El Duque Que Nunca DebiÓ Amarme

CAPÍTULO 56 EL HERMANO QUE VIVIÓ EN LAS SOMBRAS

—Soy Adrian Ravenshire.

Durante varios segundos no fui capaz de respirar.

El nombre quedó suspendido entre las paredes de piedra.

Adrian.

Lo había escuchado antes.

En susurros.

En documentos.

En confesiones contradictorias.

En aquellas fotografías antiguas donde aparecían rostros que nadie conseguía identificar.

Adrian Ravenshire.

El hermano perdido.

El hombre que debía haber muerto.

El hombre que había sido separado de los demás.

El hombre que había vivido durante años bajo identidades que no le pertenecían.

Y ahora estaba frente a mí.

El hombre del anillo negro.

El hombre que había aparecido en las sombras.

El hombre que había estado detrás de tantas puertas.

El hombre que, según nuestros propios recuerdos, había participado en el incendio.

Mi primera reacción fue retroceder.

Alexander dio un paso delante de mí.

—No te acerques.

Adrian no obedeció.

Tampoco avanzó.

Simplemente permaneció allí.

Su rostro era extraño.

No porque fuera desconocido.

Sino porque, de alguna manera, parecía contener demasiados rostros conocidos.

Tenía los ojos grises de Alexander.

La estructura de los pómulos de Edward.

La misma oscuridad en la mirada que había visto en Richard.

Pero había algo más.

Algo que no podía explicar.

Una tristeza antigua.

—Tú… —murmuré.

Adrian me observó.

—Sí.

—¿Eras tú?

—¿A qué te refieres?

—El hombre del anillo.

No respondió inmediatamente.

Después asintió.

—Sí.

Sentí un estremecimiento.

Alexander apretó la mandíbula.

—¿Fuiste tú quien estuvo en el incendio?

—Sí.

Edward levantó el arma.

—¿Fuiste tú quien me disparó?

Adrian lo miró.

—No.

—Mientes.

—No fui yo.

Edward avanzó.

—Yo vi el anillo.

—Había más de un hombre con un anillo negro.

Aquella respuesta nos dejó inmóviles.

—¿Más de uno? —pregunté.

Adrian asintió.

—El Consejo utilizaba el anillo como símbolo de autoridad.

Miré el pequeño objeto que había quedado sobre el suelo.

Negro.

Sencillo.

Terrible.

—Entonces cualquiera podía llevarlo.

—Exactamente.

Alexander preguntó:

—¿Y tú por qué lo llevabas?

Adrian bajó la mirada.

—Porque durante dieciocho años fue la única forma de entrar en ciertos lugares.

—¿Trabajabas para el Consejo?

Adrian tardó en responder.

—Trabajé para ellos.

Sentí una punzada de decepción.

—¿Y después?

—Después entendí qué estaban haciendo.

—¿Qué hacían?

Adrian levantó los ojos.

—Lo mismo que siguen haciendo.

Su mirada se clavó en mí.

—Intentaban controlar a la heredera.

No sabía si quería creerle.

Habíamos pasado demasiado tiempo descubriendo que cada verdad tenía otra verdad detrás.

Pero había algo en Adrian que me resultaba inquietantemente familiar.

Quizá eran sus ojos.

Quizá la forma en que pronunciaba mi antiguo nombre.

O quizá era porque, por primera vez, alguien hablaba de mi infancia sin tratarla como una leyenda.

Como si realmente hubiera estado allí.

—¿Me conocías? —pregunté.

Adrian asintió.

—Desde que naciste.

Mi corazón dio un vuelco.

—Entonces dime quién soy.

Adrian cerró los ojos.

—No puedo darte una respuesta que no poseo completamente.

—Todos dicen lo mismo.

—Porque tu historia fue fragmentada.

—¿Por quién?

—Por muchas personas.

—¿Mi madre?

Adrian negó.

—No.

—¿Mi padre?

Adrian permaneció callado.

—¿El Consejo?

—Sí.

—¿Lord Hawthorne?

—También.

Miré al hombre que durante tantos años había considerado mi padre.

Lord Hawthorne permanecía junto a la pared.

Su rostro estaba pálido.

—¿Y tú?

Adrian me miró.

—Yo también.

Aquella respuesta me sorprendió.

—¿Tú también me mentiste?

—Sí.

Sentí que algo se rompía dentro de mí.

—¿Por qué?

Adrian respiró profundamente.

—Porque te estaba protegiendo.

—¡Todos me protegen mintiéndome!

Mi voz resonó en el túnel.

—¿Y qué queda de mí después de todas esas mentiras?

Nadie respondió.

Mis lágrimas comenzaron a caer.

No quería llorar.

No delante de ellos.

Pero estaba agotada.

Cansada de ser una heredera.

Cansada de ser un secreto.

Cansada de ser una pieza en una partida que otros habían comenzado antes de mi nacimiento.

Alexander se acercó.

Esta vez no intentó tocarme.

Simplemente permaneció junto a mí.

Y agradecí aquel gesto.

Porque necesitaba saber que todavía podía decidir cuándo alguien me tocaba.

Cuándo alguien se acercaba.

Cuándo alguien entraba en mi vida.

—¿Qué quieres de mí? —pregunté a Adrian.

Él respondió inmediatamente:

—Que llegues viva al final.

—¿El final de qué?

—De esta historia.

—¿Y cuándo termina?

—Cuando el documento original salga a la luz.

Miré la llave que todavía sostenía.

—Entonces sabes dónde está.

Adrian miró la pequeña llave.

—Sí.

—¿Dónde?

—Debajo de Londres.

—La cripta.

Asintió.

—Pero no es una cripta.

—¿Qué es?

—Un archivo.

—¿Un archivo?

—Un lugar donde fueron escondidos documentos que no podían destruirse.

Edward se acercó.

—¿Qué documentos?

—Actas de nacimiento.

—¿De quién?

—De las familias que formaron el pacto.

Alexander preguntó:

—¿Y el documento de Arabella?

Adrian lo miró.

—Está allí.

Mi corazón comenzó a latir más rápido.

—Entonces vamos.

Adrian negó.

—No todavía.

—¿Por qué?

—Porque la cripta está vigilada.

—¿Por quién?




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