El Duque Que Nunca DebiÓ Amarme

CAPÍTULO 47 EL HOMBRE QUE REGRESÓ DE ENTRE LOS MUERTOS

—Por fin, Aurelia.

No reconocí la voz.

Pero reconocí el rostro.

O, al menos, creí reconocerlo.

Cabello oscuro.

Ojos grises.

La pequeña cicatriz junto a la ceja.

Los mismos rasgos que aparecían en la fotografía que había encontrado dentro del medallón.

El mismo hombre cuyo nombre acabábamos de pronunciar.

Gabriel Ravenshire.

Durante unos segundos, nadie se movió.

Los hombres armados que habían irrumpido en la habitación parecían haber desaparecido de mi percepción.

Solo podía verlo a él.

Y había algo profundamente perturbador en sus ojos.

No parecía un hombre que acabara de reencontrarse con alguien después de dieciocho años.

Parecía un hombre que había estado esperando exactamente aquel momento.

Como si hubiera sabido que yo llegaría.

Como si hubiera sabido que encontraría la placa.

Como si hubiera sabido que pronunciaría aquel nombre.

—Gabriel… —susurró Richard.

El hombre giró lentamente la cabeza hacia él.

Sus ojos se endurecieron.

—Richard.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

No había duda en su voz.

Lo conocía.

—¿Eres tú? —preguntó Richard.

Gabriel sonrió.

—¿Quién más podría ser?

Richard retrocedió.

—Te vi morir.

—No.

—Estabas en el ala oeste.

—No era yo.

Un silencio absoluto.

—¿Qué? —preguntó Richard.

Gabriel miró alrededor.

—El hombre que murió aquella noche llevaba mi nombre.

Sentí un escalofrío.

Otra identidad.

Otra sustitución.

Otra mentira.

Parecía que toda nuestra historia estaba construida sobre cadáveres que no pertenecían a quienes decían pertenecer.

Alexander dio un paso delante de mí.

—Aléjate de ella.

Gabriel lo miró.

Por primera vez apareció algo parecido al odio en sus ojos.

—Siempre fuiste igual.

Alexander frunció el ceño.

—¿Nos conocemos?

Gabriel soltó una risa breve.

—Más de lo que recuerdas.

Sentí que el corazón se me detenía.

La grabación.

No confíes en el hombre que amas.

Porque él fue quien te encontró primero.

Miré a Alexander.

Él no me miró.

Seguía observando a Gabriel.

—¿Qué significa eso? —preguntó Alexander.

Gabriel dio un paso.

—Significa que tu padre no fue el único que decidió qué debías recordar.

Alexander apretó la mandíbula.

—¿Qué hiciste?

—Nada.

—Entonces ¿quién?

Gabriel miró directamente hacia mí.

—Ella.

Me señaló.

—¿Yo?

—Sí.

—¿Qué hice?

—Sobrevivir.

La palabra me golpeó.

Gabriel continuó:

—Eso fue lo que arruinó todos sus planes.

Un hombre armado se acercó.

—Tenemos que llevarla.

Gabriel levantó una mano.

—Nadie la toca.

El hombre se detuvo.

—Tenemos órdenes.

—Tus órdenes ya no importan.

—El Consejo…

Gabriel giró la cabeza.

—El Consejo dejó de existir la noche del incendio.

Lucian dio un paso adelante.

—Eso es mentira.

Gabriel lo miró.

—Tú deberías saberlo mejor que nadie.

Lucian permaneció en silencio.

—¿Qué hiciste aquella noche? —preguntó Gabriel.

Lucian respondió con frialdad:

—Lo necesario.

—Eso no es una respuesta.

—Tampoco lo es tu regreso.

Gabriel sonrió.

—Nunca me fui.

Sentí un escalofrío.

—¿Dónde estuviste?

Gabriel volvió sus ojos hacia mí.

—Cerca.

—¿Cerca de quién?

—De ti.

No pude respirar.

—¿Me vigilaste?

—Te protegí.

—¿Durante veinticinco años?

—Durante veinticinco años.

Me quedé inmóvil.

—¿Por qué?

Gabriel bajó la mirada.

—Porque se lo prometí a tu madre.

—¿A Eleanor?

—A Eleanor.

—¿Dónde está?

Gabriel no respondió.

—¿Está viva?

Silencio.

—Gabriel.

—Sí.

Sentí que el pecho se me oprimía.

—¿Dónde?

—No puedo decírtelo.

—¡Es mi madre!

—Precisamente.

—¡Entonces dime dónde está!

Gabriel negó.

—Todavía no.

—¿Todavía no?

—No mientras sigas rodeada de personas que no sabes si quieren salvarte o utilizarte.

Miré alrededor.

Richard.

Henry.

Lucian.

Alexander.

Clara.

Y comprendí que, después de todo lo ocurrido, ya no sabía en quién confiar.

Gabriel parecía leer mis pensamientos.

—Eso es lo que querían.

—¿Qué?

—Que dejaras de confiar en todos.

Gabriel se acercó lentamente.

Alexander levantó el arma.

—No.

Gabriel se detuvo.

—Baja el arma.

—No.

—Alexander…

—No vuelvas a acercarte a ella.

Gabriel lo miró fijamente.

—Sigues protegiéndola.

—Siempre.

—Incluso de ti mismo.

Alexander se quedó inmóvil.

—¿Qué quieres decir?

Gabriel no respondió.

Yo sí.

—¿Qué ocurrió aquella noche?

Gabriel me miró.

—¿Qué recuerdas?

Me quedé pensando.

—Nada.

—Eso crees.

—No recuerdo el incendio.

—No.

—No recuerdo haber estado en Ravenshire.

—No.

—No recuerdo a Eleanor.

—No.

—No recuerdo a Gabriel.

Él sonrió tristemente.

—Eso es lo que hicieron.

—¿Quiénes?

Gabriel señaló a Alexander.

—Él estaba allí.

Sentí un vacío en el estómago.

Alexander cerró los ojos.

—No recuerdo.

Gabriel se acercó un paso.

—Pero yo sí.

—Entonces habla.

Gabriel lo miró.

—Eras un niño.

—Lo sé.

—Tenías diez años.

—Sí.

—Y estabas llorando.

Alexander no respondió.

—Tu padre te había ordenado que llevaras a la niña.

Mi corazón se detuvo.

—¿A mí?

Gabriel asintió.

—Sí.

Alexander palideció.

—No.

—Sí.

—No recuerdo eso.

—Porque después te hicieron olvidar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.