El Duque Que Nunca DebiÓ Amarme

Capítulo 11 — La heredera de la noche

Nunca olvidaré el instante en que la Marquesa de Ashford pronunció aquellas palabras.

Eres tú.

Dos palabras.

Solo dos.

Y, sin embargo, fueron suficientes para hacer tambalear todo aquello que creía saber sobre mi vida.

Mi nombre.

Mi familia.

Mi padre.

Mi madre.

Incluso el hombre al que amaba.

Porque si yo era realmente la heredera de algo que durante dieciocho años había permanecido oculto, entonces aquel matrimonio que todos habían presentado como una simple alianza entre dos familias aristocráticas podía haber sido mucho más que eso.

Podía haber sido planeado desde el día en que nací.

Miré a Alexander.

Él seguía delante de mí, protegiéndome con su cuerpo.

La mano derecha sostenía el arma.

La izquierda estaba ligeramente extendida hacia atrás, como si incluso sin mirarme necesitara asegurarse de que yo continuaba allí.

Su perfil parecía tallado en mármol.

Pero sus ojos…

Sus ojos habían cambiado.

Ya no eran los ojos del duque que había conocido en aquel primer baile.

Eran los ojos de un hombre que acababa de descubrir que toda su existencia podía haber sido construida sobre una mentira.

—Explíquese —ordenó.

La Marquesa no respondió inmediatamente.

Su abanico negro estaba cerrado.

Por primera vez desde que la conocía, no parecía una mujer que disfrutara del poder de guardar un secreto.

Parecía una mujer cansada de cargar con él.

—No aquí —dijo.

Alexander levantó ligeramente el arma.

—Aquí.

—Si hablo aquí, moriremos antes de terminar la conversación.

—¿Es una amenaza?

—No.

La marquesa miró hacia el corredor.

—Es una advertencia.

Mi madre permanecía inmóvil.

Yo la miré.

—¿Es verdad?

No respondió.

—Madre.

Sus ojos se encontraron con los míos.

Y comprendí que ya no podía protegerme con otra mentira.

—Sí.

Una sola palabra.

Sentí un vacío en el estómago.

—¿Soy la heredera?

Mi madre comenzó a llorar.

—Sí.

El silencio que siguió fue insoportable.

Alexander giró lentamente la cabeza hacia mí.

—¿Heredera de qué?

Mi madre bajó la mirada.

La marquesa respondió por ella.

—De Ravenshire.

Alexander dio un paso hacia ella.

—Eso es imposible.

—No.

—Mi hermano Edward es el heredero.

—Lo era.

—¿Qué significa eso?

La marquesa abrió lentamente el abanico.

El pequeño movimiento de sus manos parecía extrañamente tranquilo frente a la tensión que nos rodeaba.

—Significa que el documento que todos creen que determina la sucesión no es el documento original.

Alexander se quedó inmóvil.

—¿Qué documento?

—El que fue presentado después del incendio.

—¿Por quién?

La marquesa lo miró.

—Por vuestro padre.

El rostro de Alexander se endureció.

—Mi padre murió convencido de que Edward había muerto.

—Eso fue lo que quiso que todos creyeran.

—¿Estás diciendo que mi padre sabía que Edward estaba vivo?

—No.

La marquesa hizo una pausa.

—Estoy diciendo que tu padre sabía que Edward podía estar vivo.

Mi corazón latía con tanta fuerza que apenas podía escuchar.

—¿Y yo?

La marquesa me miró.

—Tú eras la pieza que faltaba.

—Quiero que todos se sienten.

La voz de mi madre fue apenas un susurro.

Nos encontrábamos en la galería de retratos.

La noche había cubierto Hawthorne Manor por completo.

A través de los enormes ventanales podía ver los jardines oscuros y los árboles agitándose bajo el viento.

Pero dentro de aquella casa parecía haberse detenido el tiempo.

Alexander guardó el arma.

La marquesa permaneció de pie.

Yo no podía apartar los ojos del retrato que teníamos delante.

El retrato de una mujer que había vivido casi un siglo antes.

Una antepasada de mi familia.

Debajo de la pintura estaba la inscripción que acabábamos de descubrir.

La heredera nació aquella noche.

—¿Quién escribió esto? —pregunté.

Mi madre respiró profundamente.

—Tu abuelo.

Me giré.

—¿Mi abuelo?

—El padre de tu padre.

—¿Y por qué?

Mi madre se acercó al retrato.

—Porque conocía el antiguo pacto entre los Ravenshire, los Ashford y los Hawthorne.

Alexander la observó.

—¿Qué pacto?

Mi madre pasó los dedos sobre el marco.

—Un acuerdo de sucesión.

—Eso ya lo sabemos.

—No conocen toda la historia.

—Entonces cuéntela.

Mi madre cerró los ojos.

—Hace muchos años, cuando la familia Ravenshire todavía no poseía el poder que tiene hoy, hubo una disputa por la sucesión.

—¿Entre quiénes?

—Entre dos ramas de la familia.

Alexander frunció el ceño.

—La rama de mi padre y la de su hermano.

Mi madre asintió.

—Exactamente.

—¿Y Edward?

—Edward nació dieciocho años antes de esta noche.

Mi respiración se detuvo.

—El mismo año del incendio.

—Sí.

Mi madre me miró.

—Y tú naciste poco después.

Alexander se quedó pensativo.

—¿Cuánto tiempo después?

Mi madre no contestó.

La marquesa sí.

—Tres meses.

Alexander la miró.

—¿Tres meses?

—Tres meses después del incendio.

Sentí un escalofrío.

Tres meses.

Toda mi vida había pensado que mi nacimiento y aquel incendio pertenecían a dos acontecimientos completamente distintos.

Pero no.

Estaban unidos.

De alguna manera.

—¿Qué relación tenía mi nacimiento con Edward? —pregunté.

Mi madre se acercó.

—Tu nacimiento modificó el pacto.

—¿Por qué?

—Porque…

Se detuvo.

—Porque tu padre no era el único hombre que podía reclamar derechos sobre Ravenshire.

Alexander levantó la mirada.




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