El Duque Que Nunca DebiÓ Amarme

CAPÍTULO 34 EL HOMBRE QUE LLEVABA MI NOMBRE

No podía respirar.

Mi mirada estaba fija en el hombre de cabello blanco.

En su rostro.

En sus ojos.

En aquella expresión serena y casi imposible de descifrar.

Pero, sobre todo, en la palabra que acababa de pronunciar.

Walter Vale.

Mi supuesto padre.

Mi verdadero padre.

El hombre cuya existencia acababa de aparecer en un documento que hasta hacía unos minutos ni siquiera sabía que existía.

El hombre cuyo nombre estaba relacionado con la misteriosa letra W.

El hombre que Eleanor había dicho que era mi padre.

Y ahora estaba frente a mí.

Vivo.

Después de veinticinco años de silencio.

Después de dieciocho años de mentiras.

Después de una vida entera creyendo que mi historia comenzaba y terminaba en Hawthorne Manor.

No sabía qué sentir.

Mi cuerpo quería acercarse.

Mi razón quería huir.

Y mi corazón…

Mi corazón buscaba a Alexander.

Lo miré.

Él seguía inmóvil.

La pistola de Marianne apuntaba hacia él.

Pero sus ojos estaban clavados en mí.

No en el arma.

No en Walter.

En mí.

Como si quisiera asegurarse de que seguía allí.

Como si supiera que, después de todo lo que acababa de escuchar, yo podía quebrarme en cualquier momento.

—Arabella —dijo.

Su voz fue apenas un susurro.

Marianne levantó un poco más el arma.

—No te acerques, Alexander.

Él no se movió.

—Marianne, baja el arma.

—No puedo.

—Ya dijiste eso antes.

—Y volveré a decirlo.

—¿Por qué?

Mi madre cerró los ojos.

—Porque si disparo, no será a él.

Sentí un escalofrío.

—¿A quién entonces?

Marianne abrió los ojos.

Y me miró.

—A mí.

El silencio fue absoluto.

—¿Qué?

—Si ellos entran aquí y me encuentran con vida, me matarán.

Alexander frunció el ceño.

—¿Quiénes?

Marianne no respondió.

Walter sí.

—Los que llevan dieciocho años intentando encontrarla.

Señaló a Eleanor.

Mi madre biológica.

Eleanor estaba completamente pálida.

—Walter…

Él la miró.

—No deberías haber venido.

—Tenía que hacerlo.

—No.

—Es mi hija.

Walter sonrió con tristeza.

—Ahora sí quieres llamarla así.

Eleanor bajó la mirada.

Sentí que una oleada de confusión me atravesaba.

—¡Basta!

Todos se quedaron inmóviles.

—Estoy cansada.

Mi voz temblaba.

—Cansada de que hablen de mí como si yo no estuviera aquí.

Miré a Walter.

—Si eres mi padre, mírame y dime la verdad.

El hombre sostuvo mi mirada.

—Lo haré.

—¿Soy tu hija?

Silencio.

Demasiado largo.

—Sí.

Sentí que el corazón me golpeaba con fuerza.

—¿Biológica?

—Sí.

Eleanor cerró los ojos.

—No…

La miré.

—¿Qué quieres decir con “no”?

Walter volvió el rostro hacia ella.

—Eleanor.

Ella negó.

—No puedes hacerlo.

—Ya no podemos seguir ocultándolo.

—Si lo sabe…

—Debe saberlo.

Me acerqué.

—¿Qué debo saber?

Walter dio un paso hacia mí.

Alexander inmediatamente levantó el arma.

—No te acerques.

Walter se detuvo.

—Tienes razón.

Alexander no bajó el arma.

—No confío en ti.

—No deberías.

—Entonces dame una razón.

Walter lo miró.

—Porque yo fui quien te salvó a ti también.

Alexander quedó inmóvil.

—¿Qué?

—La noche del incendio.

Sentí un escalofrío.

—¿Tú estabas allí?

Walter asintió.

—Sí.

—¿Viste a Edmund?

—Sí.

—¿A William?

Walter bajó la mirada.

—Sí.

—¿Y a Eleanor?

—Sí.

—¿Y a mí?

Walter me miró.

—Fui el hombre que te recibió cuando Eleanor te entregó.

Mi corazón se detuvo.

La imagen volvió a mi mente.

El humo.

El fuego.

Los gritos.

Una mujer sosteniéndome.

Un hombre esperando.

Y una frase:

“Corre.”

—Eras tú.

Walter asintió.

—Sí.

Me acerqué un paso.

—Entonces dime qué ocurrió.

Walter respiró profundamente.

—La noche en que naciste, Eleanor sabía que el Consejo vendría por ti.

—¿Por qué?

—Porque tu nacimiento había sido registrado de una manera que podía alterar la sucesión.

—¿Qué tenía de especial mi nacimiento?

—No eras simplemente una heredera.

—¿Entonces qué era?

Walter miró el registro.

—Eras la primera descendiente nacida bajo una cláusula que había permanecido dormida durante generaciones.

—¿Cuál?

—La cláusula de ruptura.

La Marquesa frunció el ceño.

—Eso no puede ser.

Walter la miró.

—Tú sabías que existía.

—Sabía que era una leyenda.

—No era una leyenda.

—¿Qué decía? —pregunté.

Walter respondió:

—Si la primera descendiente legítima de la línea original alcanzaba los veinticinco años sin reconocer al Consejo, podía disolver su autoridad.

Sentí un escalofrío.

—Entonces por eso querían casarme.

—Sí.

—¿Con Alexander?

Walter miró al duque.

—Con quien pudieran controlar.

Alexander endureció la expresión.

—¿Me utilizaron?

—Intentaron hacerlo.

—¿Y tú?

Walter respondió:

—Yo intenté impedirlo.

Marianne seguía apuntando el arma.

—Baja eso —le dije.

Ella me miró.

—No.

—Mamá.

La palabra salió de mis labios.

Marianne se estremeció.

—No me llames así.

—¿Por qué?

—Porque después de lo que vas a descubrir…

—Siempre serás mi madre.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—No digas eso.

—Lo digo porque es verdad.

Marianne bajó lentamente el arma.

Alexander respiró.

Yo me acerqué a ella.

—Me criaste.

Ella asintió.




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