillas.
El hombre que me decía que nada malo podía pasarme mientras él estuviera conmigo.
Mi padre.
O el hombre que yo había llamado padre.
Sentí que las piernas dejaron de sostenerme.
Mateo me sujetó antes de que pudiera caer.
—Elena…
No contesté.
Seguía mirando a aquella mujer.
A Aura.
A la mujer que decía ser la verdadera dueña de mi nombre.
A la mujer que había aparecido en mi vida para destruir todo lo que creía saber sobre mí.
—Repítelo —dije finalmente.
Mi voz salió tan baja que casi no la reconocí.
Ella no apartó los ojos de mí.
—Julián es Salvador.
Tragué saliva.
—No.
—Elena…
—¡No!
Mi grito rebotó contra las paredes.
Mateo me sostuvo con más fuerza.
—No puedes venir aquí y decirme eso como si estuvieras hablando del clima.
Aura respiró profundamente.
—Lo sé.
—¡Ese hombre me crió!
—Lo sé.
—¡Me llamó hija!
—Lo sé.
—¡Me enseñó a escribir mi nombre!
Ella bajó la mirada.
—También lo sé.
Sentí un escalofrío.
—¿Cómo?
Aura levantó lentamente la cabeza.
Y entonces pronunció unas palabras que hicieron que mi corazón se detuviera.
—Porque yo también estaba allí.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—Yo estaba allí cuando Julián te enseñó a escribir.
El aire pareció desaparecer de la habitación.
—Eso es imposible.
—No.
—Yo era una niña.
—Yo también.
Mateo se acercó un paso.
—¿Cuántos años tenías?
Aura tardó unos segundos en responder.
—Seis.
El número me atravesó.
Seis.
La edad que aparecía una y otra vez en los documentos.
La edad en la que mi vida parecía haberse partido en dos.
La edad en la que Lucía desapareció.
La edad en la que alguien había cambiado identidades.
La edad en la que yo había dejado de recordar ciertas cosas.
La edad en la que, según tantos documentos, una niña había desaparecido.
—¿Dónde? —pregunté.
Aura cerró los ojos.
—En la casa.
—¿Qué casa?
—La casa donde vivías con Julián.
Mi corazón comenzó a latir con tanta fuerza que me dolía.
—¿Tú vivías allí?
—No exactamente.
—Entonces, ¿cómo estabas allí?
Aura abrió los ojos.
—Porque durante algunos meses viví escondida en esa casa.
Mateo y yo nos miramos.
—¿Por qué? —preguntó él.
Aura apretó los labios.
—Porque alguien quería matarme.
Sentí frío.
—¿Quién?
—Salvador.
La contradicción me golpeó de inmediato.
—Pero acabas de decir que Salvador era Julián.
—Exactamente.
Retrocedí.
—Entonces él quería matarte.
—No.
Aura negó lentamente.
—Él quería hacerme desaparecer.
—¿No es lo mismo?
—No.
Su voz cambió.
Se volvió más triste.
—Matar a alguien significa acabar con su vida.
Hizo una pausa.
—Hacerlo desaparecer significa quitarle su identidad.
Me quedé mirándola.
—Y eso fue lo que hizo conmigo.
Mateo preguntó:
—¿Te convirtió en otra persona?
Aura asintió.
—Intentó hacerlo.
—¿Y conmigo?
Ella lo miró.
—Contigo hizo algo todavía más cruel.
Mateo endureció el rostro.
—¿Qué?
Aura señaló una fotografía que estaba sobre la mesa.
Era una imagen antigua.
Cuatro niños.
Yo.
Lucía.
Mateo.
Y la niña que aparecía una y otra vez en nuestros recuerdos.
Aura.
—Los separó —dijo ella—. Porque descubrió que ustedes cuatro podían revelar todo.
Me acerqué a la fotografía.
—¿Qué podían revelar?
Aura respiró profundamente.
—La verdad sobre Salvador.
Toqué la imagen con los dedos.
Los cuatro niños sonreíamos.
Era una fotografía inocente.
Pero ahora parecía una sentencia.
—¿Qué sabía él? —pregunté.
Aura respondió:
—Que todos ustedes habían nacido alrededor del mismo secreto.
—¿Cuál?
—La identidad de una niña.
Miré a Mateo.
Él parecía tan confundido como yo.
—No entiendo.
Aura se levantó.
Caminó hacia una pequeña biblioteca.
Sacó un libro viejo.
Lo abrió.
Dentro había una serie de fotografías.
Documentos.
Nombres.
Fechas.
Sellos.
Y entonces vi algo que reconocí inmediatamente.
Una firma.
Julián.
Me quedé paralizada.
—¿De dónde sacaste eso?
—De Salvador.
—¿Cuándo?
—Hace veintidós años.
—¿Cómo?
Aura me miró.
—Porque yo fui la primera persona que intentó descubrir quién era realmente.
Tomé el documento.
La tinta estaba gastada.
Pero todavía podía leerse.
Había una fecha.
17 de octubre de 1985.
Sentí que el pecho se me cerraba.
Otra vez esa fecha.
Siempre regresábamos al mismo día.
—¿Qué pasó ese día? —pregunté.
Aura no respondió.
—¡¿Qué pasó ese día?!
Ella cerró los ojos.
—Nacieron dos niñas.
Sentí un nudo en la garganta.
—Eso ya lo sabemos.
—No.
Aura abrió los ojos.
—Crees que lo sabes.
Silencio.
—Una de esas niñas murió.
El corazón me dio un vuelco.
—¿Y la otra?
Aura me miró directamente.
—La otra fue convertida en dos personas.