Cronica de las fronteras grises, libro 2: Luna

60.- Los duendes son padres celosos.

La mansión de la Tortuga de Jade seguía en pie, igual de vasta y silenciosa que en sus recuerdos, aunque algo en ella había cambiado. El jardín ya no parecía un refugio de sombras, sino un pequeño paraíso luminoso, donde los rayos del sol se filtraban entre los sauces y los estanques reflejaban un cielo limpio. Gato Café se detuvo al borde del camino, con la túnica azul desgastada ondeando a su espalda y el fusil de Barco del Desierto colgando del hombro. No sabía si debía avanzar o regresar. Habían pasado tres años, y sin embargo, cada piedra del muro le susurraba su invitación.

Caminó despacio entre los árboles que bordeaban el sendero y la vio.

Una mujer estaba sentada en el jardín, tomando té con una delicadeza casi hipnótica. El vapor se enroscaba en el aire como un espíritu complacido, y los ojos de ella… cambiaban. A cada parpadeo, el color variaba: a veces eran azules, a veces lilas, otras, de un verde tan pálido que parecían hechos de agua. Todos los tonos eran claros, suaves, casi etéreos. Su cabello caía sobre los hombros como un río de luz, y la piel tenía ese brillo de las perlas que solo los seres encantados poseen.

Gato Café la observó con una mezcla de admiración y desconcierto. No la reconoció.

Sin embargo, junto a ella, arrodillado en la tierra, estaba el duende. Su espalda encorvada se movía con ritmo paciente mientras arrancaba malezas y colocaba flores nuevas en la tierra. La calma con que trabajaba era la misma de siempre. A el sí lo reconoció.

El gato permaneció oculto entre los árboles, incapaz de dar un paso más. Se sentía torpe, extraño, cubierto de polvo, con la piel marcada por cicatrices y la ropa raída. Miró sus manos: las uñas negras de tierra, los nudillos abiertos. Aquella mujer, tan distinta a la niña sombría que recordaba, parecía hecha de otro mundo.

El duende levantó la cabeza, y sus ojos —dos carbones diminutos— lo encontraron entre las sombras.

—Sal de ahí —gruñó con voz baja, aunque lo bastante firme como para helar el aire.

Gato Café se quedó quieto.

—Te he dicho que salgas, forastero —repitió el duende, y sus dedos se cerraron sobre una pala, como si fuera un arma.

El gato obedeció.

Apareció entre los árboles, erguido, con el fusil a la espalda y la túnica ondeando al viento. La mujer del té se sobresaltó al verlo. Su gesto se quebró, la taza cayó y se rompió en el suelo.

—¡Gato! —exclamó, poniéndose de pie.

Durante un instante, los ojos de la ninfa se iluminaron con un resplandor dorado. Corrió hacia él, sin importarle las astillas de porcelana, y lo abrazó con una fuerza inesperada.

—Pensé que nunca volverías —susurró, con la voz temblorosa y alegre.

Gato Café la miró con desconcierto. Tardó unos segundos en comprender que aquella mujer era la ninfa. La niña oscura, de mirada inquietante y piel translúcida, de hace 3 años. En su lugar estaba una mujer luminosa, viva, tan radiante que le costaba sostenerle la mirada.

—Has crecido —fue lo único que alcanzó a decir.

Ella rió, una risa limpia, de cristal quebrado. —Tu también.

El duende los observaba desde el jardín, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. No dijo nada, pero el modo en que apretaba los labios bastaba para entender su descontento.

Dentro de la casa, el aire olía a incienso y flores frescas. La ninfa lo condujo hasta una sala amplia, llena de luz, donde lo hizo sentarse en un sillón mullido. Ella le sirvió té mientras él relataba su historia. Le habló del desierto, de los camellos y los mastines, de Barco del Desierto, del escorpión de metal, de la guerra y la pérdida. Cada palabra parecía arrancarle un fragmento del alma.

La ninfa escuchaba en silencio, con los ojos cambiando de color según las emociones que cruzaban su rostro: azul cuando se enternecía, ámbar cuando se sorprendía, verde cuando lo admiraba.

Cuando terminó, Gato Café sacó el anillo y lo colocó sobre la mesa.

—Necesito saber qué clase de hechizo lleva —dijo.

La ninfa lo tomó entre los dedos. Por un instante, su piel brilló como si la luz huyera del metal.

—Es una magia antigua —murmuró—. Oscura, cruel… pero curiosamente equilibrada. Está maldita, sí, pero el material con que fue forjado está hecho de energía benevolente. El anillo mismo te ha protegido todo este tiempo. No permitió que la maldición te destruyera… evitó que lo usaras.

Gato Café asintió, recordando las veces que el anillo había escapado de su mano, volando como si tuviera voluntad propia.

—¿Puedes deshacer la maldición? —preguntó con esperanza.

La ninfa levantó la vista. Sus ojos se tornaron de un azul profundo, casi triste.

—Sí, puedo. Pero me llevará tiempo.

—No importa. —El gato se recostó en la silla—. Me casaré con Gata Blanca y luego volveré por él.

La sonrisa de la ninfa se congeló.

Por un instante, los colores de sus ojos se mezclaron en una tormenta de tonos imposibles hasta que, finalmente, se tiñeron de un verde intenso, casi venenoso.

—Tardará un año —dijo, con voz contenida.

El duende, que había entrado sin hacer ruido, la observó con una mezcla de desconcierto y preocupación. Reconocía aquel cambio en los ojos; era la emoción reprimida, el tipo de celos que solo los espíritus pueden sentir sin comprenderlos del todo.

Gato Café no notó nada. Sonrió, agradecido, y tomó las manos de la ninfa.

—Gracias. Eres una gran amiga.

Ella no respondió. Pero el verde de sus ojos se volvió rojo, encendido como brasas.

El duende apretó los puños, comprendiendo demasiado bien lo que sucedía.

Gato Café se levantó, colgó el fusil al hombro y se acercó a la puerta.

—Debo irme. He demorado demasiado. Pero necesito pedirte un favor, duende. —Dejó el fusil frente a él—. Cuida esto. Pertenecía a un gran amigo. No quiero que caiga en malas manos.

El duende lo miró con una mezcla de respeto y rencor.

—Lo cuidaré —dijo secamente.



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En el texto hay: gato, batallas, magia

Editado: 05.10.2026

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