—Uno de los dos deberá traicionar al otro.
Volví a leer aquellas palabras.
Una vez.
Dos.
Tres.
Pero la tinta seguía allí.
Inmóvil.
Cruel.
Definitiva.
UNO DE LOS DOS DEBERÁ TRAICIONAR AL OTRO.
No sabía qué me aterraba más.
Si la amenaza…
o la posibilidad de que fuera cierta.
Alexander permanecía frente a mí.
Su padre estaba detrás.
Y desde algún lugar del ala oeste seguía escuchándose la voz de Gabriel.
—¡Arabella!
Mi hermano.
Mi hermano me llamaba.
Pero había una segunda voz dentro de mi cabeza.
La voz que me repetía las palabras que acababa de escuchar:
No confíes en Alexander.
Miré al hombre que amaba.
Sus ojos grises estaban clavados en los míos.
No había rabia en ellos.
Había dolor.
—¿Tú crees que soy capaz de traicionarte? —pregunté.
Alexander negó lentamente.
—No.
—Entonces ¿por qué esa inscripción?
—Porque alguien quiere que dudes.
—¿Y si tiene razón?
Alexander dio un paso hacia mí.
—Entonces no me mires como si yo fuera tu enemigo.
—No sé quién es mi enemigo.
—Yo tampoco.
—Eso es lo que más miedo me da.
Alexander extendió la mano.
No la tomé inmediatamente.
Él esperó.
Finalmente acerqué mis dedos.
Cuando nuestras manos se encontraron, sentí el mismo calor que tantas veces me había tranquilizado.
Pero aquella vez había algo diferente.
Una sombra.
Una duda.
Una herida invisible que alguien había conseguido abrir entre nosotros.
—No voy a pedirte que confíes ciegamente en mí —dijo.
—¿Qué me pides?
—Que recuerdes quién era yo antes de que todos comenzaran a decirte quién debía ser.
Lo miré.
—Yo recuerdo.
—Entonces eso es suficiente.
—No tenemos tiempo —intervino el padre de Alexander.
Me volví hacia él.
Seguía siendo difícil mirarlo.
El hombre que durante dieciocho años había sido considerado muerto.
El padre de Alexander.
El antiguo Duque de Ravenshire.
El hombre que había desaparecido en la noche del incendio.
—Quiero saber su nombre —dije.
Él sostuvo mi mirada.
—William Ravenshire.
El nombre me resultaba familiar.
Demasiado familiar.
Había aparecido en documentos antiguos.
En registros.
En cartas.
En historias familiares.
Pero jamás había imaginado encontrarlo vivo.
—¿Dónde estuvo durante todos estos años?
William miró hacia el corredor.
—Es una historia demasiado larga.
—Tengo tiempo.
—No.
Su voz fue firme.
—No tenemos tiempo.
Alexander se acercó.
—¿Quién tiene a Gabriel?
William respiró profundamente.
—No estoy seguro.
—Dijiste que era mi tío.
—Sí.
—¿Cuál?
William cerró los ojos.
—Richard.
Alexander quedó inmóvil.
—Richard murió antes de que yo naciera.
—Eso fue lo que hicieron creer.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
—¿Cómo puedes saber que está vivo?
William miró a su hijo.
—Porque fue él quien me encerró.
Sentí un escalofrío.
—¿Dónde?
William señaló el suelo.
—Debajo de Ravenshire.
—¿En la cripta?
—No.
—¿Entonces dónde?
—En un lugar que nadie conoce.
—¿La sala del Consejo?
—No.
William negó.
—Mucho más profundo.
Un silencio pesado se apoderó del lugar.
—¿Y Gabriel está allí?
—Probablemente.
—Entonces vamos.
William negó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no sabemos qué quiere.
—Quiere a Gabriel.
—Eso es una parte.
—¿Qué otra?
William me miró.
—Te quiere a ti.
Mi corazón se detuvo.
—¿Para qué?
—Para obligarte a firmar.
—¿Qué?
—El documento de sucesión.
Alexander frunció el ceño.
—¿Qué documento?
William miró a su hijo.
—El original.
—¿Dónde está?
—Aquí.
Sacó un pequeño estuche de cuero.
Lo abrió.
Dentro había un documento enrollado.
—Este es el verdadero acuerdo.
Lo tomé.
El papel era antiguo.
El sello de Ravenshire estaba intacto.
Lo abrí.
Comencé a leer.
Mi nombre.
El de Gabriel.
Los nombres de Edward y Adrian.
El de Alexander.
Todos.
Pero había algo más.
Una cláusula.
“La heredera podrá determinar el sucesor solamente si todos los descendientes directos permanecen con vida.”
Sentí un escalofrío.
—Entonces…
William asintió.
—Mientras Gabriel esté desaparecido, tú no puedes ejercer el derecho de elección.
—Por eso lo secuestraron.
—Sí.
—Y si muere…
William me miró.
—El Consejo podrá declarar que el derecho ha quedado invalidado.
Alexander apretó los puños.
—Entonces quieren matar a Gabriel.
—Sí.
—¿Y por qué no lo han hecho todavía?
William respondió:
—Porque necesitan algo de él.
—¿Qué?
William me miró.
—Una prueba.
—¿De qué?
—De quién es realmente el heredero.
Regresamos a la habitación secreta.
La Marquesa estaba allí.
Edward y Adrian también.
Mi madre permanecía junto a la puerta.
Cuando vio a William, se quedó completamente inmóvil.
—Dios mío…
William la miró.
—Marianne.
Ella comenzó a llorar.
—Pensé que estabas muerto.
—Todos lo pensaron.
—¿Por qué nunca regresaste?
William bajó la mirada.
—Porque no podía.
—¿Dónde estuviste?
—Prisionero.
—¿Por quién?
William miró a Lord Hawthorne.
—Por hombres que trabajaban para el Consejo.
Lord Hawthorne permaneció callado.
—¿Y por qué no escapaste?
—Lo intenté.
—¿Cuántas veces?
—Tres.