Inmortal

44.

Lo primero que vio al abrir los ojos fueron las cortinas del dosel cerradas a su alrededor. La luz que las cruzaba apenas le molestaba a la vista. El colchón se quejó debajo de ella al deslizarse hasta el borde.

Llevaba puesto un camisón verde pálido, con flores bordadas en la falda. Gruñó frente a la idea de un extraño tocando su cuerpo indefenso. Todavía tenía los grilletes en las muñecas.

—Buenos días, Alteza. —

En el medio de la habitación, junto al escritorio, estaba parado un hombre de mediana edad. Tenía los ojos rasgados y la piel un poco arrugada; su pelo parecía corto, pero desde la nuca le caía una fina trenza de unos veinte centímetros de largo.

Las orejas puntiagudas y el color verde opaco de su piel le indicaban que podía tratarse de un hada. Pero no era un sirviente que conociera y, sin su olfato, solo estaba adivinando.

Le sostuvo la mirada en silencio.

—Su majestad vendrá a verla a la brevedad. Por favor, permítame alistarla.

Levantó una ceja.

—Puedo vestirme sola. Deja la ropa sobre la cama y vete.

Hizo una reverencia con la cabeza.

—Encontrará los calzados y accesorios apropiados en el ropero. —Depositó la ropa donde le fue indicado.

—¿Dónde está la ropa que traía cuando llegué? —El hombre la miró extrañado—. El pantalón de escamas y el chaleco de cuero marrón. —Especificó.

—No lo sé, Alteza. No la recuerdo usando tales prendas. Las buscaré por usted.

El hada salió de la habitación como un viento otoñal, dejando detrás muchas preguntas y un eco de amargura.

No odiaba los vestidos, pero tampoco disfrutaba usándolos. El color no estaba mal, era un rojo borgoña que recordaba al color del vino. Se lo puso de mala gana, solo para quitarse el camisón. Despreció los accesorios que vio. Agregó unos zapatitos planos de cuero forrados con una tela de seda rosa y bordados en hilo verde.

Apenas terminó de atar los cordones cuando llamaron a la puerta. El mismo sirviente de antes cruzó el umbral. Mavia tensó los hombros.

Detrás de esa puerta podían estar todas las respuestas que quería. O podía encontrarse con el poder para eliminarla.

—Su majestad… —El hombre inclinó la cabeza hasta la cintura.

Mavia mantuvo la espalda recta y la frente bien arriba. Su postura se relajó un poco al ver quién cruzaba la puerta.

—¡Mavia! —gritó Lara entre una sonrisa opacada por lágrimas. Corrió hacia su hermana para fundirse en un abrazo fraternal con sabor a sal.

Primero no se movió, pero al cabo de unos segundos le devolvió el abrazo. Sus hombros se relajaron por completo y cerró los ojos un momento. Zen se había equivocado, Lara no la quería muerta. Pero ¿cómo se había convertido en reina de Tercia?

Cuando sus ojos volvieron a abrirse la invadió el pánico. No podía decir una palabra, ni apartar a su hermana. Frente a ella, parado con suficiencia, estaba Arturo. Le dedicaba una sonrisa torcida, casi maligna, con los ojos afilados y los pómulos levantados.

—Esposa mía. —Llamó este extendiendo la mano. Lara se apartó. Respondió al llamado tomando la mano.

Se paró junto a él, pegando todo el cuerpo a su brazo. Mavia no daba crédito a lo que veían sus ojos. Batió las pestañas una y otra vez. Esperaba que la imagen cambiara.

Sus manos temblaron ligeramente y las cuerdas vocales casi se negaron a funcionar.

—¿Esposa? —articuló al final.

La sonrisa de Lara desapareció.

—¿Sucede algo? —preguntó con una voz inocente que nunca había escuchado.

Se le contrajo el estómago.

—¿Qué si sucede algo? —controló el temblor de las manos y su voz tomó fuerza—. ¿Te casaste con este... este...?

Le faltaba el aire para completar la frase.

Lara intercambió una mirada fugaz con su amado. Parecía confusión, pero algo se escondía detrás de una sonrisa contenida.

—¿De qué estás hablando? —inclinó la cabeza hacia adelante—. ¿Te sientes bien?

—¡Maldita sea! —estalló. Dio un par de pasos a la derecha y otros a la izquierda—. Ese hombre liberó a los Titanes. —Se detuvo para señalarlo con el dedo—. Tú perdiste el bra…

Se detuvo. El color le abandonó el rostro. Sus ojos parecían desorbitados.

Ella recordaba perfectamente cómo el Titán al que llamaban Nermus le había arrancado el brazo izquierdo.

Pero ahí estaba su hermana, parada frente a ella con los dos brazos unidos al cuerpo.

—¿Los Titanes? —Lara frunció las cejas y arrugó la parte superior del labio, dejando ver sus dientes perfectamente blancos, como hacen los perros cuando gruñen—. Mavia, nadie liberó a los Titanes.

Le tembló el labio, las rodillas, todo.

—¡No me jodas! —escupió. Una sensación ardiente cosquilleaba en las profundidades de su ser. La estaba tomando por tonta—. ¡Luché con ellos! ¡Tú luchaste con ellos! Fue hace cien años, justo cuando rompimos la maldición de los Demonios Negros…

Apelaba a la memoria de su hermana con una desesperación impropia de su porte.

—Eso… no pasó…

—Al parecer aún no se recupera. —Habló Arturo por primera vez mirando a Lara con un cariño vomitivo. En otro tiempo, Mavia le hubiera arrancado los ojos.

—Mavia… tuviste un accidente entrenando. Un hechizo salió mal y te dejó en cama por varios días. Los maestros advirtieron que estarías desorientada al despertar, pero esto…

La última parte la dijo buscando los ojos de su esposo.

—¿Un accidente? Lara, estuve meses con los Dragones, no estuve inconsciente. —Un destello se asomó detrás de las pestañas de la Suprema Menor—. ¿Cómo explicas…? —se detuvo al ver que los grilletes ya no estaban en sus muñecas.

Pero no solo eso. Las marcas rojas de su piel se habían desvanecido. Al deslizar los dedos por su cabeza, las hebras se enredaron en ellos.

Se quedó congelada, sin palabras. Su mente iba a mil por segundo. ¿Era posible? ¿Todo lo que recordaba era irreal? ¿Los lobos, Eraldo, los niños, Xina?

Dudó seriamente de su realidad, de su mente, de todo.




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