Cuando recuperó la conciencia estaba tendida sobre el piso de una carreta cuidadosamente cerrada. Solo unos pocos rayos de luz se colaban entre las rendijas de las maderas. Su cuerpo se bamboleaba de un lado a otro como la gelatina y sentía una presión molesta en las muñecas y tobillos. Estaba atada con cadenas de dianitra.
Resultaban inútiles, pues no tenía poder que pudieran suprimir, pero era una buena señal que el enemigo no supiera eso.
Había barrotes luminosos delante de ella, barrotes de acero encantados para permanecer al rojo vivo. Mavia los miraba con curiosidad hasta que la oscuridad detrás de ellos le devolvió la mirada. Tenían una Sombra enjaulada.
Se sostuvieron la mirada unos segundos y luego la Sombra volvió a enroscarse contra una esquina. Parecía estar sufriendo.
No había nada más a la vista.
Cerró los ojos y agudizó el oído. Afuera no se escuchaba más que el ruido de las ruedas golpeando contra las piedras del camino y un conjunto de pisadas pesadas.
No se molestó en preguntarle a su acompañante quiénes eran o a dónde iban. Las Sombras no hablaban.
Por la noche, la carreta se detuvo. Abrieron la puerta y le dejaron una hogaza de pan con una taza de agua. No le dieron nada a la Sombra.
—Come. —Le dijo el guardia. Era de la misma especie que las bestias que habían matado a sus amigas.
El desprecio y el odio se vieron expuestos cuando le lanzó un escupitajo a la cara.
La bestia se limpió con la palma de la mano y dio un salto dentro de la carreta haciendo que se sacudiera. Con esa misma mano, le dio vuelta la cara de una bofetada. Sus cuatro dedos se quedaron marcados en la piel.
—La próxima vez te dejaré sin comer y te daré latigazos en los pies. —Estaba tan cerca de su rostro que la nariz le rozaba la mejilla.
Se bajó de la carreta con otra sacudida y cerró la puerta de un golpe.
Mavia apretó los dientes.
La Sombra la miraba con interés, como si quisiera preguntar algo. Le devolvió una mirada fría, poco amistosa. Aunque ambas fueran prisioneras en ese momento, habían sido enemigas a muerte años atrás. Si no estuvieran los barrotes probablemente se matarían.
—¿Qué miras? —No se escuchó tan brusca e intimidante como esperaba.
La Sombra volvió a su esquina. A Mavia siempre le pareció desagradable la forma en que los huesos de la columna les salían de la piel como picos, pero por alguna razón no podía dejar de mirarlos.
Cuando la luz empezó a colarse nuevamente en la carreta, supo que había llegado un nuevo día.
El sonido exterior había cambiado un poco. Las ruedas parecían avanzar con delicadeza y la carreta no se sacudía tanto. Los pies de los guardias no parecían chocar contra la tierra, sino más bien contra piedra. Y no eran los únicos, se oían los pasos de muchas más criaturas.
Se oían voces como ecos susurrantes y alguna que otra risa lejana. La Sombra parecía inquieta, oliendo las paredes, moviéndose de un lado a otro en la celda. Percibía el leve olor de otras criaturas, de otras Sombras. Chasqueaba los dientes y golpeaba la lengua soltando sonidos que Mavia nunca había oído.
Pensó que estaba intentando pedir ayuda, aunque durante el día era imposible que otra Sombra pudiera ir a salvarla. La luz del sol era mortal para ellas.
Se detuvieron al cabo de un rato. El exterior ya no parecía tan concurrido. La puerta se abrió de golpe y la luz del sol llenó los rincones con la misma irreverencia de sus captores.
La Sombra empezó a chillar y retorcerse contra la esquina. Un poco de humo se desprendía de su piel a la vez que se empezaba a llenar de ampollas rojas. Un guardia subió al carro y arrancó las cadenas de las paredes. La Sombra respiró, pues esta le bloqueaba la luz.
Mavia no supo qué pasó con ella, pues la luz la cegó y le cubrieron la cabeza con una bolsa de arpillera antes de que pudiera acostumbrarse.
La bajaron a tirones, sin el más mínimo respeto o cuidado. Cerraron la puerta tras ella. Los rugidos de dolor de la Sombra cesaron.
La luz se colaba entre los hilos de la tela, pero no dejaba ver más que bocetos de estructuras y personas. Los sonidos le indicaban que tenía al menos diez personas alrededor, todas enormes.
Subieron por unas escaleras donde los pasos sonaban a piedra y luego, al dejar de subir y caminar recto, sonaban menos secos. Como si hubieran pasado de la piedra al mármol.
La llevaron a empujones por pasillos que no lograba ver. Las cadenas chillaban y tintineaban, haciendo eco entre las paredes. Un eco diferente a cada vuelta de esquina.
El sonido metálico de algo pequeño contrastó con el chirrido de unas bisagras viejas al ponerse en movimiento. Sintió el jalón de las cadenas sobre los grilletes de sus muñecas y siguió caminando.
Nadie decía nada. Ni un susurro turbaba el aire. Todos ahí sabían exactamente qué estaban haciendo y por qué.
La condujeron dentro de una habitación bien iluminada. Le sacaron las cadenas, pero dejaron los grilletes. Se quedó quieta como una estatua mientras escuchaba que los pasos se alejaban. El sonido de las bisagras fue seguido por el golpe seco de madera contra madera y luego un pestillo metálico moviéndose.
Solo cuando estuvo segura de que no había nadie más ahí, se quitó la bolsa de la cabeza. Parpadeó un par de veces, tratando de acostumbrar la vista lo más rápido posible.
—Tenía que ser. —Lanzó al aire en medio de una habitación aparentemente deshabitada.
Recorrió con la vista el lugar, todo estaba exactamente donde lo había dejado. Los libros que nunca leyó sobre el escritorio en el centro de la habitación. La cama de plumas con dosel gris platinado y los almohadones negros. El ropero de roble, todavía lleno con los vestidos que no le gustaba usar.
Era la habitación que se le asignó en el palacio de Tercia en el tiempo que vivió ahí.
Se acercó al ventanal principal, el que estaba en paralelo con el escritorio. Se alzaba por todo lo alto de la pared para terminar en un arco puntudo. Los jardines de Tercia siempre fueron hermosos con sus flores de múltiples colores y los árboles bien podados. En algún momento fueron su cosa favorita del palacio.
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Editado: 30.09.2026