Inmortal

45.

—¿Me mandó llamar, alteza?

Una dragona de mediana edad se reverenció frente a ella.

Llevaba el pelo atado en una trenza que le caía sobre el hombro derecho. Entre las espigas se notaba cómo algunos mechones estaban perdiendo brillo y color.

Mavia estaba sentada a los pies de la cama. La miró sin levantar la cabeza.

—Mi memoria anda mal.

—Ya veo. —La mujer dejó un estuche, igual al que tenía Xina, sobre el escritorio.

Le pidió a Mavia que se sentara en la silla y empezó a examinarla.

—¿Cómo fue el accidente? —la interrogó. Necesitaba toda la información que pudiera conseguir.

—Un hechizo se salió de control y la dejó inconsciente, alteza. —Una respuesta escueta.

—¿Qué hechizo? —presionó.

—Estaba tratando de dominar el látigo de fuego, según me dijeron. —Le revisó el oído con un objeto de cristal puntiagudo.

—Ya veo. —Había dominado esa técnica cuando era niña.

Antes de que llegara, Mavia había intentado invocar algo de magia. No pudo.

—¿Mis poderes se verán afectados por este accidente? —Intentó sonar preocupada, como si realmente hubiera llegado a la conclusión de que le decían la verdad.

—No, alteza —respondió confiada—. Ningún accidente podría afectar su magia.

Excelente.

Toda duda se despejó.

Un calor seco subió por su abdomen. El impulso antiguo que alguna vez pudo convertirse en rabia quería despertar un apetito de sangre y dolor. ¿Cómo se atrevían? ¿Cómo el mundo se había vuelto tan irrespetuoso?

El miedo de su leyenda desapareció más rápido de lo que pudo imaginar. El respeto a su rango, su nombre y poder se habían perdido por unos años de ausencia. Qué frágil era la memoria de las criaturas.

Les haría recordar.

La dragona cambió el cristal por una lupa y le examinó los ojos. Abrió uno de sus párpados y le indicó que moviera la pupila en diferentes direcciones. Cuando pasó al otro, Mavia le dio una patada en la pantorrilla, haciendo que cayera al suelo.

Desde el morral con las herramientas tomó una daga de tamaño moderado, pero bien afilada.

No parecía una herramienta más; era un arma puesta ahí con un propósito diferente. No lo cuestionó.

La dragona se la quedó mirando con una inexpresión mortal. Parecía orgullo lo que resbalaba debajo de los gestos contenidos.

Le apuntó con la daga.

—No me gusta que me mientan, y menos que me tomen por tonta. —La dragona sonrió sutilmente—. Responde y te dejaré vivir… ¿Arturo manipuló la mente de mi hermana?

Se puso de pie sin dificultad, pero dejando salir un sonoro suspiro. Movió la tela de su vestido, dejando que Mavia viera la piel de su pecho.

Ahí, sobre el corazón, estaban tatuadas las letras escarlatas.

—No sé de qué habla, alteza —dijo—. Su hermana rebosa de buena salud.

Ese maldito juramento estaba empezando a resultarle odioso.

Lara debió darle órdenes de no hablar, como había hecho Zen con Serena.

Revoleó la cabeza de un lado a otro, tratando de pensar.

Había otra pregunta que la estuvo molestando.

—¿Hay alguna forma de que puedas resistirte a ese juramento? —señaló la piel con la daga.

—Sí, la hay.

El rostro de Mavia se iluminó como el cielo cuando sale el sol.

—Cuando dos supremos dan órdenes opuestas, es voluntad del juramentado seguir una.

La dragona enrolló el estuche de herramientas y se lo colocó debajo del brazo. No le pidió de vuelta la daga.

—Múltiples criaturas se encuentran en el palacio, alteza —le advirtió—. La confianza en ellas y su disposición a servirle deberían ser juzgadas con prudencia. Sobre todo, en su delicado estado mental. —Hizo énfasis en la última parte—. Con suerte, si tiene cuidado, podrá retomar su vida cotidiana dentro de poco —agregó antes de marcharse.

Quería decirle que, si era prudente, tal vez podría escapar. Pero la prudencia no era su fuerte, y el miedo era un concepto que recién estaba empezando a explorar.

—Sabes lo que está pasando ahí afuera, ¿verdad? —Indagó Mavia. La dragona se detuvo antes de cruzar la puerta—. ¿Sabes acerca de la resistencia en Codeda?

—La fuerza de mi raza aflora en su mejor forma cuando la oscuridad golpea nuestra puerta. Es una lástima que no todos pudimos escuchar la voz correcta.

La tristeza en sus palabras flotó por la habitación como una bruma densa. Lo sabía. Le dolía no estar ahí.

—El refugio de Codeda fue atacado días antes de mi captura —era todo lo que Mavia sabía, todo lo que podía compartirle—. Muchos seguían con vida cuando me fui.

La dragona se marchó con el corazón acongojado y una sensación de pesadez que la acompañó hasta el final.

Mavia salió de esa habitación unos minutos después, con una tensión que en otro tiempo la hubiera llevado a la furia.

Recordar su estadía en Codeda la llevó a tomar una decisión que lamentó después. Pero no había abandonado a Zen para nada. No había llevado a Xina y Serena a la muerte para quedarse encerrada entre sedas y vestidos de mierda.

Si se hubiera parado a pensar un segundo, le hubiera hecho caso a la advertencia del maestro. Con un buen plan seguro que podría haber escapado.

Pero su naturaleza era impulsiva.

Violenta.




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