La dama del espejo roto

Capitulo 48

La puerta permanecía abierta.
No había bisagras.
No tenía cerradura.
Solo una oscuridad profunda que parecía respirar al otro lado.
Evelyn apretó la mitad de la llave negra entre sus dedos.
Adrián hizo lo mismo con la suya.
—No tenemos que entrar —dijo él.
La niña volvió a hablar desde la oscuridad.
—Sí tienen.
Evelyn sintió un escalofrío.
—¿Quién eres?
Silencio.
Entonces apareció una pequeña silueta.
Era una niña de unos ocho años.
Llevaba un vestido blanco antiguo y tenía el cabello negro, largo, cayéndole sobre los hombros.
Pero lo que hizo que Evelyn se quedara inmóvil no fue su apariencia.
Eran sus ojos.
Eran exactamente iguales a los de ella.
—No puede ser… —susurró Lydia.
Isabel dio un paso atrás.
—Ella…
Elena se llevó una mano al pecho.
—La conozco.
Evelyn miró a su padre.
—¿Quién es?
Su padre no respondió.
Y ese silencio fue suficiente.
—Papá.
El hombre cerró los ojos.
—Evelyn… hay cosas que nunca quise que descubrieras.
—¿Ella es otra hermana?
—No.
La niña sonrió tristemente.
—No soy otra hermana.
Asterion apareció detrás de ellos.
Por primera vez, su rostro mostraba verdadero temor.
—Ella es la razón por la que Evelina comenzó todo.
Evelyn sintió que el corazón se le detenía.
—¿Qué?
La niña levantó una mano.
Y el pasillo desapareció.
Evelyn se encontró frente a una casa mucho más pequeña.
No era la mansión.
Era una casa antigua, rodeada de árboles.
En el jardín había una mujer joven.
Evelina.
Pero no estaba sola.
En sus brazos sostenía a un bebé.
La pequeña tenía los mismos ojos que Evelyn.
—Mi hija… —susurró Evelina.
Evelyn observó horrorizada.
—¿Esa niña…?
Asterion respondió:
—La hija de Evelina.
La visión cambió.
Evelina lloraba frente a una cama vacía.
La niña había muerto.
Y junto a ella había un fragmento de espejo.
Evelina tomó el fragmento con ambas manos.
—No aceptaré perderla.
Asterion apareció en la visión.
—Evelina, déjala ir.
—¡No!
—La muerte no puede ser derrotada.
—Entonces encontraré una forma.
La visión se oscureció.
Después apareció Nerissa.
Mucho más joven.
Una niña.
Asustada.
Evelina se arrodilló frente a ella.
—¿Quieres volver a verla?
Nerissa lloraba.
—Sí.
—Entonces puedo darte ese poder.
Asterion gritó desde algún lugar:
—¡Evelina, no!
Pero ya era demasiado tarde.
El primer pacto había comenzado.
Evelyn sintió lágrimas en los ojos.
—Todo esto…
Miró a Nerissa.
—No empezó conmigo.
—No —respondió Asterion—. Empezó con una madre que no pudo aceptar la muerte de su hija.
La niña apareció nuevamente frente a Evelyn.
—Pero esa no es la verdad que vine a mostrarte.
Evelyn la miró.
—Entonces dime.
La niña señaló su pecho.
Y allí apareció una pequeña cicatriz con forma de corazón.
—Evelina creyó que había perdido a su hija.
Evelyn palideció.
—¿Qué quieres decir?
La niña sonrió.
—Nunca murió.
El silencio fue absoluto.
Adrián tomó la mano de Evelyn.
—¿Entonces quién era la niña que Evelina intentó devolver?
La pequeña levantó lentamente la mirada hacia él.
—Yo.
Evelyn dejó caer la mitad de la llave.
—No…
La niña comenzó a cambiar.
Su rostro infantil se volvió más claro.
Sus facciones comenzaron a parecerse a las de Evelyn.
A las de Elena.
A las de Lydia.
A las de Isabel.
Las cuatro hermanas retrocedieron.
—Ella es… —murmuró Isabel.
Asterion terminó la frase:
—La primera hija de Evelina.
La niña miró a Evelyn.
—Y ustedes no son cuatro hermanas.
Evelyn sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Qué somos entonces?
La niña respondió:
—Lo que quedó de mí.
Las cuatro luces que representaban sus almas comenzaron a brillar.
Y, por primera vez, todas escucharon la misma voz dentro de sus cabezas.
“Recuerden quién fueron antes de ser Blackwood.”
El corazón de Evelyn comenzó a latir con fuerza.
Una imagen apareció en su mente.
Una niña.
Un espejo.
Una mujer llorando.
Y una palabra.
LYRA.
Evelyn cerró los ojos.
—No.
La niña se acercó.
—Ese era el nombre que te dieron.
Evelyn abrió los ojos.
—Mi nombre es Evelyn.
—Ahora sí.
La niña sonrió.
—Pero antes de Evelyn…
El espejo detrás de ella se rompió.
Miles de fragmentos quedaron suspendidos en el aire.
En cada uno aparecía una vida diferente.
Y en todos ellos aparecía la misma niña.
La primera hija.
La verdadera heredera.
La niña susurró:
—Mi nombre era Aurelia.
Entonces todos los espejos se hicieron añicos.
Y desde la oscuridad surgió una voz que ninguno de ellos había escuchado antes:
—Aurelia no debió despertar.
Asterion levantó la mirada.
—No…
Evelyn se volvió hacia él.
—¿Quién dijo eso?
Asterion palideció.
—El verdadero dueño del pacto.
Y detrás de la puerta apareció una sombra gigantesca.




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