El bebé del Jefe

• Y no me vuelvas a proponer matrimonio así •

• Y no me vuelvas a proponer matrimonio así •

No descanso, pero sí la sostengo de costado, posando la palma alrededor de su vientre, sentida en el agasajo donde se remueve, hundiendo sus dedos con los míos.

Exhalo, perdido en el foco activo de mi cabeza, sin pasar por alto el apretón de su agarre al estar más cerca, buscando otro poco de calor, si no es que me insta para que duerma con ella.

A pesar de que lo intento, simplemente no puedo hacerlo; por mucho que lo quiera, mi cabeza está enfocada en hacer que divague sobre temas que nos involucran, al igual que viaja por otras incógnitas que no tengo la confianza de mencionarla. Al menos no mientras esté aquí.

Al ser cosas que tienen que ver con Jessica y su llamada durante el viaje a Perú, he sentido que no es el momento de hablar, porque ni siquiera ha vuelto a contactarme. Lo que menos busco es que su presencia inconsciente, ni su mención, ronden como un fantasma del que mi compañera tenga que escapar al estar en casa.

No es suya como tal, pero sí es el sitio donde quiero que esté, por lo que tocarlo justo ahora, sería destruir lo poco construido, antes de tiempo.

Además, no me siento cómodo con el hecho de tener que fabricar respuestas a preguntas que pueden surgir; ni siquiera sé qué habría pasado de tener que decirle eso en medio del viaje, si me hubiese acompañado, en un escenario hipotético.

Haberla cambiado, tal vez fue lo mejor; en la oficina, lo menos que iba a hacer, era lidiar con mi estado de ánimo y la incertidumbre de un evento que creo pasó a propósito. Porque no le encuentro sentido a la búsqueda, a tener que dejarme pensando, cuando ha sido suficiente la carga que todo nuestro matrimonio dejó.

Siempre creí y puede que todavía crea, que soy un fracasado en términos del amor; Jessica fue la única mujer por la que me interesé de manera genuina, en ese momento.

En la escuela y en la secundaria, no tuve ganas de relacionarme con nadie, porque no encontré a quien mirar a los ojos, de verdad.

No me concebí un chico popular, puede que sí atractivo, solo que no dejé que eso tomara ventaja de mi capacidad para encontrar algo sincero y real, como lo que vi en mis padres. Y eso fue parte de lo que me hizo elegirla, a la vez de entregarle lo que por años guardé.

La experiencia hizo falta, sin duda, pero eso no significó que no iba a aprender y que tampoco busqué la forma de ser lo que quería.

—Farouh—resuella, elvando un poco la cabeza para verla—. Duérmete, por favor.

—No tengo cómo—gira en el exhalo, rodeando su cintura.

—¿Qué es lo que te preocupa?—La miro, callado, sin poder hablar—. Siento que piensas mucho y no concilio el sueño—murmura—. Dime la verdad.

—No quiero decirlo ahora—suspira, cayendo boca arriba en lo que se acuesta en mi costado—, pero tengo una duda—procuro, despacio.

—¿Sobre qué?—Posa la cabeza en mi corazón, cubriendo su cuerpo en tanto deja el mío sin defensa.

—¿Eres celosa?—Noto que arruga el rostro, deteniendo las caricias en mi pecho.

—¿A qué viene esa pregunta?—La miro, sin que levante el rostro, sonando curiosa.

—Pregunté primero.

—Cierto—apunta—. En realidad, no lo sé—pregona, removiendo su cabeza—. Es más, no sé si sepa celar. No he estado en una situación parecida y no quiero estarlo—murmura.

—Bien. Perfecto—enuncio.

—¿Y entonces? ¿Mi respuesta?—Se eleva, reteniendo la tela, puesto sus ojos en mí.

—Fue... A-Algo en Perú—hablar me cuesta.

—No, por favor, no quiero saber—expide, sentada—. Sé que eras un hombre libre y sin compromiso, pero... Prefiero la ignorancia.

—Maeve—reniega, dándome la espalda—. Mivi—esquiva el agarre en su hombro, enredando su cintura para meterla entre mis piernas.

—Suéltame, sucio—refunfuña, molesta. Libero una carcajada, presionando su cuerpo en mí, al ver que me saca la lengua—. Quiero pensar que no tengo que volver con la doctora para decirle que tú...

—¡No!—Estallo de nuevo, rodeada por mi brazo al ver cómo me mira—. Mujer mía, nada pasó. No hice nada—hablo, en lo que baja un poco la guardia—. Sí, alguien se insinuó, claro, soy un hombre precioso, atractivo y tengo mucho dinero—intenta quitar el agarre, tratando de no reír—, solo que alguien más estaba en mi cabeza. Aún lo está—hago que me enfoque—. Y sobre todo, jamás haría algo así. Nunca—repongo—. De haber pasado, ni siquiera te habría puesto un dedo encima—indico, llenando mis pulmones bajo su expresión—. ¿Cómo crees que te haría eso?—Parpadea—. Rayos, Maeve, yo...—cierro los ojos, frustrado en cuanto siento que besa mi mejilla—. Lo siento.

—No—musita, liberando una pequeña sonrisa—. Me habría dado cuenta, por tu trato conmigo—deduce—. No te habrías acostado conmigo por el peso de conciencia. Sé que no me harías eso—pego mi frente en su sien, aliviado—. No es necesario hablar del tema.

—Necesitaba saber que eres celosa—auguro.

—Farouh—oculta su rostro en mi cuello, riendo poco al besar su cara.

—Me gusta—musito, al oírla entregada, llena de cosquillas en cuanto pierde el control, sentada en mis piernas.

La contemplo, besando el punto en su nariz bajo la caricia de mis dedos, inclinado hasta sus labios.




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