
De rodillas ante el Alfa

Mi visión lentamente fue abriéndose paso entre la oscuridad. Desperté con la garganta seca, ahogando un alarido mudo que luchaba por desgarrarme el pecho.
Miré alrededor sin saber adónde demonios me habían llevado. Apenas una escasa luz se filtraba a través de las saeteras alineadas en lo alto del techo. Un trozo de cuero áspero me cubría la boca, atado con fuerza en la nuca, apenas dejándome respirar por la nariz. Solo al vislumbrar los gruesos barrotes frente a mí fue que comprendí que me hallaba en un calabozo. Intenté moverme, pero mis manos estaban atadas tras la espalda. Cadenas gruesas me sujetaban las muñecas contra una pared de piedra, obligándome a permanecer de rodillas en un ángulo que ya empezaba a robarme la sensibilidad de las piernas.
Sin embargo, hubo algo más que capturó mi atención. Había magia impregnando cada piedra del lugar. La sentí de inmediato, un peso extraño presionando contra mi poder, debilitándolo, aunque sin llegar a apagarlo del todo.
Solté una risa seca, cargada de una ironía amarga. Rhydian jamás había querido magos rondando su manada, siempre desconfiando de cualquier criatura ajena a su dominio. Y sin embargo, ahí estaba yo, la prueba viviente de que su desconfianza hacia mí había sido, al final, suficiente motivo para permitir que algún mago trazara sellos de contención alrededor de mi encierro.
Tampoco se me escapó otro detalle revelador: la ausencia total de antorchas. Los lobos, evidentemente, no estaban dispuestos a arriesgarse a dejar ni una sola llama cerca de mí. Al menos conservaban algo de sentido común.
Recordé todo lo ocurrido antes de despertar y suspiré, negándome rotundamente a sentir la más mínima preocupación por Rhydian, cuando había sido precisamente él quien permitió que me encerraran en semejantes condiciones. ¿Pretendían doblegarme de esta forma tan patética? La Guardia Oscura requerirá un poder infinitamente superior si aspiraba a ponerle fin a mi existencia.
Aunque, lo que realmente me ofendía, más que las cadenas o la mordaza, era el lugar exacto donde me habían retenido. No resultaba difícil deducir que aquella celda era la misma donde llevaban a las hadas grises capturadas, para torturarlas o simplemente dejarlas morir lentamente. En los rincones no se acumulaba polvo común, sino una fina capa de ceniza grisácea, casi plateada, luminosa incluso en la penumbra. Cuando un hada gris moría y su magia se corrompía por completo, su cuerpo no se pudría como cualquier carne mortal: se deshacía en esa ceniza brillante. ¿Acaso pretendían rebajarme al mismo nivel que esa escoria gris?
De los muros colgaban argollas de un hierro opaco, áspero, deliberadamente grisáceo. Hierro frío imbuido de influencia mágica, el veneno predilecto contra criaturas feéricas y brujas de linaje antiguo por igual. No me sorprendió sentir mis muñecas en carne viva bajo los grilletes; bastaba con que intentara invocar la más mínima chispa de mi poder para que las cadenas me frenaran en seco, sofocando cualquier intento de magia antes de que lograra cobrar forma. Aunque, poco podía hacer sin mi daga, amordazada, encadenada a la pared e inclinada sobre mis rodillas. No había mucho que aquellos sellos necesitaran contener cuando ya me habían despojado de cualquier posibilidad real de salir de ese asqueroso lugar.
No sabía qué resultaba más humillante: la miseria de mi estado o la agonía que había sido mi inconsciencia. Porque mi mente, incluso dormida, se había sentido como una tortura interminable. Solo recordaba la sensación de caer en un abismo oscuro, alzando las manos en un intento desesperado de aferrarme a algo, cualquier cosa, sin encontrar jamás nada a lo cual sostenerme. Y en medio de toda esa angustia sin fondo, lo único que mi mente lograba conjurar, una y otra vez, era la imagen de Rhydian.
¿Vendrás a rescatarme? Lo harás, ¿cierto?
Volví a negar, pareciéndome increíble que, incluso en ese momento deplorable, no pudiera dejar de pensar en él.
Intenté moverme, y solo entonces sentí una tirantez incómoda extendiéndose por mi torso y el faldón de mi vestido. La tela estaba endurecida como una coraza de cuero seco. La penumbra me impedía distinguir, pero logré darme cuenta de que se trataba de una mancha oscura, extendiéndose por todo mi costado.
Sangre seca… La sangre de Rhydian.
Eso solo podía significar una cosa, y aparté ese pensamiento de mi mente con violencia. La imagen de haber llegado hasta este calabozo entre los brazos del hombre al que le había salvado la vida me resultaba una afrenta insoportable.
El eco de unos pasos fracturó la quietud. No era el andar pesado y dominante de Rhydian, aquel que hacía retumbar la piedra con la mera presencia de un Alfa. Estos pasos eran más ligeros, más contenidos, acompañados por el resplandor amarillento de una antorcha que se acercaba lentamente por el corredor.
Thyrius se detuvo frente a los barrotes, sacudiendo ligeramente un manojo de llaves entre sus dedos enguantados. El sonido metálico resonó como burla rítmica en la celda. Para mí, aquel tintineo de hierro era la prueba viviente de que los lobos, en el fondo, me temían profundamente: necesitaban barreras, cerrojos, magos, todo para contener a una sola mujer.