La Sombra tembló debajo de la tela cuando las bisagras volvieron a sonar. No asomó la cabeza ni chilló, solo se quedó ahí enroscada. Sabía que esta vez no iban por ella.
Los tres soldados que llegaron traían más cadenas de dianitra. Un par para las muñecas y otro para los pies.
Uno de los soldados se puso en cuclillas frente a la celda de Mavia antes de abrirla.
—Hola. Mi nombre es Beron Hime. —Mostró una sonrisa encantadora, casi deslumbrante—. Tengo que llevarte a otra habitación. Voy a abrir la celda y sacarte esos grilletes. Los cambiaré por estos. —Agitó el metal en el aire—. Tú vas a estar calmada y no intentarás hacer nada que puedas lamentar. ¿De acuerdo?
Se propagó un silencio abrumador, de esos que se sienten pesados y peligrosos. ¿Estar calmada? ¿No hacer algo que lamentara? Hubiera dudado más si le pedía que saliera corriendo.
El hombre entró confiado. Giró las llaves con firmeza y no titubeó al acercarse a ella. Tomó su muñeca como si fuera una mujer cualquiera. Deslizó sus dedos por la piel mientras buscaba la cerradura del grillete.
Los ojos de Mavia estaban fijos en su rostro. Era un hombre joven, bastante apuesto. Seguramente recién empezaba su carrera.
Soltó sus muñecas y después sus pies, sin asegurar las nuevas cadenas. Cuando soltó la segunda tobillera, Mavia le dio un terrible rodillazo en la nariz.
El joven se fue hacia atrás y se golpeó la cabeza con los barrotes. Mientras, Mavia lo pasó por encima y se deslizó por la puerta como el viento por la cerradura.
—¡Detente ahí mismo! —le ordenó uno de los otros dos soldados al tiempo que desenvainaban sus espadas.
Ella sonrió de lado. Era un poco gracioso que intentaran darle órdenes.
Se lanzó contra ellos sin tregua ni pausa. Esquivó una estocada. Sujetó del brazo al atacante. Con tres golpes rápidos en el brazo logró que soltara el arma. La tomó antes de que llegara al piso e interceptó el ataque del segundo soldado.
Forcejearon un momento hasta que Mavia giró la espada y la deslizó sobre la hoja enemiga hasta desviarla hacia arriba. Aprovechó la apertura para darle una patada al soldado. Se giró. Clavó la espada en el abdomen del otro justo cuando intentaba sacar una daga de su cinturón.
Se giró rápido cuando vio el destello de la espada por el rabillo del ojo. Bloqueó el ataque con firmeza, pero no pudo evitar que le rozara el brazo. El choque del metal contra metal llamaba en ella una ferocidad distante. Como el calor que deja el fuego sobre las brasas, amenazando con encenderse en cualquier momento.
Un choque, dos, tres, cuatro… Mavia no retrocedía y el soldado tampoco. Él no estaba dispuesto a dejarla ir y ella no tenía nada que perder. Era un buen espadachín; seguro que hubiera llegado alto. Pero ella era mejor.
En un descuido aprovechó para rajarle la garganta con la punta del arma. Se desplomó en el piso como una bolsa de papas.
Mavia se quedó inmóvil un momento, esperando que alguno se levantara o que llegaran más guardias.
Volvió a la celda y tomó las llaves del soldado inconsciente. Se planteó quitarle la vida, pero al final decidió no hacerlo. Probó varias llaves hasta que pudo abrir la jaula de la Sombra.
—Vamos. Salgamos de aquí —le dijo.
Pero la criatura no se movió.
—Las puertas están abiertas, si somos rápidos podemos escapar.
No hubo respuesta. La Sombra ni siquiera asomó la cabeza.
—Como quieras.
Se dirigió a la salida con zancadas largas. La espada en una mano y las llaves en la otra. Con un poco de suerte, hubiera estado en el exterior en unos minutos.
No tuvo suerte.
Al cruzar el umbral se encontró con al menos una docena de soldados, de todos los tamaños y rangos, desparramados por el pasillo. Todos con espada en mano, listos para dar la vida por su rey.
Apretó los labios contra los dientes.
No tenía ni la más mínima oportunidad de cruzar esa barrera. Soltó la espada y levantó las manos en señal de rendición.
—Una decisión inteligente —lanzó uno de los soldados más próximos a ella.
Mavia lo reconoció. Primero por el escudo de la amapola tallado en la pechera de su armadura y después recordó el rostro.
—Comandante —lo saludó—. No me diga… ¿No se acuerda de mí?
—Ciertamente.
Él la tomó de los brazos con brusquedad y le colocó los grilletes en las muñecas.
—Pero, aun así, hay más de una docena de soldados guardándole la espalda.
—No traería a mis soldados a una muerte segura, impostora. Están aquí porque tenemos certeza de que no eres quien dices ser. Contra ella, ni cien ni mil soldados harían diferencia.
Mavia se lo tomó como un cumplido y dejó que la arrastrara por el pasillo sin oponer resistencia.
Estaba sostenida en el aire, atada de pies y manos, con las extremidades abiertas como una estrella. Debajo de ella había un charco de sangre que no era solo suyo.
El comandante había estado haciéndole preguntas durante horas, y le daba un golpe cada vez que no le gustaba la respuesta. Ninguna respuesta le gustaba.
Después de cierto tiempo las preguntas se repetían.
—¿Quién eres?
—Sabes quién soy…
Un golpe en la nariz.
—¿Qué haces en el palacio?
—Me trajeron a la fuerza en una carreta junto con…
Puñetazo en el estómago.
—¿Quién te envió a matar al rey?
—Nadie me envió.
Puñetazo en el pómulo.
—¿Qué hiciste con la hermana de la reina?
—Yo soy la hermana de la reina.
Respondía con una calma gélida. No mostraba ningún signo de dolor y no hacía ruidos al recibir los golpes. Tanto el capitán como los soldados que lo acompañaban empezaban a incomodarse. El miedo se les estaba filtrando en las arterias. Un sudor frío les caía por la nuca.
—Veo que contigo tendremos que usar métodos más drásticos.
El capitán se puso de pie. Tomó unas pinzas que estaban sobre una mesita contra la pared.
Se sorbió la nariz antes de arrodillarse, como si dudara de lo que estaba por hacer.
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Editado: 30.09.2026