—Por fin has vuelto a casa, Aurelia.
La voz descendió desde el piso superior como una sentencia.
No sé qué fue lo primero que sentí.
Miedo.
Confusión.
O aquella extraña sensación de reconocimiento que me atravesó el cuerpo antes incluso de que pudiera ver el rostro del hombre que acababa de pronunciar mi antiguo nombre.
Aurelia.
Ya no me sorprendía escucharlo.
Eso era quizá lo más terrible.
Había llegado a acostumbrarme a que mi nombre fuera una pregunta.
Arabella.
Aurelia.
Una mujer.
Una heredera.
Una hija.
Una niña desaparecida.
Un secreto.
Pero aquella voz había pronunciado “Aurelia” de una manera diferente.
No como una suposición.
No como una amenaza.
Como si estuviera llamando a alguien que había conocido.
Como si hubiera estado esperándome durante veinticinco años.
Alexander se colocó inmediatamente delante de mí.
Su cuerpo bloqueó parcialmente mi visión.
—Muéstrate —ordenó.
El hombre no respondió.
Escuché otro paso.
La madera de la escalera crujió.
Edward levantó el arma.
—¿Quién eres?
Silencio.
Entonces apareció.
Primero vi sus zapatos negros.
Después el borde de un largo abrigo oscuro.
Una mano apoyada sobre la baranda.
Finalmente, su rostro.
Era un hombre de unos cincuenta años.
Cabello oscuro, ligeramente canoso en las sienes.
Rostro delgado.
Ojos grises.
Demasiado grises.
Aquella mirada me produjo una sensación inexplicable.
No era la mirada de un desconocido.
Era la mirada de alguien que había visto mi rostro antes.
El hombre descendió lentamente.
No llevaba armas visibles.
Eso lo hacía todavía más peligroso.
Cuando llegó al último escalón, se detuvo.
Miró primero a Edward.
Después a Alexander.
Y finalmente a mí.
—Han tardado demasiado.
Alexander no bajó el arma.
—¿Quién eres?
El hombre sonrió.
—Esa es precisamente la pregunta que ustedes llevan veinticinco años intentando responder.
Edward dio un paso adelante.
—Te hice una pregunta.
—Y yo te respondí.
—No has dicho tu nombre.
—Porque mi nombre no significa nada.
—Entonces dime cómo conoces a Aurelia.
El hombre volvió a mirarme.
—Porque yo estaba allí cuando nació.
Sentí que el mundo se inclinaba.
—Mientes.
La palabra salió de mi boca antes de que pudiera detenerla.
El hombre no se ofendió.
Al contrario.
Pareció sentir tristeza.
—Eso mismo decía tu madre.
Mi respiración se detuvo.
—¿Mi madre?
—Sí.
—¿Cuál?
La pregunta salió casi en un susurro.
El hombre me sostuvo la mirada.
—La que realmente te dio la vida.
Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.
—¿Quién es?
El hombre guardó silencio.
Alexander dio un paso hacia él.
—Si sabes quién es, dilo.
—No.
—¿Por qué?
—Porque ella me pidió que no lo hiciera.
—¿Hace veinticinco años?
—Sí.
—¿Y has esperado todo este tiempo?
—Sí.
—¿Esperado qué?
El hombre volvió a mirarme.
—Que llegaras hasta aquí por tu propia voluntad.
No entendía.
Nada tenía sentido.
—¿Por qué?
—Porque si alguien te traía hasta aquí, significaba que el Consejo todavía tenía poder sobre ti.
Edward frunció el ceño.
—¿Quién eres?
El hombre suspiró.
—Me llamaron de muchas maneras.
—Tu nombre.
—Gabriel.
La palabra golpeó la habitación.
Edward bajó lentamente el arma.
Alexander quedó inmóvil.
Yo sentí que mi corazón dejaba de latir.
—No —susurré.
El hombre me miró.
—Sí.
Di un paso atrás.
—Gabriel está…
No pude terminar.
Gabriel.
Mi hermano.
El niño que había nacido unas horas después que yo.
El niño del que me habían separado.
El hombre que tantas veces había aparecido bajo rostros distintos.
El verdadero Gabriel.
El falso Gabriel.
El guardián.
El sustituto.
La identidad robada.
Habíamos pasado demasiado tiempo intentando descubrir quién era realmente.
Y ahora aquel desconocido afirmaba llevar su nombre.
Edward levantó nuevamente el arma.
—No te creo.
El hombre sonrió tristemente.
—No tienes que hacerlo.
—Entonces pruébalo.
Gabriel miró hacia mí.
—Ella tiene la respuesta.
Me quedé paralizada.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Qué respuesta?
Gabriel se acercó lentamente.
Alexander se interpuso.
—No des un paso más.
Gabriel se detuvo.
—Siempre haces eso.
Alexander frunció el ceño.
—¿Qué?
—Te colocas delante de ella.
Aquellas palabras hicieron que Alexander se quedara inmóvil.
Gabriel continuó:
—Lo hacías cuando eras niño.
El rostro de Alexander cambió.
—¿Me conoces?
—Te conocí antes de que te convirtieras en duque.
Alexander palideció.
—¿Dónde?
Gabriel lo miró.
—En el ala oeste.
El silencio fue absoluto.
La memoria.
El incendio.
La puerta.
Aurelia.
El niño que había intentado protegerla.
Todo volvió a nuestra mente.
Alexander cerró los ojos.
Yo vi el cambio en su rostro.
Como si una puerta dentro de él acabara de abrirse.
—Tú estabas allí —susurró.
Gabriel asintió.
—Sí.
—¿Durante el incendio?
—Sí.
—¿Quién provocó el fuego?
Gabriel bajó la mirada.
—No fue una sola persona.
Alexander abrió los ojos.
—¿Qué significa eso?
—Que el incendio fue preparado por varias personas.
Sentí frío.
—¿El Consejo?
Gabriel me miró.
—Algunos miembros.
—¿Quiénes?
—Los que querían controlar la sucesión.