Toc.
Toc.
Toc.
Los tres golpes volvieron a escucharse.
Evelyn permaneció inmóvil.
La voz había sido clara.
Demasiado clara.
Aurelia había despertado.
—No puede ser… —susurró Elena.
Lydia miró hacia la puerta.
—La vimos desaparecer.
—No desapareció —dijo Asterion.
Todos lo miraron.
—Entonces, ¿dónde está? —preguntó Adrián.
Asterion señaló el corazón de cristal.
Ya no brillaba.
Ahora estaba completamente oscuro.
—Dentro.
Evelyn sintió un escalofrío.
—¿Dentro de mí?
—No.
Asterion negó lentamente.
—Dentro de ustedes.
Las cuatro hermanas se miraron.
Entonces las luces que representaban sus almas comenzaron a separarse.
Una sombra apareció en el centro de la habitación.
Primero fue apenas una silueta.
Después tomó forma.
Era una mujer joven.
Tenía el cabello negro de Evelina.
Los ojos de Evelyn.
La sonrisa de Lydia.
La mirada de Elena.
Y el mismo rostro que Isabel había visto en sus sueños.
—Aurelia… —murmuró Asterion.
La mujer abrió los ojos.
—Por fin.
Evelyn dio un paso adelante.
—¿Eres tú?
Aurelia la observó.
—Soy lo que quedó de mí después de que mi madre intentara devolverme la vida.
—¿Y por qué nos dividieron?
Aurelia bajó la mirada.
—Porque Evelina no pudo aceptar que yo muriera.
Su voz se quebró.
—Creó el pacto para traerme de vuelta. Pero el Vacío encontró una forma de utilizar su deseo.
Aurelia miró a las cuatro hermanas.
—Tomó mi esencia y la dividió.
Evelyn comprendió.
—Nosotras.
Aurelia asintió.
—Ustedes.
—Entonces… ¿tenemos que desaparecer para que tú vuelvas?
Aurelia se quedó en silencio.
Y ese silencio fue suficiente para que Evelyn sintiera miedo.
Pero Aurelia negó con la cabeza.
—No.
—¿No?
—Ya no quiero volver de esa manera.
Evelyn se acercó.
—Entonces, ¿qué quieres?
Aurelia sonrió.
—Quiero vivir.
Las cuatro hermanas se quedaron inmóviles.
—Pero no quiero hacerlo usando sus vidas.
De repente, la mansión comenzó a temblar.
Los cristales de las ventanas estallaron.
Las paredes se llenaron de grietas.
Y desde el suelo comenzaron a surgir sombras.
Asterion levantó ambas manos.
—¡El Vacío no desapareció!
Adrián sacó la mitad de la llave negra.
—Pensé que lo habíamos destruido.
—Solo destruyeron su forma.
Evelyn miró hacia la oscuridad.
—Entonces sigue aquí.
—Sí.
Una voz profunda recorrió toda la mansión.
—Nadie abandona el pacto.
Aurelia cerró los ojos.
—Está intentando entrar.
Evelyn levantó la llave blanca.
—¿Cómo lo detenemos?
Aurelia la miró.
—No pueden destruirlo.
—¿Entonces?
—Deben hacer algo que jamás ha ocurrido.
—¿Qué?
Aurelia señaló a Evelyn.
—Elegir sin miedo.
Evelyn respiró profundamente.
Recordó todas las veces que había tenido que elegir.
Salvar a Adrián.
Salvar a sus hermanas.
Enfrentarse a Evelina.
Perdonar a Nerissa.
Rechazar a Lyra.
Y ahora…
Elegirse a sí misma.
Evelyn tomó la mano de sus tres hermanas.
—No voy a entregar mi vida.
Elena apretó su mano.
—Ni yo.
Lydia sonrió.
—Ni yo.
Isabel levantó la cabeza.
—Entonces estamos juntas.
Adrián se acercó.
—Yo también.
Las cinco personas quedaron unidas.
La luz comenzó a extenderse por la habitación.
El Vacío rugió.
—¡NO!
Las sombras retrocedieron.
Por primera vez, la criatura parecía incapaz de comprender lo que estaba sucediendo.
Aurelia cerró los ojos.
Y una lágrima cayó por su rostro.
—Gracias.
Evelyn sonrió.
—¿Por qué?
—Por demostrarme que vivir no significa regresar al pasado.
La luz explotó.
Todo quedó en silencio.
Cuando Evelyn abrió los ojos, la mansión había cambiado.
Las paredes estaban limpias.
Las grietas habían desaparecido.
Los espejos ya no tenían sombras.
El aire era diferente.
Libre.
Adrián estaba a su lado.
—¿Terminó?
Evelyn miró alrededor.
—Creo que sí.
Entonces escucharon una risa.
Suave.
Infantil.
Evelyn se volvió.
Aurelia estaba junto a una ventana.
Pero ahora parecía completamente humana.
—¿Te vas? —preguntó Evelyn.
Aurelia negó con la cabeza.
—No.
Miró hacia el bosque.
—Voy a quedarme.
—¿Aquí?
—No.
Aurelia sonrió.
—En el mundo.
Y desapareció detrás de la luz del amanecer.
Evelyn respiró aliviada.
Pero cuando bajó la mirada…
vio algo sobre su mano.
Una pequeña marca.
Una corona negra.
La misma que había quedado sobre la cama.
Adrián la observó.
—Evelyn…
Ella levantó la mirada.
—¿Qué?
La marca comenzó a latir.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Y desde el espejo roto del salón apareció una última frase:
“AURELIA DESPERTÓ.
PERO EL VACÍO NUNCA ESTUVO SOLO.”
Evelyn sintió que la sangre se le helaba.
Detrás de ella, alguien susurró:
—Ahora falta despertar al otro.