Los días que siguieron fueron igual de insípidos y aburridos. Lo único que aminoraba el peso del tiempo eran los intentos de comunicación con su compañera.
—¿Estuviste en Tercia cuando liberé la ciudad? —le preguntó una noche. La Sombra siempre estaba despierta por la noche.
Movió la cabeza en respuesta.
—Fue una buena estrategia, eso de cubrir la ciudad con un velo. Nunca lo había visto. —Su acompañante la miraba con cautela, incrédula de haber oído un cumplido—. A veces pienso que no debería haber ido. Que debí dejar que las cosas siguieran su curso.
La criatura de la noche se acercó un poco a los barrotes. Mavia miraba el techo como si ahí se estuvieran proyectando sus recuerdos.
—Si me hubiera quedado nunca habría sabido de la traición de Shion, el sello de los titanes seguiría intacto… —bajó el tono de voz a medida que aumentaba la tensión en su mandíbula.
A veces olvidaba cómo le habían quitado el diamante de Rajkat. Cómo su hermana la había entregado al enemigo. Cómo la habían manipulado para que entrara en un juego podrido.
De repente recordó a su padre. Relajó los músculos al darse cuenta de que la maldición se rompió por su intervención. ¿Qué sería de él ahora? Seguramente no tenía idea de lo que estaba pasando o el ejército de los demonios ya habría golpeado la puerta de Tercia.
Se pasó la mano por la cabeza. Su pelo de plata estaba extrañamente bien conservado, sin nudos ni polvo.
La cantidad de suciedad acumulada en el vestido que Arturo le había llevado contrastaba con lo limpia que se veía su piel. Y ni hablar de la tierra acumulada bajo sus uñas.
La puerta se abrió con esos chirridos insoportables que retumbaban en toda la habitación. Entraron más soldados de lo normal y trajeron consigo una especie de jaula con ruedas.
Alcanzaba con ver el rojo brillante del metal para saber a quién pondrían ahí. La criatura de la noche chilló y mostró los dientes.
Uno de los soldados abrió la puerta de la jaula con ruedas y la colocó enfrente de la puerta de la celda. Mavia miraba curiosa.
—¿A dónde la van a llevar? —preguntó, sin recibir respuesta.
El soldado desenfundó su espada y la embadurnó con un líquido espeso. Otro empezó a hacer chispas golpeando dos piedras sobre la espada hasta encenderla en llamas.
Los demás soldados hicieron lo mismo.
Cuando todos estuvieron listos, abrieron la puerta de la celda. Tres de ellos entraron, dos se quedaron a los lados y otros dos en el extremo inferior del carro.
La Sombra agitó las garras.
—Ya sabes cómo es esto. No lo hagas más difícil.
Vociferaba uno de los soldados. Tenía un rostro fácil de recordar, con la mandíbula ovalada y la frente ancha.
—¡Anda! ¡Camina! —decía otro, agitando la espada frente a la cara de la Sombra.
Esta se le echó encima, esquivando por poco la hoja. Le arrancó la oreja con los dientes y la escupió sobre su compañero. Mavia disfrutó de los gritos del hombre, de ver cómo la sangre se deslizaba sobre el metal de su pechera.
Estaba esperando el momento para poder hacer algo parecido.
El tercer soldado golpeó a la criatura por la espalda con la parte plana de su espada. Ella chilló de dolor. La piel se le contrajo al instante y un poco de humo salió de ella.
Otro golpe siguió al primero y así hasta que se deslizó dentro del carro.
—¡Maldita bestia! —gritó el soldado sangrante—. Espero que te despellejen viva.
—Ey, tú.
Mavia llamó al soldado herido. Este se dio la vuelta. Tenía los ojos desorbitados y la respiración agitada.
—¿A dónde se la están llevando?
El soldado se acercó a su celda y le lanzó un escupitajo.
—Tú también irás pronto —le dijo.
Grabó en su mente las facciones de su rostro antes de que se diera la vuelta. El pelo zanahoria era fácil de recordar.
Se marcharon entre insultos y lloriqueos.
Ahora entendía por qué la Sombra se inquietaba cada vez que la puerta se abría, cada vez que se oían pasos en los pasillos.
Aprovechó el tiempo a solas en la celda para hacer sus necesidades en el cubo de madera que le habían dejado en una esquina. Era muy deshonroso tener que hacerlo con la Sombra en la misma habitación, pero a veces no tenía opción.
Por suerte la criatura siempre estaba dándole la espalda. Ella le devolvía el favor cuando era necesario.
Se quedó el resto de la noche pensando qué le estarían haciendo.
Cuando el sol estaba empezando a salir, los soldados volvieron. Mavia pensó que el carro estaba vacío, pero los soldados lo abrieron. Eran solo dos esta vez. Se subieron para arrastrar a la Sombra a la celda. La pobre estaba prácticamente pegada al piso.
La arrojaron al suelo de tierra como una bolsa de papas y se fueron después de asegurarse de que la cerradura estuviera bien cerrada.
—¿Sombrita? —la llamó Mavia.
No hubo respuesta. Ni siseo, ni movimientos. Nada. Si no era porque la veía ahí tirada, hubiera pensado que estaba sola.
—Tienes que ir al rincón, ahí te dará el sol en unas horas.
Seguía sin recibir respuesta.
—O al menos cúbrete con la tela.
Después de un rato insistiendo, y sobre todo cuando el sol rozó su piel, la Sombra se metió debajo de la tela.
Las horas que siguieron fueron diferentes. Mavia no apartaba la vista de la tela enroscada. Intentaba detectar si su acompañante seguía viva o no.
Después de múltiples intentos de comunicación, se rindió.
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Editado: 30.09.2026