Encontró a su hermana desayunando en el comedor principal. Caminaba con las manos en la espalda, la columna bien recta y la nariz levantada. No había guardias cerca que vieran la daga entre sus dedos y solo un sirviente los acompañaba.
Arturo estaba sentado en la punta de una larga mesa de madera y masticaba sonoramente una manzana. Lara olía su taza de té con una sonrisa tranquila. El rey la vio acercándose y le hizo señas a su esposa.
—¡Mavia! —exclamó con alegría al verla—. ¿Ya te sientes mejor? ¿Tu mente se aclaró?
—Puedes comer con nosotros, si gustas —la invitó Arturo.
Su mirada era impasible. Avanzaba con paso firme hacia el esposo de su hermana. Este se puso nervioso.
—No quiero comer —le dijo cuando estuvo a unos pasos de él.
Lara la vigilaba con el cuerpo tenso. Intuía que algo andaba mal.
En un movimiento ágil, agitó la daga contra el pecho de Arturo. Su golpe hubiera sido certero y mortal si Lara no lo hubiera bloqueado.
Con un movimiento de la mano, una masa de aire se formo alrededor del arma y arrojó a Mavia contra la pared, a unos cuatro metros de la mesa.
Siempre se le olvidaba, pero Lara también era una Suprema. Y en ese momento, era la única.
—¡¿Perdiste la cabeza?! —El grito de Lara resonó en las paredes de mármol, haciéndose eco por las demás habitaciones. Desde las ventanas, un par de soldados asomaron la cabeza.
Arturo estaba pálido y tenía los ojos desorbitados. Sus dedos se movían con frenesí sobre la tela rasgada de la chaqueta. Si la reacción de Lara hubiera sido ligeramente más lenta, el azul marino tendría una gran mancha oscura.
—Te está manipulando —ni siquiera levantó la voz para responder mientras se ponía de pie.
—¡Guardias! —los llamó Arturo.
Desde otras habitaciones emergieron tres soldados, todos uniformados y caminando a paso coordinado.
—Arréstenla —señaló a Mavia—, por intento de homicidio al rey.
Los soldados la rodearon. Se pusieron uno de cada lado y la sujetaron con firmeza de los brazos. Otros dos se pusieron adelante y atrás.
Mavia le sostenía la mirada a su hermana. Parecía estar desconcertada, abrumada e incluso asustada, pero había algo que no descifraba. Algo que no terminaba de ver.
No supo en qué momento los grilletes de dianitra aparecieron en sus muñecas, pero ahí estaban cuando bajó la mirada. No había rastro de las marcas rojas.
—No seas muy duro con ella, está mal de la cabeza. Ten algo de piedad, por favor —escuchó decir a Lara antes de que la sacaran de la habitación.
Sobre su hombro pudo ver cómo Arturo le besaba la mano y respondía algo que no podía oír.
No se resistió a los guardias mientras la arrastraban por los pasillos del palacio. Desconfiaba de poder ganarles en una pelea.
Mientras bajaban las escaleras hacia las mazmorras, Mavia pasaba la mirada sobre los postes de madera que bordeaban el camino. En cada punta había una cabeza clavada, una advertencia tanto para el que entraba como para el que salía.
Pensó que se trataba de prisioneros condenados a muerte o que habían intentado escapar hasta que llegó al final. Reconoció la cabeza recién cortada del maestro que la había atendido horas antes. La mujer, cuyo nombre nunca preguntó, la miraba con expresión tranquila y una sonrisa ligera petrificada en los labios.
Apretó los puños.
La sangre seguía goteando. No había pasado ni una hora desde su muerte. Así de vigilados estaban.
La Dragona había tratado de advertirle y por eso la habían matado. Murió feliz. Murio siendo leal hasta el final.
La arrojaron a una celda compartida.
Había dos jaulas en una habitación pequeña. Una frente a la puerta, al fondo de la habitación, y otra a un costado. El piso era de tierra y el techo de madera. Solo una ventana redondeada dejaba pasar la luz entre la piedra sólida.
Los barrotes de la jaula del fondo iban de una pared a otra y estaban encendidos en un rojo brillante.
En la que metieron a Mavia era solo un cuadrado de dos metros por dos metros. Ataron los grilletes a las cadenas que caían por la pared. Cerraron la celda con llave y se fueron.
Tironeó un poco de las cadenas para ver si podía zafarse. Escudriñó a su alrededor buscando algo que le fuera útil.
Al pasar los ojos por la otra celda vio dos óvalos amarillos brillando en la penumbra. Desde la esquina más escueta de luz, una Sombra la miraba curiosa. Era la misma con la que había viajado.
—Así que aquí te trajeron —le dijo, sabiendo que no le respondería.
La Sombra se hizo una bolita contra la pared y no volvió a moverse el resto del día.
Cuando la escasa luz que entraba por la ventana se apagó, supo que había llegado la noche. No encendieron velas ni antorchas y, a decir verdad, tampoco hacía falta. Los barrotes iluminaban más que tres velas juntas.
Mavia se había sentado en el piso y hacía círculos sobre la tierra con la punta del dedo.
Con un chirrido infernal abrieron la puerta de la habitación. Todas las facciones de Mavia se endurecieron al ver a Arturo cruzando el umbral.
Se puso en cuclillas frente a la celda y la miró con la cabeza ladeada. La capa aterciopelada que le caía sobre los hombros se coló entre los barrotes.
—Ese vestido tan pesado… no debe ser fácil moverte ahí dentro. Te traje algo más apropiado para tu nuevo hogar.
Le arrojó un vestido de arpillera que Mavia no se molestó en levantar.
Ella despegó la espalda de la pared y acercó su cara a la de él. Se veía igual de pusilánime que cuando lo conoció y la corona no le quedaba bien. Estaba a un pelo de caerse.
—¿A qué estás jugando?
Sigilosamente deslizó sus dedos hasta los pliegues de la capa. Ni Arturo ni los tres guardias que lo acompañaban lo notaron. Pero la Sombra se mostró curiosa.
—¿Jugar? —Su risa retumbó en las paredes—. Intentaste asesinarme. Este es un castigo misericordioso. Si fueras otro, ya tendría tu cabeza en una lanza.
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Editado: 30.09.2026