El Lado Hermoso De La Bestia

|EPÍLOGO|

Dos necesidades y una bruja

El pantano de las Tierras Olvidadas no había cambiado. Eso era lo más insultante.

Me había marchado de allí creyendo que lo dejaba atrás, y volví para descubrir que la ciénaga había seguido pudriéndose a su ritmo, sin echarme de menos, sin notar siquiera mi ausencia. Los mismos árboles retorcidos, con las ramas dobladas en ángulos que ningún tronco sano habría soportado. El mismo musgo negro goteando su baba espesa sobre el barro. El mismo aire, que no se respiraba sino que se tragaba, como lana empapada que se me pegaba al fondo de la garganta.

Estaba sentada en la copa de un saucesombra, un árbol de madera petrificada y negra como hueso quemado. Sus largas hojas colgaban como hilos de resina viscosa y amarga, que se estiraban despacio antes de caer al agua con un chasquido blando. Me había construido un hueco entre dos ramas gruesas, con las piernas balanceándose sobre el vacío, y allí llevaba… no sabía cuánto tiempo, contemplando el paisaje gris.

Esa era otra cosa encantadora de mi acogedor hogar. En las Tierras Olvidadas no existían ni el sol ni la luna. Solo un cielo de plomo, bajo y sofocante. Abajo, el agua yacía quieta, verdinegra, tan densa que parecía aceite. No reflejaba el cielo ni mi cara, ni nada. De vez en cuando una burbuja enorme subía... hinchándose con desesperante lentitud antes de estallar, liberando un vapor que me quemaba las fosas nasales hasta hacerme lagrimear. Por supuesto que lagrimeaba por eso. Por el vapor. Por nada más.

Todos esos alrededores coloridos estaban plagados de criaturas aún más deliciosas. Entre el limo se arrastraban unas bestezuelas sin ojos, pálidas como gusanos de tumba, que avanzaban a tientas olfateando el barro. Una serpiente de doble mandíbula se deslizó por una raíz, con las escamas tan translúcidas que se le veían, latiendo, las entrañas violáceas. Y los insectos, del tamaño de un puño, zumbaban entre la niebla. Otras, más perturbadoras todavía, imitaban voces: retazos robados a los desterrados que habían ido a morir allí a lo largo de los ciclos. Un fragmento de risa de mujer, un sollozo cortado a la mitad o una frase suelta: no me dejes aquí.

Me sentía a gusto entre ellas; entonces, ¿por qué no era suficiente?

Me miré las manos. Tenía las uñas rotas y melladas, el borde ennegrecido por un lodo que ya no intentaba limpiar. En las muñecas se me habían quedado dos anillos de piel rosada y brillante, tersa como cera derretida, el recuerdo exacto del hierro de la celda. La tela del vestido colgaba hecha jirones y, bajo la manga rota, enrollado con fuerza en mi muñeca izquierda, estaba el retazo de lino.

Había jurado que lo tiraría. Lo había intentado tres veces: me había plantado en la rama con el brazo en alto, lista para dejarlo caer sobre la ciénaga y que el pantano lo tragara. Y las tres veces mis dedos se habían cerrado por su cuenta, y yo había terminado volviendo a enrollarlo en la muñeca con un cuidado que habría avergonzado a mi linaje.

Lo acerqué a mi cara en un gesto casi furtivo. Pegué la nariz contra la tela y respiré hondo, buscando lo que ya no podía estar fresco: ni la salvia ni el olor del bosque, pues el pantano había empezado a apagarlos. Rastreé lo que quedaba debajo. El almizcle. El calor. Esa nota de cuero y piel de lobo que se había grabado en mi memoria con más fuerza que cualquier runa.

Estaba allí. Tenue. Cada vez más tenue.

Que su olor fuera desapareciendo desató en mí un pánico sordo, absurdo, desproporcionado. Hundí la cara en el lino. Lo froté contra la piel, contra el cuello, contra la boca, frenética, hasta que la fibra áspera me raspó y sentí el escozor, y aun así seguí frotando, como si pudiera impregnarme de él a base de dolor.

Me detuve de golpe.

Me separé despacio. Respiré. Volví a enrollarme el lino en la muñeca con dedos que casi no me respondían.

—Qué vergüenza… ¿En qué me has convertido, Alfa Supremo?

Las emociones blandas eran un defecto de las sangres débiles. De los humanos y de los mestizos. Una bruja oscura no amaba. No extrañaba. No esperaba nada de nadie. Tomaba lo que necesitaba, extraía lo que le servía y se marchaba sin dejar ni una huella en el barro. Yo lo había hecho incontables veces; había sido buena en ello. Magnífica.

¿Hasta dónde había permitido que ese lobo se adentrara en mi ser, para que mi esencia me resultara extraña?

Y lo absurdo era que el lazo había sido mentira. Yo lo había tejido, hebra por hebra, con mis manos y mis glifos. Una ilusión de bruja. Si aquel hilo había sido falso, ¿por qué la herida se sentía real?

Necesitaba odiarlo. Era lo más sensato, lo que habría hecho cualquier criatura de mi linaje con una pizca de dignidad.

Así que lo intenté, como se intenta encender una hoguera con leña mojada. Repasé cada palabra que me había dicho, en el Consejo y en ese claro sagrado, una por una, hasta querer escribirlas en mi piel con mi daga para no olvidarlas. La bruja. Así me había llamado, sin nombre, sin título, igual que se llama a una plaga. Estás absolutamente vacía por dentro. Me había cambiado por la mestiza con la misma facilidad con la que se cambia de capa cuando llueve.




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