El primer paso al otro lado del espejo no se sintió como atravesar un cristal.
Se sintió como caer dentro de un recuerdo.
Evelyn abrió los ojos.
Ya no estaba en el bosque.
Frente a ella se extendía una ciudad enorme, iluminada por una luna plateada que parecía demasiado cercana. Las calles estaban hechas de piedra negra y las casas tenían ventanas altas, todas cubiertas por espejos.
No había personas.
No había animales.
Ni siquiera viento.
—¿Dónde estamos? —susurró Elena.
Aurelia observó los edificios con el rostro pálido.
—En el lugar donde comenzaron los espejos.
Cael levantó la mirada.
—La primera ciudad.
Darian se acercó lentamente a Evelyn.
—Yo estuve aquí.
Ella lo miró.
—¿Cuándo?
—Cuando éramos niños.
Evelyn sintió un escalofrío.
De pronto, una campana sonó a lo lejos.
Una vez.
Todos los espejos de las ventanas se iluminaron al mismo tiempo.
Y entonces Evelyn vio algo.
Una niña corría por una de las calles.
Tenía el cabello oscuro, un vestido blanco y una pequeña cinta roja en la muñeca.
Evelyn dejó de respirar.
—Soy yo…
Darian la miró.
—Sí.
La niña se detuvo frente a una casa.
Y detrás de ella apareció un niño.
Era Darian.
Más pequeño.
Más inocente.
Sonreía mientras sostenía una pequeña flor blanca.
—No puede ser… —murmuró Evelyn.
La escena continuó como si ellos no existieran.
El pequeño Darian le entregó la flor a la niña.
—Prométeme que nunca vas a olvidarme.
La pequeña Elara sonrió.
—Nunca.
Evelyn sintió que algo dentro de su pecho se rompía.
—Morian nos borró esto…
Darian cerró los ojos.
—Sí.
Adrián permanecía unos pasos atrás.
No dijo nada.
Pero Evelyn pudo notar la tensión en su rostro.
Ella se volvió hacia él.
—Adrián…
Él negó suavemente con la cabeza.
—No tienes que explicarme nada.
—No quiero que pienses que…
—Sé lo que estás pensando —respondió él—. Estás descubriendo quién eras antes de conocerme.
Evelyn bajó la mirada.
Adrián se acercó y tomó su mano.
—Y yo quiero conocer a esa versión de ti también.
Sus palabras la conmovieron.
Pero antes de que pudiera responder, todos los espejos de la ciudad se quebraron al mismo tiempo.
CRAAASH.
El sonido retumbó por las calles.
Nerissa gritó.
—¡Aléjense de los espejos!
Demasiado tarde.
De los fragmentos comenzaron a salir sombras.
Asterion levantó su mano y una luz azul recorrió la calle.
—¡No son criaturas!
Cael frunció el ceño.
—Entonces, ¿qué son?
Asterion observó los reflejos.
—Recuerdos.
Las sombras comenzaron a adoptar formas humanas.
Una mujer.
Un hombre.
Niños.
Ancianos.
Miles de personas aparecieron alrededor de ellos.
Y todas miraban a Evelyn.
Una voz surgió de entre la multitud.
—Elara.
Otra voz respondió.
—La niña que debía morir.
Evelyn retrocedió.
—¿Morir?
Darian se colocó frente a ella.
—No la escuches.
Pero una mujer de cabello blanco salió de entre los recuerdos.
Evelyn sintió que conocía aquel rostro.
La mujer levantó una mano.
—Morian no te borró para castigarte.
—¿Entonces por qué? —preguntó Evelyn.
La mujer la miró con tristeza.
—Porque tú descubriste la verdad.
El corazón de Evelyn comenzó a latir con fuerza.
—¿Qué verdad?
La mujer señaló el cielo.
La luna desapareció.
En su lugar apareció un gigantesco espejo suspendido sobre la ciudad.
Y dentro de él…
Evelyn vio a Morian.
Pero no estaba solo.
A su lado había una niña.
La niña era ella.
Elara.
Y frente a ambos estaba el Vacío.
No como una criatura.
Sino como una puerta.
Morian parecía aterrorizado.
La pequeña Elara sostenía la mano de Darian.
Entonces la voz de Morian resonó desde el espejo:
—Si recuerdas lo que ocurrió aquella noche, Elara, comprenderás por qué tuve que borrar tu vida.
Evelyn sintió que las piernas le temblaban.
—¿Qué ocurrió?
El espejo mostró una última imagen.
Elara entrando voluntariamente en aquella puerta negra.
Y detrás de ella…
Darian llorando.
La pequeña Elara se volvió hacia él.
Movió los labios.
Aunque no pudieron escuchar su voz, Evelyn comprendió las palabras.
“Si regreso, no seré la misma.”
Darian tomó la mano de Evelyn.
—Yo recuerdo ahora.
Ella lo miró.
—¿Qué recuerdas?
Darian tenía lágrimas en los ojos.
—Tú no fuiste encerrada en el Vacío, Elara.
Una pausa.
—Tú entraste para salvarnos a todos.
El suelo comenzó a temblar.
Y desde las profundidades de la ciudad llegó un sonido que ninguno de ellos había escuchado antes.
Una respiración.
Lenta.
Profunda.
Como si algo gigantesco acabara de despertar debajo de sus pies.
Aurelia palideció.
—No…
Cael la miró.
—¿Qué pasa?
Aurelia respondió apenas en un susurro:
—La puerta que Elara cerró cuando era niña…
Las calles comenzaron a abrirse.
—…acaba de abrirse otra vez.
Y desde el interior de la grieta, una voz infantil pronunció el nombre de Evelyn:
—Hermana…
Evelyn quedó paralizada.
Porque esa voz…
Era la suya.