La dama del espejo roto

Capitulo 37

La puerta de hierro terminó de abrirse.
Una niebla negra salió del interior y cubrió el pasillo.
Evelyn no podía respirar.
—Mamá...
La voz volvió a escucharse.
—Lyra...
Elena se aferró al brazo de Evelyn.
—No vayas.
—Es ella.
—No sabemos si lo es.
El padre de ambas dio un paso adelante.
—Tu madre murió aquella noche.
La voz respondió desde la oscuridad:
—¿Estás seguro?
El hombre se quedó paralizado.
Adrián levantó el medallón roto.
—Todos detrás de mí.
Pero la otra Evelyn comenzó a reír.
—Qué inútil.
—¿Qué quieres? —preguntó Adrián.
—Que la verdad salga de esa puerta.
De pronto, una figura apareció entre la niebla.
Era Elena.
La madre.
Su rostro estaba pálido y llevaba el mismo vestido que aquella noche.
Evelyn sintió que las piernas le temblaban.
—Mamá...
La figura extendió una mano.
—Ven conmigo, Lyra.
Evelyn dio un paso.
Adrián la sujetó.
—Espera.
—¡Suéltame!
—Evelyn, mírala bien.
Evelyn observó a la mujer.
Había algo extraño.
Su madre siempre llevaba un pequeño anillo de plata.
Pero aquella figura no lo tenía.
—Tú no eres mi madre.
La sonrisa de la aparición desapareció.
—Muy bien.
Su rostro comenzó a cambiar.
La piel se volvió oscura.
Los ojos completamente negros.
Y la voz dejó de ser la de Elena.
—Has aprendido.
Nerissa.
El padre de Evelyn retrocedió.
—No...
Nerissa abrió los brazos.
—Después de tantos años, finalmente las tres están juntas.
Lydia comenzó a temblar.
—No quiero volver al espejo.
—No volverás.
Nerissa sonrió.
—Esta vez el espejo vendrá contigo.
El corazón de cristal se elevó.
Las tres hermanas sintieron un dolor insoportable.
—¡Evelyn! —gritó Elena.
El corazón comenzó a dividirse nuevamente.
Pero esta vez los fragmentos no fueron hacia las hermanas.
Volaron hacia la puerta.
Nerissa los estaba absorbiendo.
Adrián corrió hacia ella.
—¡No!
Una sombra lo lanzó contra la pared.
—¡Adrián! —gritó Evelyn.
Él cayó al suelo.
El medallón se partió completamente.
La luz desapareció.
Nerissa avanzó.
—Sin la protección de los Ashcroft...
Miró a Evelyn.
—...eres mía.
Evelyn apretó los puños.
—No.
—Tú me elegiste.
—Cuando tenía siete años.
—Pero elegiste.
Evelyn recordó las palabras de su madre.
El verdadero pacto se alimenta de la elección.
Entonces comprendió.
No tenía que destruir a Nerissa.
Tenía que retirar aquella elección.
—Nerissa.
La entidad se detuvo.
—¿Qué?
Evelyn dio un paso hacia ella.
—Yo fui quien te eligió.
Nerissa sonrió.
—Exactamente.
—Entonces yo también puedo dejar de elegirte.
La sonrisa desapareció.
—No.
Evelyn tomó las manos de sus hermanas.
—Elena.
Su hermana la miró.
—¿Qué?
—¿Me eliges?
Elena entendió.
—Sí.
Evelyn miró a Lydia.
—¿Y tú?
Lydia comenzó a llorar.
—Sí.
Las tres unieron sus manos.
—Nos elegimos entre nosotras —dijo Evelyn.
El corazón de cristal comenzó a brillar.
Nerissa gritó.
—¡NO!
Las paredes comenzaron a agrietarse.
La puerta de hierro empezó a cerrarse.
Nerissa intentó cruzarla, pero una fuerza invisible la retenía.
—¡Lyra!
Evelyn la miró.
—Ese nombre ya no te pertenece.
Nerissa rugió.
—¡Tú eres Lyra!
Evelyn negó con la cabeza.
—Soy Evelyn.
El cristal explotó en una luz blanca.
Nerissa fue arrastrada hacia la oscuridad.
Pero antes de desaparecer, miró a las tres hermanas.
Y sonrió.
—Entonces hay algo que todavía no recuerdas.
La puerta se cerró.
Silencio.
Evelyn respiró con dificultad.
—¿Qué quiso decir?
Su padre no contestó.
Lydia lo miró.
—Papá...
El hombre tenía lágrimas en los ojos.
—Hay una cuarta hermana.
Las tres quedaron inmóviles.
—¿Qué? —susurró Elena.
El padre bajó la mirada.
—Nerissa no necesitaba tres llaves.
Miró a Evelyn.
—Necesitaba cuatro.
Detrás de ellos, el espejo roto emitió un último sonido.
CRACK.
Y en uno de los fragmentos apareció el rostro de una niña que ninguna de las tres reconocía.
La niña sonrió.
Y escribió con un dedo sobre el cristal:
ME LLAMO ISABEL.




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