A Los 46 DescubrÍ El Secreto Que CambiÓ Mi Vida

CAPÍTULO 21 LA PROMESA QUE HICIERON POR NOSOTROS

Durante unos segundos no pude apartar los ojos de aquella firma.

Isabel.

Mi madre.

La mujer que había aparecido de repente en mi vida después de cuarenta y seis años.

La mujer que me había dicho que me amaba.

La mujer que había jurado que me protegió.

Y ahora su firma estaba debajo de una frase que podía haber destruido para siempre mi posibilidad de amar a Mateo.

“Perdóname, Aura. Para salvarte tuve que hacerte creer que el hombre que amarías algún día era tu hermano.”

No entendía.

No podía entenderlo.

—¿Por qué? —pregunté.

Nadie respondió.

Miré a Isabel.

—¿Por qué hiciste esto?

Ella comenzó a llorar.

—Porque no tenía otra opción.

—Siempre hay otra opción.

—No aquella noche.

—¿Qué ocurrió?

Isabel se acercó.

—Esteban descubrió que tú y Mateo estaban destinados a encontrarse.

—¿Destinados?

—No en el sentido que imaginas.

—Entonces explícate.

Isabel respiró profundamente.

—Cuando ustedes eran niños, nadie sabía cómo terminaría todo. Pero había una razón por la que sus familias estaban relacionadas.

Mateo se cruzó de brazos.

—¿Cuál?

—Una deuda.

—¿Qué deuda?

—Una deuda de sangre.

El silencio volvió a apoderarse de la habitación.

—Eso no significa nada —dije.

Isabel negó.

—Para Esteban significaba todo.

—¿Qué quería?

—Control.

—¿Sobre quién?

—Sobre todos nosotros.

Mateo dio un paso adelante.

—¿Y por qué nosotros?

Isabel lo miró.

—Porque ustedes eran los únicos que podían destruir su poder.

—¿Cómo?

—Porque sus historias estaban conectadas.

—Eso ya lo sabemos.

—No.

Isabel negó.

—Todavía no saben cómo.

Se acercó al escritorio.

Tomó un viejo documento.

—Sus padres tenían algo que Esteban quería.

—¿Qué?

—Pruebas.

—¿De qué?

—De toda la red.

—¿Y nosotros?

—Ustedes eran la última prueba viva.

Sentí un escalofrío.

—¿Por qué?

Isabel miró a Mateo.

—Porque Ricardo guardó información en ti.

Mateo quedó inmóvil.

—¿Qué significa eso?

—Tu padre descubrió que Esteban utilizaba las identidades de los niños para ocultar movimientos de dinero y propiedades.

—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?

—Mucho.

—¿Qué?

Isabel bajó la voz.

—Ricardo escondió una clave.

Mateo frunció el ceño.

—¿Dónde?

—En tu identidad.

—No entiendo.

—Tu nombre original.

Mateo palideció.

—¿Qué pasa con mi nombre?

—No era Mateo.

Silencio.

—¿Cuál era?

Isabel lo miró.

—Tomás.

Mateo se quedó inmóvil.

Yo también.

—Tomás…

—Sí.

—¿Por qué me llamaron Mateo?

—Porque necesitaban borrar tu rastro.

—¿Y quién decidió ese nombre?

—Ricardo.

Mateo se llevó una mano al rostro.

—Entonces toda mi vida…

—Fue construida para protegerte.

—¿O para ocultarme?

Isabel no respondió.

Mateo golpeó suavemente la mesa.

—¡No quiero otra respuesta ambigua!

Su voz se quebró.

—Quiero saber quién soy.

Isabel se acercó.

—Eres mi hijo.

Mateo la miró sorprendido.

—¿Tú?

Isabel asintió.

—No biológicamente.

El silencio fue absoluto.

—¿Entonces?

—Yo fui quien te protegió cuando tu madre desapareció.

Mateo abrió los ojos.

—¿Mi madre?

Isabel respiró profundamente.

—Marina.

El nombre quedó suspendido.

Mateo había mencionado a Marina antes.

Pero ahora la historia parecía adquirir otro significado.

—Marina era mi madre.

—Sí.

—¿Y tú?

—Su hermana.

Mateo quedó paralizado.

—Entonces eres mi tía.

Isabel asintió.

—Sí.

—¿Y por qué todos me hicieron creer que eras otra persona?

—Porque Marina sabía que iban a buscarte.

—¿Quiénes?

—Los mismos hombres que buscaban a Aura.

Me miró.

—Por eso sus caminos se cruzaron.

Sentí un escalofrío.

—¿Marina sabía quién era yo?

—Sí.

—¿Me conoció?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Antes de morir.

—¿Dónde?

Isabel miró hacia la ventana.

—En esta misma casa.

Me quedé sin palabras.

La memoria comenzó a regresar.

Una tarde.

Yo tenía aproximadamente cinco o seis años.

Había una mujer en la cocina.

Cabello oscuro.

Sonrisa triste.

Me daba una muñeca.

—Cuídala —me decía.

Yo la abrazaba.

—¿Quién eres?

Ella respondía:

—Una persona que quiere que seas feliz.

No sabía quién era.

Hasta ahora.

—Marina.

Isabel asintió.

—Sí.

—Ella me conocía.

—Te quería.

—¿Por qué nunca la recuerdo?

—Porque después de aquel día, Julián decidió borrar todas las fotografías.

—¿Por qué?

—Porque Marina fue descubierta.

—¿Por Esteban?

—Sí.

—¿Y murió?

Isabel cerró los ojos.

—Sí.

Mateo estaba completamente quieto.

—¿Cómo murió?

Isabel tardó en responder.

—Intentando sacarte del país.

Mateo cerró los ojos.

—Nunca me lo dijeron.

—Porque te habrían buscado.

—¿Quién?

—Los mismos que mataron a quienes intentaron protegerte.

Mateo abrió los ojos.

—¿Ricardo sabía?

—Sí.

—¿Y Alejandro?

—También.

—¿Julián?

—Sí.

Mateo soltó una risa amarga.

—Todos sabían.

—Todos intentaban salvarte.

—Todos me mintieron.

Isabel bajó la mirada.

—A veces una mentira nace del miedo.

—Pero sigue siendo una mentira.

No pude evitar intervenir.

—Eso es lo que más duele.

Mateo me miró.

—¿Qué?

—Que todos dicen haber mentido por amor.

Silencio.

—Pero nadie pensó en lo que sentiríamos nosotros al descubrirlo.




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