—No la escuches, Arabella.
La voz de Marianne volvió a surgir desde debajo del suelo.
Sentí que todo mi cuerpo se paralizaba.
No era una grabación.
No era un recuerdo.
Era ella.
Mi madre estaba allí.
Debajo de nosotros.
En algún lugar oculto bajo Ravensmere.
La marquesa permanecía frente a mí con su abanico negro abierto.
Alexander tenía el arma levantada.
Richard estaba junto a la puerta.
Gabriel observaba cada rincón del salón.
Y yo solo podía pensar en una cosa.
Marianne.
—¿Dónde estás? —grité.
Silencio.
Después:
—Aquí abajo.
Sentí un escalofrío.
—¡Déjame entrar!
—No.
—¡Mamá!
—No bajes.
La marquesa cerró lentamente el abanico.
—Ahora entiendes por qué vine.
La miré.
—¿Qué quieres decir?
—Ella no quiere que sepas la verdad.
—¿Y tú sí?
—Yo quiero que sobrevivas.
—Eso dicen todos.
La marquesa me sostuvo la mirada.
—Entonces deja de creer en las palabras y mira los hechos.
Señaló el suelo.
—Ella está ahí abajo.
—¿Y eso qué demuestra?
—Que llevaba dieciocho años escondiéndose.
Gabriel intervino:
—No necesariamente de ella.
La marquesa lo miró.
—¿Todavía la proteges?
—Sí.
—Entonces sigues cometiendo el mismo error.
Gabriel dio un paso hacia ella.
—No sabes lo que ocurrió.
—Lo sé mejor que tú.
—Estuviste allí.
—Exactamente.
Me acerqué a la marquesa.
—¿Qué viste?
Ella cerró el abanico.
—Vi a una madre entregar a su hija.
Sentí que el corazón me golpeaba.
—¿A mí?
—Sí.
—¿A quién?
La marquesa miró a Gabriel.
Después a Alexander.
Finalmente a mí.
—A un hombre.
—¿Quién?
—No lo sé.
—Mientes.
—No.
—¡Entonces dime su nombre!
La marquesa bajó la mirada.
—Porque nunca vi su rostro.
—Pero viste el anillo.
Se quedó inmóvil.
—¿Qué anillo?
—Uno negro.
La marquesa palideció.
—¿Quién te habló de ese anillo?
—Mi memoria.
Ella cerró los ojos.
—Entonces ya empezaste a recordar.
El suelo volvió a temblar.
Una pequeña sección de las tablas se desplazó.
Apareció una abertura.
Alexander se acercó inmediatamente.
—Yo bajaré primero.
—No.
La voz de Marianne volvió a escucharse.
—Nadie baja.
—¡Mamá!
—Arabella, escucha.
Me arrodillé junto a la abertura.
—Estoy aquí.
—Lo sé.
—Entonces déjame verte.
Silencio.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque si me ves…
Su voz se quebró.
—¿Qué?
—No podrás perdonarme.
Sentí que las lágrimas llenaban mis ojos.
—No puedes decidir eso por mí.
La marquesa me miró.
—Tiene razón.
Me volví hacia ella.
—¿Sobre qué?
—Tu madre siempre ha decidido por ti.
La frase me dolió.
Porque era cierta.
Demasiadas veces.
—No esta vez —dije.
Y bajé.
La escalera era estrecha.
Muy estrecha.
Las paredes estaban húmedas.
El aire era frío.
Alexander descendió detrás de mí.
Gabriel iba después.
Richard cerraba la marcha.
La marquesa permaneció arriba.
—¿No vienes? —pregunté.
—No.
—¿Por qué?
Ella respondió:
—Porque hay lugares donde ya he estado demasiadas veces.
Continué.
Cada escalón parecía llevarme más profundamente hacia una parte de mi historia que nunca había conocido.
Al final llegamos a una puerta.
Estaba cerrada.
Escuché respiración detrás.
—Mamá.
No hubo respuesta.
Alexander golpeó.
—Marianne.
Nada.
Gabriel observó la cerradura.
—No tiene llave.
Richard tocó la pared.
—Es falsa.
Presionó una piedra.
La puerta se abrió.
Entramos.
La habitación era pequeña.
Había una cama.
Una mesa.
Una lámpara.
Y Marianne.
Estaba sentada.
Tenía el cabello completamente desordenado.
Su vestido estaba manchado.
Parecía haber envejecido diez años desde la última vez que la vi.
—Mamá…
Ella levantó los ojos.
Lloraba.
Me acerqué lentamente.
—¿Estás herida?
—No.
—¿Te hicieron algo?
—No.
—Entonces ¿por qué estás aquí?
Marianne miró a Alexander.
—Porque él llegó.
Alexander frunció el ceño.
—¿Quién?
—El hombre del anillo.
Sentí un escalofrío.
—¿Está aquí?
Marianne negó.
—Estuvo.
—¿Cuándo?
—Esta mañana.
Richard levantó el arma.
—¿Dónde está?
—Se fue.
—¿Por dónde?
Marianne señaló una puerta detrás de ella.
—Por allí.
Gabriel la miró.
—¿Y por qué te dejó viva?
Marianne lo observó.
—Porque quería que ella encontrara la verdad.
Me volví hacia ella.
—¿Qué verdad?
Marianne cerró los ojos.
—Que yo te entregué.
Sentí un nudo en el pecho.
—La marquesa dice lo mismo.
—Es verdad.
El silencio fue absoluto.
—¿Por qué?
Marianne me miró.
—Porque si no lo hacía, te mataban.
—¿Quiénes?
—Todos.
—¿El Consejo?
—No solamente.
—¿Entonces quién?
Marianne bajó la voz.
—Tu propio padre.
Sentí que el corazón se detenía.
—Lucian.
—Sí.
—¿Quería matarme?
—No al principio.
—¿Entonces?
—Quería utilizarte.
—¿Para la sucesión?
—Sí.
—¿Y cuando te negaste?
—Amenazó con entregarte.
—¿A quién?
Marianne comenzó a llorar.
—A los hombres que controlaban el Consejo.
Me acerqué.
—¿Y entonces me entregaste a Hawthorne?
Marianne negó.
—No.
—¿A quién?
—A Gabriel.
Mi corazón dio un vuelco.
Miré hacia él.