Cronica de las fronteras grises, libro 2: Luna

61.- Un gato sorprendido.

Habían pasado tres años desde que el viento del mar de las arenas había dejado su huella en el pelaje y el alma de Gato Café.
El sol del mediodía caía sobre el barrio de la Media Luna, tiñendo de cobre los muros descascarados, los cables eléctricos colgantes y los letreros oxidados. A lo lejos, el humo de los hornos del vertedero formaba una línea ondulante en el cielo.
El gato avanzó con paso firme, aunque dentro de él algo temblaba, una voz que susurraba: “¿Y si ya nadie te espera?”

Vestía la túnica azul raída que Segundo le había regalado; bajo ella, las cicatrices brillaban con un tono opaco, casi metálico.
Todo le resultaba conocido y ajeno a la vez. Los cachorros jugaban en las calles, los tenderos gritaban precios, las fuentes de agua aún chispeaban con su rumor de piedra gastada; pero el aire tenía algo distinto, un ritmo más lento, una costumbre que ya no le pertenecía.

Lo primero que hizo fue dirigirse a la escuela, aquel edificio bajo con muros color crema, donde Gata Blanca enseñaba.
Al asomarse a la reja, el corazón se le aceleró. Allí estaba ella, vestida con un sencillo vestido celeste, el pelaje limpio y la sonrisa encendida entre los pequeños alumnos.
El mundo pareció detenerse.
Gato Café sonrió por primera vez en meses, una sonrisa sincera, casi infantil, y cruzó la reja con paso rápido.

—¡Gata! —exclamó con una mezcla de alivio y emoción, extendiendo los brazos.

Ella giró la cabeza. Lo vio.
El tiempo se congeló.
El rostro de Gata Blanca se transformó en terror puro. Dio un paso atrás, luego otro, hasta chocar con la pizarra. Los cachorros, confundidos, miraron a su maestra.

—No… —murmuró ella—. No puede ser… tú estás muerto…

Gato Café detuvo su paso, desconcertado.

—Soy yo —dijo suavemente, intentando sonreír—. Volví, Gata. Como lo prometí.

Ella gritó. Un grito que no era de alegría ni sorpresa, sino de miedo visceral.

—¡Lárgate! ¡No! ¡Tú no eres él! ¡No eres Gato Café! ¡Él murió!

Los cachorros corrieron a abrazarla, formando un pequeño muro de cuerpos temblorosos. El felino retrocedió, incapaz de comprender. Se miró las manos, su ropa. Entendió, al fin, lo que ella veía: un extraño, cubierto de cicatrices, un soldado del desierto con la mirada de alguien que ya había cruzado demasiadas fronteras.

—Soy yo… —repitió, casi en un susurro—. Lo juro…

Pero ella solo lloraba.

Gato Café dio un paso hacia atrás. El silencio se volvió insoportable. De pronto, saltó sobre la cerca con un impulso desesperado, corrió por las calles, por los tejados, huyendo de una escena que no podía asimilar.
El viento le arrancaba lágrimas que no quería mostrar.

El vertedero seguía igual. Montañas de metal oxidado, tuberías que exhalaban humo y un olor a aceite quemado que se mezclaba con el polvo.
Allí, entre las sombras, encontró a Marco, más envejecido, con la mirada cansada y un cigarro apagado en la comisura del hocico.

—Marco… —dijo el gato, esperanzado.

El cuervo lo miró con una mezcla de sorpresa y miedo.

—No puede ser… —balbuceó—. Gato… tú…

—Estoy aquí —interrumpió Gato Café—. Volví.

Marco apartó la mirada.

—No deberías haber vuelto —dijo al fin—. Las cosas cambiaron. No sé si para bien o para mal, pero cambiaron.

El felino frunció el ceño.

—¿Dónde está Bingo? ¿Y Gorila Pelón?

—Bingo pasa los días en la Selva de Azabache, en la casa que terminó de construir. Dice que la selva le habla… o que hay alguien esperándolo. Yo no lo entiendo. Y Gorila… bueno, Gorila sigue aquí, en la oficina, fumando y bebiendo. No ha dejado de hacerlo desde que tú… te fuiste.

Gato Café asintió sin responder. Caminó hacia la vieja oficina. Las tablas del piso crujieron bajo sus pasos.
Dentro, Gorila Pelón estaba de espaldas, mirando por la ventana hacia el horizonte negro de la selva. Llevaba puesto el sombrero ancho que gato le dejara y dos cuchillos cruzados en la cintura. El humo del cigarro formaba espirales lentas en el aire.

—Gorila… —dijo Gato Café.

El humano no se giró.

—Ya me lo habían dicho… —murmuró con voz ronca—. Que andaba un fantasma con tu cara por ahí.

—No soy un fantasma. Estoy vivo.

—Peor —dijo Gorila Pelón, girando por fin—. Los fantasmas al menos saben cuándo irse. Tú no.

Sus ojos estaban vidriosos, pero había una sombra de emoción que no podía ocultar.

—¿Qué pasó con los cuervos? —preguntó Gato Café.

El humano soltó una carcajada amarga.

—Mauro y Aldo se fueron. Se llevaron a varios rastreadores. Ahora son mercenarios. Venden sus garras y sus armas por monedas. Los llamamos “los errantes”. Y tú… tú los dejaste sin líder, gato.

Gato Café apretó los puños.

—Yo no los abandoné. Tuve que irme.

—¿Ah, sí? —Pelón dio una calada profunda—. Pues nadie te necesitó después de eso. Nadie.

El silencio cayó pesado. El felino bajó la mirada, respiró hondo y murmuró:

—Aun así… siempre te consideré un hermano.

Pelón no respondió. Solo se quedó mirando hacia la ventana, inmóvil.
Gato Café dio media vuelta y salió de la oficina.
Solo cuando sus pasos se perdieron entre el ruido del vertedero, el gorila, con los ojos vidriosos, susurró apenas audible:

—Y yo también, hermano… yo también.

Esa noche, el felino caminó por los tejados del barrio. El viento fresco del mar soplaba entre las antenas oxidadas. Desde allí podía ver las luces encendidas de la mansión de la gata blanca, el humo que salía de las chimeneas, el pulso tranquilo de una vida que había seguido sin él.
Por un momento pensó en regresar, en tocar la puerta, explicarlo todo. Pero ¿cómo se explica el tiempo perdido? ¿Cómo se recupera un lugar que ya no te pertenece?

Se sentó en el borde del techo, mirando el amanecer que empezaba a pintar de dorado los muros descascarados.
El viento le revolvió el pelaje. El barrio despertaba, indiferente.
Gato no sintió ni furia ni tristeza. Solo una calma extraña, la resignación tranquila de quien ha visto arder el mundo y aún así decide seguir caminando.



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En el texto hay: gato, batallas, magia

Editado: 05.10.2026

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