—Del hombre que está enterrado en la tumba de Julián.
Las palabras de mi madre quedaron suspendidas en el aire.
No podía moverme.
No podía hablar.
Ni siquiera sabía si estaba respirando.
Miré a Mateo.
Él me observaba con la misma expresión de desconcierto que seguramente tenía yo.
Después miré nuevamente a mi madre.
—No entiendo.
Mi voz salió apenas como un susurro.
—¿Qué acabas de decir?
Mi madre bajó la mirada.
—Que el hombre enterrado bajo el nombre de Julián podría ser tu verdadero padre.
Sentí un vacío en el pecho.
—Pero Julián era mi padre.
—Sí.
—Me crió.
—Sí.
—Me amó.
—Sí.
—Entonces, ¿cómo puede ser que no sea mi padre?
Mi madre cerró los ojos.
—Porque ser padre no siempre significa ser quien te dio la vida.
Me quedé mirándola.
—No vuelvas a hablarme con acertijos.
Mi voz se elevó.
—¡Estoy cansada de los secretos!
Mi madre comenzó a llorar.
—Lo sé.
—¡Todo el mundo sabe algo menos yo!
—Lo sé.
—¡Mi vida entera parece una mentira!
—No todo fue mentira.
—¿Qué parte fue verdad?
Ella levantó la mirada.
—El amor de Julián.
Eso me hizo callar.
Porque, pese a todo, había algo que yo no podía negar.
Julián había estado allí.
Cuando tuve fiebre.
Cuando aprendí a leer.
Cuando tuve mi primer día de escuela.
Cuando sufrí mi primera decepción.
Cuando me rompieron el corazón por primera vez.
Cuando me casé.
Cuando nació cada una de mis hijas.
Julián había estado allí.
Y aunque ahora descubriera que no compartíamos la misma sangre, eso no podía borrar cuarenta y seis años de amor.
—¿Entonces quién está enterrado bajo su nombre? —pregunté.
Mi madre no respondió.
—Mamá.
—No lo sé con certeza.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Porque nunca vi el cuerpo.
Sentí un escalofrío.
—¿Nunca?
Negó lentamente.
—Cuando me dijeron que Julián había muerto, ya era demasiado tarde para mí.
—¿Dónde estabas?
—Lejos.
—¿Por qué?
—Porque me estaban buscando.
—¿Quiénes?
—Los mismos que llevan años intentando controlar esta historia.
Mateo intervino.
—¿Mi padre?
Mi madre lo miró.
—Entre otros.
Mateo apretó la mandíbula.
—Siempre es él.
—No todo es culpa de tu padre.
—¿Entonces quién?
Mi madre guardó silencio.
—Dime la verdad.
Ella respiró profundamente.
—Hay alguien por encima de él.
El silencio volvió a instalarse.
—¿Quién?
Mi madre miró hacia la puerta.
—No aquí.
Salimos de la casa poco antes del amanecer.
No sabía hacia dónde íbamos.
Mateo tampoco me lo dijo.
Mi madre estaba en el asiento trasero.
Yo iba adelante.
Durante varios kilómetros nadie habló.
Miraba la carretera mientras las primeras luces del día comenzaban a aparecer.
Todo parecía extrañamente normal.
Los árboles.
Las casas.
Los automóviles.
Las personas que caminaban hacia el trabajo.
Y pensé en lo absurdo de la vida.
Mientras el mundo continuaba como siempre, el mío acababa de romperse.
Una mujer que creía muerta estaba viva.
El hombre que creía mi padre quizá no lo era.
El hombre que había enterrado como mi padre quizá no estuviera enterrado allí.
Mi supuesto padre biológico, Alejandro, podía no ser mi padre.
Y Mateo…
Mateo podía haberme conocido desde niño.
No sabía qué parte de nuestra historia era casualidad.
Y cuál había sido cuidadosamente planeada.
—¿En qué piensas? —preguntó Mateo.
—En ti.
Él me miró brevemente.
—Eso puede ser bueno o malo.
Sonreí débilmente.
—No lo sé todavía.
—¿Estás enojada conmigo?
Miré por la ventanilla.
—Sí.
—Lo entiendo.
—Pero no sé exactamente por qué.
—También lo entiendo.
—Eso me molesta todavía más.
Mateo sonrió.
—Lo siento.
—No sonrías.
—No estoy sonriendo.
—Sí estás sonriendo.
—Un poco.
Por primera vez en horas sentí algo parecido a paz.
Pero duró apenas unos segundos.
—¿Tú sabías que me conocías de niño?
Mateo dejó de sonreír.
—No al principio.
—¿Cuándo lo recordaste?
—Cuando vi aquella fotografía.
—¿Cuál?
—La que encontramos en la casa de tu madre.
—¿La de las dos niñas?
—Sí.
—¿Y por qué no me lo dijiste?
—Porque tenía miedo.
—¿De qué?
—De que pensases que me había acercado a ti por interés.
Lo miré.
—¿Lo hiciste?
—No.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—¿Nunca te acercaste a mí pensando en mi familia?
Mateo tardó unos segundos.
—Al principio sabía que eras Elena.
—Eso no responde.
—Sabía que eras la hija de Gabriela.
—¿Y?
—Y quería entender qué relación tenía tu familia con la mía.
—Entonces sí.
—Sí.
La honestidad dolía.
Pero, por alguna razón, prefería aquella verdad a otra mentira.
—¿Y cuándo cambió?
Mateo respiró profundamente.
—La noche que lloraste en mi auto.
Lo miré.
—¿Cuando te conté lo de mi divorcio?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque hasta ese momento veía una historia.
Hizo una pausa.
—Después vi a una mujer.
No respondí.
—Una mujer que había sido herida —continuó—. Que creía que su vida había terminado. Y que, aun así, seguía levantándose cada mañana.
Sentí un nudo en la garganta.
—Mateo…
—Ahí dejé de buscar a la hija de Alejandro.
Me miró.
—Y empecé a enamorarme de Elena.
Desvié la mirada.
No quería llorar.
No ahora.
Pero sus palabras atravesaron todas mis defensas.
—No sé si puedo confiar en ti.
—No tienes que hacerlo todavía.