La puerta permanecía abierta.
Nadie se atrevía a cruzarla.
Del otro lado no había oscuridad, sino una luz azulada que parecía provenir de un lugar muy lejano.
Evelyn apretó la mano de Isabel.
—¿Quién habló?
Isabel no respondió.
Su rostro había perdido todo color.
—Isabel.
La niña finalmente susurró:
—Él.
—¿Quién?
—El hombre que estuvo antes que Nerissa.
Adrián frunció el ceño.
—Pensé que Nerissa era el origen.
—Eso quería que creyéramos.
El padre de Evelyn dio un paso hacia la puerta.
—Entonces la historia que conocemos era falsa.
Una voz volvió a escucharse.
—No falsa.
Una pausa.
—Incompleta.
La temperatura descendió.
Evelyn cruzó el umbral.
—¡Evelyn! —gritó Adrián.
Ella se detuvo.
—Si seguimos huyendo de cada puerta, jamás sabremos la verdad.
Adrián la siguió.
—Entonces no irás sola.
Elena y Lydia también entraron.
Isabel fue la última.
Cuando todos estuvieron dentro, la puerta se cerró detrás de ellos.
CLAC.
El lugar parecía una enorme biblioteca subterránea.
Había cientos de libros.
Retratos.
Cajas antiguas.
Y espejos cubiertos con telas negras.
En el centro había una mesa de piedra.
Sobre ella descansaba un libro enorme.
Su cubierta llevaba el escudo de los Blackwood.
Evelyn se acercó.
—¿Qué es esto?
Su padre abrió el libro.
Las primeras páginas estaban escritas con una tinta tan antigua que casi había desaparecido.
Hasta que una frase apareció delante de ellos:
“Antes del espejo existió el pacto.”
Lydia tragó saliva.
—¿Entonces el espejo no creó el pacto?
—No —dijo su padre—. El pacto creó el espejo.
Evelyn pasó una página.
Apareció un dibujo de una mujer.
No era Seraphine.
No era Nerissa.
Era una mujer desconocida con una corona de huesos.
Debajo había un nombre:
EVELINA BLACKWOOD.
Evelyn se quedó helada.
—¿Evelina?
Isabel se acercó.
—La primera.
Elena señaló la página.
—Pero el libro dice que vivió hace más de cuatrocientos años.
El padre asintió.
—Seraphine no fue la primera Blackwood.
Evelyn sintió un escalofrío.
—Entonces, ¿quién fue?
La respuesta apareció sola.
“Evelina buscó la manera de vencer a la muerte.”
Otra página se abrió.
Había una descripción de un ritual.
Cuatro hermanas.
Un corazón.
Una puerta.
Y una entidad llamada...
Asterion.
Adrián leyó el nombre.
—¿Quién es?
Las luces se apagaron.
Una voz masculina respondió desde detrás de ellos:
—Yo.
Todos se giraron.
Un hombre apareció entre los estantes.
Era alto, vestido completamente de negro.
Su rostro parecía joven, pero sus ojos eran antiguos.
Isabel retrocedió.
—No...
El hombre sonrió.
—Hola, pequeña.
—Tú me encerraste.
—No.
Él miró a Evelyn.
—Tu familia me encerró.
Evelyn levantó el corazón de cristal.
—¿Eres Asterion?
—Lo fui.
—¿Y qué eres ahora?
El hombre se acercó.
—La deuda que dejaron tus antepasados.
Adrián desenvainó su espada.
Asterion ni siquiera lo miró.
—Los Ashcroft siempre intentan proteger a los Blackwood.
—Y siempre fallan —respondió Adrián.
Asterion sonrió.
—Esta vez no tendrán que protegerlas.
Señaló a las cuatro hermanas.
—Porque ellas ya han abierto la puerta.
El suelo comenzó a temblar.
Todos los espejos cubiertos empezaron a descubrirse solos.
Uno.
Dos.
Diez.
Cientos.
Y en cada espejo apareció el mismo rostro.
Nerissa.
Evelyn sintió que el corazón de cristal comenzaba a calentarse.
—La encerramos —susurró.
Asterion negó lentamente.
—No.
—¿Entonces?
Él miró a los espejos.
—La liberaron.
Todos los cristales se rompieron al mismo tiempo.
Y desde cada fragmento surgió una sombra.
Asterion sonrió.
—Ahora, Evelyn Blackwood...
Sus ojos se volvieron completamente negros.
—...veremos qué parte de ti pertenece realmente a Nerissa.