El Lado Hermoso De La Bestia

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La condena de una bestia enamorada

Estaba sentado con los codos hincados en las rodillas y las manos entrelazadas sobre mi nuca. Apreté los puños hasta que mis garras se hundieron en mi piel, buscando en el dolor físico algo que lograra distraerme del tormento que me desgarraba por dentro y contener el impulso salvaje de salir corriendo hacia las profundidades del bosque para destrozar, con mis propias manos, los barrotes que la separaban de mí.

Hace apenas unas lunas la tenía entre mis brazos. Había sentido el latido acelerado de su cuello contra mis propios labios, su piel cediendo ante mi toque, el calor de su respiración ahogándose en mi garganta... Todo era la ilusión perfecta de que me pertenecía por decreto divino, tejida por la mismísima Diosa Luna. Y ahora... ahora ella estaba encadenada como una bestia rabiosa en las entrañas de mi propio territorio, mirándome con esa sonrisa insufrible que aseguraba, sin necesidad de palabras, que se burlaba abiertamente de mi dolor.

Los ancianos del Consejo creían que mi rabia provenía del lazo falso. Pensaban que mi honor de Alfa sangraba porque una bruja nos había engañado a todos con magia oscura, pero ellos no entendían nada. Ojalá hubiera sido solo un hechizo. Ojalá fuera una simple maldición que pudiera purgarse con sangre, rito y purificación, algo que el fuego sagrado pudiera limpiar de mi alma. Lo devastador no era el engaño: era que mi corazón no entendía absolutamente nada de magia negra. Mi alma la había elegido a ella, con lazo o sin él. Y aunque mi mente me ordenara arrancarle la cabeza por traidora, mis manos solo suplicaban volver a tocarla una vez más.

¿Era esto lo que quedaba de mí? ¿Un lobo destrozado, temblando en medio de las ruinas de su propio salón, por causa de una mujer que solo me había usado como un peón en su tablero?

El sonido seco de una lanza golpeando tres veces fuera de la puerta rompió el silencio sepulcral del salón.

—Thyrius de la Casa Terrell, solicita audiencia, Alfa Supremo.

No levanté la cabeza. Un gruñido gutural escapó de mi garganta, vibrando con tanta fuerza que la única antorcha encendida osciló violentamente contra la pared.

—¡Dije que nadie entrara! —bramé—. ¡El que cruce esa puerta pagará con la garganta!

La voz serena de Thyrius llegó desde el otro lado, rozando peligrosamente la insolencia fraterna que solo un hermano de armas se atrevería a exhibir frente a su Alfa.

—Tarde o temprano tendrás que hablar, Rhydian. Y dada la situación en la que estamos, prefiero que sea temprano.

Apreté la mandíbula con tanta fuerza que mis propios dientes chasquearon. Dejé que el silencio se extendiera, y supe, sin necesidad de decirlo, que Thyrius lo interpretaría como el único permiso que obtendría de mí esa noche.

La pesada puerta se abrió despacio. Sus botas resonaron contra el suelo de piedra, deteniéndose finalmente al borde del desastre que yo mismo había dejado tras de mí. Su mirada recorrió lentamente la mesa de piedra, partida exactamente a la mitad, antes de fijarse en mi rostro, marcado por una rabia que ya no intentaba ocultar.

Thyrius mantuvo una expresión serena, aunque sus ojos no pudieron evitar vagar nuevamente por todo el lugar. Sobre todo, las decenas de mordelunas aplastadas, sus pieles violáceas reventadas bajo pisotones furiosos, esparcidas en un desorden que a sus ojos debía parecer casi ritual.

Las había recogido esa misma tarde con la intención de llevárselas a Nyra en su celda. Pero al final no me había atrevido a verla. Temía que, si la miraba a los ojos, caería de nuevo en la trampa dulce de sus mentiras. Por mucho que me esforzara en erigirme inquebrantable ante ella, era débil ante ella. Así que terminé trayendo la cesta hasta este mismo salón, y en cuanto me quedé completamente solo, mi furia contenida encontró en aquellas frutas su primera víctima.

Miré en lo que había quedado el salón del consejo con una amargura que me abrasaba el pecho. La mesa de piedra partida en dos, el jugo purpúreo de las frutas aplastadas cubriendo el suelo como la sangre helada de un combate. Sentí una punzada de vergüenza al imaginar los ojos de Thyrius contemplando a su Alfa reducido a esto: un soberano en ruinas.

Pero, sinceramente, en ese momento, no me importaba lo que Thyrius o la manada pudiera pensar de mí. Solo deseaba sentirme como me sentía antes de conocer a Nyra, antes de que ella cruzara mis fronteras con esa sonrisa peligrosa y ese fuego imposible de ignorar. Pero sabía, con una certeza que me desgarraba las entrañas, que aquello resultaría absolutamente imposible. Y esa conclusión me llevó a pensar que, si Nyra terminaba en la pira, no moriría sola. Se llevaría consigo la mitad de mi alma.

—¿Vas a quedarte ahí parado juzgándome en silencio, o vas a decir de una vez lo que viniste a decir? —mi voz salió ronca, cargada de una advertencia que Thyrius, evidentemente, decidió ignorar por completo.

—El Consejo exige su cabeza antes del amanecer —soltó Thyrius—. No van a aceptar un cautiverio sin fin ni promesas de juicio. Quieren ver a la bruja arder en la pira. ¿Qué piensas hacer con ella?

—El Consejo puede aullar todo lo que quiera, pero el Alfa de esta manada soy yo. Así que la decisión sobre su vida o su muerte pasa únicamente por mi mano.




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