Inmortal

49.

Le pesaba el cuerpo y le costaba trabajo mover las extremidades. La falta de dolor no evitaba el agotamiento y deterioro físico que le provocaba la tortura.

Se mantuvo quieta en la celda hasta que pudo levantar los brazos sin tanto esfuerzo.

—Así que eso te hicieron —le comentó a su acompañante cuando la vio moverse.

Mavia tenía todas las uñas de los pies arrancadas y su rostro estaba lleno de moretones y cortes. Lo mismo el abdomen. Pero la Sombra estaba peor.

Tenía marcas de calcinación en casi toda la espalda. En los brazos se veían las heridas abiertas causadas por objetos mal afilados. La piel de las muñecas arrancada. Mavia no pudo imaginar qué tipo de objeto hizo eso.

La Sombra carraspeó un poco mientras se arrastraba al rincón en el que se quedaba mientras brillaba el sol.

—¿Qué querían de ti? Saben que no puedes hablar. ¿Por qué torturarte?

La Sombra la miró sobre el hombro.

—No tiene caso que pregunte, lo sé… —suspiró.

Le dio toquecitos a su pierna con la punta de los dedos y tarareó un poco. Esta vez la criatura de la noche no protestó.

—El hombre de la amapola es el comandante Laya. Lleva al mando de los soldados del palacio desde antes de que yo naciera. Pero que no te engañe el rango… no tiene autoridad en el ejército real.

La Sombra parecía interesada en el monólogo. Giró por completo el cuerpo y estiró el cuello en su dirección. El gesto no pasó desapercibido.

—El hombre es un cobarde —siguió hablando—. Tiene el puesto porque salvó la vida del antiguo rey por accidente. En agradecimiento le cumplió un deseo. Pero no era un rey tonto, por suerte. Cuando le pidió ser comandante se lo concedió… pero solo para la guardia interna.

Miró a la Sombra a los ojos.

—Si no estuvieras atada, se cagaría en los pantalones. La mayoría aquí lo harían. Intenta no olvidarlo. Eres más peligrosa que cualquiera de ellos.

Era difícil decir si se lo estaba diciendo a la Sombra o a ella misma. La criatura pareció tomarlo con dulzura. En cierto punto pensó que el Terror de las Sombras no era tan terrorífico de cerca.

Las torturas se volvieron cotidianas.

Con el paso de los días ya no quedaba piel sana en el cuerpo de Mavia.

Le daban latigazos que le abrían la carne de la espalda. Le hacían cortes en los brazos y piernas con cuchillas oxidadas. Tiraban de sus extremidades con cadenas y la quemaban con barras al rojo vivo.

Estaba totalmente irreconocible.

La Sombra no corría mejor suerte. Mavia suponía que usaban los mismos métodos para ambas.

Siempre que la Sombra volvía débil y malherida le decía lo mismo:

—Eres más fuerte y peligrosa que todos ellos. No dejes que te quiebren.

Cuando ella misma volvía a la celda en esas condiciones deplorables, después de horas escuchando a Laya decirle impostora, se recordaba a sí misma quién era.

—Soy Mavia Icaró. Soy hija de Merfus Icaró e Hydna Trenati. Soy hermana de Lara Icaró. Soy la princesa de los Dioses y Demonios. Soy la Suprema Mayor y líder de la Alianza. La Diablesa Plateada y el Terror de las Sombras. Soy la criatura más poderosa que pisó la tierra. No me quiebro. No temo. No retrocedo.

Una parte de ella estaba empezando a preguntarse: ¿Por qué nadie tiraba abajo la ciudad? ¿Por qué su hermana no hacía nada para ayudarla? ¿Y Zen? ¿Se había olvidado de ella? ¿O había muerto ya? El comandante Laya la conocía desde niña. ¿Cómo no se daba cuenta de quién era? ¿Cómo creía las mentiras de Arturo?

Una parte de ella estaba empezando a dudar… pero tocar su pecho y saber que no había nada latiendo bajo sus costillas era prueba suficiente de quién era.

Las cosas se complicaron cuando las torturas sobrepasaron lo físico.

Arturo se había puesto ingenioso. Enviaba distintas ilusiones a su celda. Le mostraba personas que conoció, lugares en los que estuvo e intentos de escape fallidos. La mayoría de las veces se daba cuenta rápido de que no era real, pero otras… eran demasiado reales.

Los días siguieron pasando, hasta convertirse en semanas. La única diferencia es que ahora parecía haber más víctimas en las mazmorras del palacio.

Empezaron a oírse gritos. De dolor, de súplica. Ruegos de compasión.

Llegaban a la celda como ecos distorsionados. A veces Mavia tenía la sensación de que conocía ese llanto. Le erizaba el pelo de los brazos.

Algo dentro de ella quería responder.

No tenía idea de por qué.

Sus interrogatorios y torturas no cedían. Algunas heridas nunca llegaban a cerrarse. Las infecciones estaban proliferando en su carne, soltando un olor putrefacto que inundaba la celda, aunque ella no lo supiera.

La Sombra lo sentía. Podía oler cómo Mavia se estaba pudriendo en vida sin poder hacer nada al respecto.

Los interrogatorios a la criatura disminuyeron de frecuencia a medida que aumentaba la de Mavia.

Ella cada vez tenía menos energía para repetir su discurso. Volaba de fiebre casi todo el día, sin poder sentir nada más que una sensación de pesadez y cansancio.

Un día sus torturadores se pusieron ingeniosos. O tal vez ya habían terminado de jugar con ella y querían matarla de una vez.

Ataron un cubo de metal a su abdomen con una rata dentro y pusieron brasas ardiendo en el extremo. La rata se desesperó. Excavó dentro de su cuerpo para escapar, dejando un agujero del tamaño de una ciruela

Los soldados presentes no tuvieron estómago para ver cómo Mavia seguía respirando aun con un agujero en el abdomen.

En ese momento Laya se dio cuenta de quién mentía y quién decía la verdad.

La criatura de la noche dejó salir un alarido ensordecedor cuando arrastraron a Mavia de vuelta a la celda. No tenía fuerzas para caminar. La llevaron colgada de los brazos.

Laya en persona la llevó, cosa que nunca había hecho antes. La dejó dentro de la celda, apoyándola con cuidado en el suelo. Como si eso hiciera alguna diferencia después de todo lo que había hecho.




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