Es imposible decir cuánto tiempo estuvo dormida, pero tuvo un sueño que pareció eterno. Soñó con un lugar oscuro. Frío. Se vio caminando entre nubes espesas que se arremolinaban a su paso. No podía ver sus pies. Sentía un cosquilleo similar al que provoca el césped en la piel. Al frente brillaba una luz tenue, del mismo color del sol al amanecer.
Caminó hacia ella, embelesada por su belleza. La acarició ligeramente con la yema de los dedos, sintiendo una tibieza delicada. Disfrutó unos minutos jugando con la luz entre sus dedos. Su rostro destilaba una paz que nunca había experimentado. Sus labios se curvaron en una sonrisa ligera. Los hombros estaban relajados, igual que todos los músculos de su cuerpo. No tenía marcas en la piel, ni cicatrices o heridas. Su pelo de plata, largo hasta la cintura, brillaba como una estrella.
—Sé que estás ahí —dijo sin apartar la vista de la luz—. ¿Por qué te escondes? Antes no te escondías.
Entre las nubes empezó a divisarse una silueta. Se movía hacia ella con calma, como si tuviera todo el tiempo del mundo para llegar.
—Mi querida Mavia —hizo una reverencia con una mano en el pecho.
Ella volteó, quedando frente a él. Respondió con el mismo gesto.
—Tiempo sin verte, Morti. —Su aspecto era diferente, pero por alguna razón no dudaba de quién era—. Te queda bien el cambio.
Se veía como un hombre en el apogeo de la vida. Tenía la mandíbula marcada y los hombros fuertes. Su pelo recordaba al manto de la noche y el brillo de sus ojos plateados, a las estrellas. Llevaba puesta lo que parecía una túnica negra, aunque las nubes cubrían gran parte de la tela. Mavia llevaba una blanca, larga hasta los pies; sentía su roce en los tobillos cuando se movía.
—Qué impropio de ti dar tales halagos. —Sonrió mostrando una perfecta dentadura blanca detrás de unos labios rosados—. Lo acepto encantado.
—¿Vienes a llevarme?
—¡Ah! La misma pregunta de siempre. ¿Algún día nos veremos sin que la hagas?
—No lo creo. —El comentario le arrancó una sonrisa—. ¿Por qué estás aquí?
—¿Yo? Siempre estoy aquí; tú eres la visitante.
—Una rata me atravesó el abdomen. Aunque pensé que era imposible morir, parece que la rata lo logró. —La sonrisa de Morti se desvaneció. Frunció el ceño y la invitó a seguir hablando con la mirada—. Perdí mis poderes y con ellos todo lo demás. Llevo… no sé cuánto llevo. Me han estado torturando en Tercia hasta matarme. Supongo.
—No estás muerta… aunque tampoco estás viva. —Se acercó a ella y le acarició la mejilla. Su mano se sintió cálida sobre la piel—. Tu esencia dejó tu cuerpo el día que derrotaste a los Titanes, pero no pude llevármela porque tu corazón no dejó de latir. Se escapó de mí y de ti, por lo que veo.
Se le cortó la respiración. Era eso… ¡Era eso! Lo que pasó aquel día. Lo que hizo que perdiera su poder, lo que la mantenía respirando pasara lo que pasara. Por fin tenía una respuesta.
—Pero si estás aquí… tu corazón intentó detenerse. Aunque sin esencia no puedes irte conmigo. —La decepción se dibujó en el rostro de ambos—. Lo siento. Pero es mejor así.
—¡Ja…! —se le escapó una risa contenida—. ¿Esta es la parte en la que me dices que aún tengo una tarea que cumplir?
—Claro que la tienes. —Morti enderezó la espalda y dio unos pasos atrás—. ¿No quieres saber qué ha estado haciendo tu hermana? ¿No quieres venganza?
—Sabes que no… —la voz salió en un susurro roto. De ahí se desprendió el cansancio de una criatura que solo quería paz. Bajó la cabeza en un intento por esconder su tristeza.
Morti la tomó de la barbilla y levantó su mirada.
—La frente siempre en alto, mi reina. —Sus ojos de plata chocaron con las cenizas humedecidas de Mavia—. Tu mundo te necesita. Yo te necesito.
—¿Puedes devolverme el poder? Porque entonces no puedo hacer nada, no importa qué necesites.
—Nada ha sido perdido, nada debe ser devuelto. Cuando lo desees, el poder que te sirvió te servirá. Pero solo cuando lo desees.
—¿Qué significa eso? No lo entiendo.
Morti se alejó despacio entre las nubes, a la vez que un grito empezaba a oírse a lo lejos.
—Lo harás…
Fue lo último que le dijo antes de que el brillo de sus ojos se perdiera en la oscuridad. El grito se fue acercando hasta aturdirla y… abrió los ojos de golpe. Estaba agitada y la cabeza le daba vueltas. Cuando aclaró la vista, estaba en la celda.
—Fue un sueño… —se dijo a sí misma.
De fondo se oían los mismos gritos con los que soñó. La ronda de torturas había empezado. Su cuerpo estaba intacto. Ni una herida, marca o moretón… solo un detalle: sobre la pulcra blancura de esa piel renovada habían vuelto las marcas rojas. Brillaban como una cereza con la tenue luz del sol. Había desaparecido su larga cabellera plateada; en su lugar, el pelo le besaba los hombros.
Miró su piel con los ojos dilatados. Examinó el pelo con los dedos. Sus labios temblaron. Jadeaba con fuerza, incapaz de hacer pasar el aire por la garganta.
—Suprema… —susurró la Sombra dentro de su mente al oírla jadear.
Una catarata de emociones y sensaciones la recorría entera. Los ojos se le llenaron de lágrimas mientras se llevaba una mano al pecho. Algo pesado se movía ahí dentro.
—Debes respirar. Tienes que recuperar la compostura antes de que lleguen —le dijo la Sombra, cuya voz arrastraba un hilo de desesperación.
Mavia dejó salir un sollozo sonoro. Se estremeció con el primer golpe de su corazón bajo la mano. Cientos de pensamientos, recuerdos y emociones se le atravesaban en la mente. Emociones que no tenía idea de cómo manejar. Emociones que, en otro tiempo, la llevaron al borde de la locura y amenazaron la vida de los que más amaba.
Era una peligrosa jugada. Quienquiera que lo tuviera, esperó hasta ese momento para devolvérselo. Para matarla.
—¿Cómo… cómo? —No podía formular la pregunta.
—El comandante trajo un costurero después de dejarte. Casi se niega a salvarte; dijo que ya estabas muerta. Pero Laya lo obligó. Lo matarán por esto, pero… el desgraciado te salvó.
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Editado: 30.09.2026