La mujer permaneció inmóvil al otro lado de la puerta.
Evelyn no podía apartar los ojos de ella.
—Mamá...
Elena comenzó a llorar.
Lydia retrocedió lentamente.
—No puede ser.
El padre de las cuatro hermanas dio un paso hacia adelante.
—Elena...
La mujer levantó la mirada.
—No soy exactamente quien recuerdan.
Evelyn sintió un escalofrío.
—¿Qué significa eso?
Su madre miró al bebé que llevaba en brazos.
—Esta fue la noche en que todo comenzó.
El bebé abrió los ojos.
Evelyn sintió que el corazón le daba un vuelco.
La pequeña tenía unos ojos idénticos a los suyos.
—Ella es Isabel —susurró la madre.
La niña del espejo apareció detrás de ella.
—No.
Todos miraron a la pequeña.
—Ella no es Isabel.
La madre apretó al bebé contra su pecho.
—No...
Isabel comenzó a llorar.
—Mamá, diles la verdad.
Evelyn se acercó.
—¿Qué verdad?
Su madre cerró los ojos.
—Isabel no fue la cuarta hija.
Silencio.
—Entonces... ¿quién es? —preguntó Elena.
La madre levantó lentamente la mirada.
—Es la primera.
El aire pareció desaparecer.
Adrián miró al padre.
—¿La primera?
Él asintió.
—La primera niña que Nerissa intentó reclamar.
La madre continuó:
—Cuando nació Isabel, Nerissa despertó. Quería utilizarla para regresar al mundo.
—¿Y ustedes qué hicieron? —preguntó Evelyn.
—Intentamos detenerla.
Una lágrima recorrió el rostro de su madre.
—Pero fallamos.
El espejo comenzó a vibrar.
Isabel gritó:
—¡Mamá, no!
Una sombra apareció detrás de la mujer.
Nerissa.
—Ya es suficiente.
La madre abrazó al bebé.
—No dejaré que vuelvas a tocarla.
Nerissa sonrió.
—Ya lo hiciste.
Evelyn observó horrorizada cómo una marca negra aparecía sobre el pecho de su madre.
—¡Mamá!
Corrió hacia ella.
Pero la mujer levantó una mano.
—No te acerques.
—¡Déjame ayudarte!
—Escúchame, Lyra.
Evelyn se quedó quieta.
—No existe una cuarta hermana porque ustedes cuatro son una sola alma.
Las palabras golpearon a Evelyn.
—¿Qué?
—Nerissa no pudo destruirte.
Su madre miró a Elena, Lydia e Isabel.
—Por eso dividí tu alma entre las cuatro.
El corazón de cristal comenzó a brillar.
—Memoria.
Una luz salió de Lydia.
—Vida.
Otra salió de Elena.
—Elección.
La tercera salió de Evelyn.
Y finalmente...
—Identidad.
La cuarta luz salió del espejo.
Isabel comenzó a desaparecer.
—¡No! —gritó Evelyn.
—No estoy muriendo —dijo la niña—. Estoy regresando.
Las cuatro luces comenzaron a unirse.
Nerissa lanzó un grito.
—¡NO!
La sombra se abalanzó sobre ellas.
Adrián corrió hacia Evelyn.
—¡Agáchate!
Una explosión de luz atravesó la habitación.
Cuando Evelyn abrió los ojos, estaba sola.
No había espejo.
No había puerta.
No había Nerissa.
Solo estaban Adrián, su padre y sus tres hermanas.
—¿Dónde está mamá? —preguntó Elena.
Nadie respondió.
Entonces Evelyn vio algo en el suelo.
Un pequeño relicario plateado.
Lo recogió.
Dentro había una fotografía.
Su madre aparecía con cuatro bebés.
Pero detrás de la fotografía había una frase escrita:
“Cuando las cuatro recuerden, Nerissa dejará de ser una prisión.”
Evelyn levantó la mirada.
—¿Qué significa?
Su padre se acercó.
Antes de que pudiera responder...
Una voz infantil susurró detrás de ellos:
—Significa que ella nunca estuvo atrapada.
Todos se giraron.
Isabel estaba allí.
Ya no dentro del espejo.
De pie en medio de la habitación.
Evelyn abrió los ojos.
—Isabel...
La niña sonrió.
—Ahora somos una.
Y detrás de ella, en la pared vacía, apareció lentamente una sombra con dos ojos negros.
Nerissa.
—Pero yo también.