El Duque Que Nunca DebiÓ Amarme

CAPÍTULO 37 LOS DOS HOMBRES DE MI SANGRE

La lluvia cayó sobre nosotros con una violencia que parecía querer borrar cada huella de aquella noche.

Durante unos segundos nadie se movió.

Ni Alexander.

Ni Edmund.

Ni Walter.

Ni siquiera Richard.

Todos permanecimos inmóviles, observándonos bajo el cielo negro, mientras las gotas golpeaban los tejados de Ravenshire y corrían por las piedras antiguas del jardín.

Yo apenas podía respirar.

Porque frente a mí estaban dos hombres que aseguraban conocer la verdad sobre mi nacimiento.

Uno había pasado gran parte de mi vida siendo la figura que yo consideraba mi padre.

El otro acababa de aparecer afirmando ser mi padre biológico.

Y ambos sostenían un documento.

Un documento que, según ellos, podía decidir quién era yo.

Pero había algo más.

Las palabras de Adrian seguían resonando dentro de mi cabeza.

El hombre que viste bajo la capilla no era Edmund.

Y ahora Edmund estaba allí.

Vivo.

Mirándome.

Como si los últimos veinticinco años no hubieran existido.

Como si no hubiera pasado una vida entera creyendo que él estaba muerto.

Como si todo aquello fuera una representación preparada para nosotros.

—No te acerques —dijo Alexander.

Su voz fue firme.

Se colocó delante de mí.

Como siempre.

Como aquella noche del baile.

Como durante el incendio.

Como cuando alguien había intentado dispararme.

Como cuando el mundo entero parecía volverse contra mí.

Pero esta vez yo no quería que me protegiera de la verdad.

Quería verla.

Aunque doliera.

—Alexander —susurré.

Él giró apenas la cabeza.

—Quédate detrás de mí.

—No.

Su expresión cambió.

—Arabella.

—No voy a esconderme otra vez.

Me adelanté.

Alexander intentó detenerme, pero le tomé la mano.

—Si he aprendido algo durante todo esto —dije— es que cada vez que alguien intenta protegerme de una verdad, termina convirtiéndola en una mentira.

Alexander me miró.

Y finalmente cedió.

Me quedé a su lado.

Frente a los dos hombres.

Edmund bajó lentamente el documento.

—Has cambiado.

Lo miré.

—Tú también.

Una tristeza profunda cruzó su rostro.

—Tienes los ojos de tu madre.

Mi corazón se estremeció.

—¿Eleanor?

Edmund no respondió.

Walter sí.

—Sí.

Edmund lo miró con dureza.

—No eres tú quien debe hablar de ella.

Walter apretó los labios.

—Tú perdiste ese derecho hace muchos años.

Richard intervino.

—Basta.

Los dos hombres lo miraron.

Richard estaba empapado.

El agua corría por su rostro.

Pero su expresión era de piedra.

—Aquí no.

—¿Por qué? —pregunté.

Richard me miró.

—Porque este lugar está vigilado.

—¿Por quién?

—Por todos.

—¿El Consejo?

Richard negó.

—Algo peor.

Un silencio incómodo cayó sobre nosotros.

—¿Qué puede ser peor que el Consejo? —preguntó Alexander.

Richard respondió:

—La persona que creó el Consejo.

Sentí un escalofrío.

Eleanor cerró los ojos.

Victoria se llevó una mano al pecho.

—No —susurró.

Richard la miró.

—Sí.

—Ella murió.

—Eso es lo que querían que creyéramos.

Miré a Eleanor.

—¿Quién?

Eleanor parecía aterrada.

—No pronuncies su nombre.

—Quiero saberlo.

—Arabella…

—¡Quiero saberlo!

Mi voz resonó por el jardín.

—¡Estoy cansada de escuchar nombres a medias, de descubrir muertos que están vivos y vivos que aparecen como muertos! ¡Estoy cansada de que todos conozcan una parte de mi vida mientras yo tengo que recoger los pedazos!

Nadie respondió.

Entonces Edmund se acercó.

Alexander volvió a tensarse.

—Un paso más y disparo.

Edmund se detuvo.

Me miró.

—No quiero hacerte daño.

—Eso dicen todos.

Sus ojos se llenaron de dolor.

—Lo sé.

—Dime entonces la verdad.

—La verdad no cabe en una sola frase.

—Empieza.

Edmund bajó la mirada hacia el documento.

—Este documento fue escrito la noche en que naciste.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

—¿Por quién?

—Por Eleanor.

Miré hacia ella.

Mi supuesta madre biológica.

La mujer que había esperado veinticinco años para verme.

La mujer que había sido miembro del Consejo.

La mujer que decía haber intentado protegerme.

—¿Y qué dice?

Edmund miró a Walter.

—Eso depende de cuál de las dos copias leas.

Sentí un vacío en el estómago.

—¿Dos copias?

Walter levantó el documento.

—Una dice que tú eres hija de Walter Vale.

Edmund levantó la mano.

—La otra dice que eres hija de Edmund Ravenshire.

Mi respiración se cortó.

Alexander me miró.

Yo no podía apartar los ojos de aquellos papeles.

—Entonces una de las dos es falsa.

—No necesariamente —dijo Walter.

—¿Cómo puede ser que ambas sean verdaderas?

Nadie respondió.

Finalmente Eleanor habló.

—Porque tu nacimiento fue registrado dos veces.

—¿Por qué?

Eleanor bajó la cabeza.

—Porque había que protegerte.

—¿De quién?

Ella me miró.

—De tu propio padre.

Sentí que un escalofrío recorría mi espalda.

—¿Cuál de los dos?

Eleanor no respondió.

Walter y Edmund se miraron.

Y por primera vez comprendí algo terrible.

No estaban luchando por demostrar quién era mi padre.

Parecía que ambos temían que la respuesta fuera conocida.

—Quiero ver los documentos —dije.

Walter avanzó.

Alexander puso una mano sobre su arma.

—Despacio.

Walter levantó ambas manos.

—No quiero una pelea.

—Entonces entréganoslos.

Edmund negó.

—No aquí.

—¿Por qué?

—Porque hay una parte que no puede leerse bajo la lluvia.




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