El Duque Que Nunca DebiÓ Amarme

CAPÍTULO 59 EL HOMBRE QUE ESCRIBIÓ MI DESTINO

Richard cayó de rodillas.

Alexander lo sostuvo antes de que su cuerpo golpeara el suelo.

—¡Richard!

La sangre había empapado su camisa.

Clara corrió hacia nosotros.

—¡Está herido!

Henry cerró la puerta.

Edward permaneció junto a ella con el arma preparada.

Yo seguía mirando el retrato.

No podía apartar los ojos.

Era imposible.

En aquella imagen estaba todo.

Eleanor.

Walter.

Yo.

Gabriel.

Y detrás de nosotros…

Él.

El hombre cuya identidad había permanecido oculta durante veinticinco años.

El hombre que, según Richard, había creado el Consejo.

Mi verdadero padre.

Sentí que me faltaba el aire.

—¿Quién es? —pregunté.

Richard intentó hablar.

—No…

Tosió.

Alexander lo sostuvo.

—No hables todavía.

Richard negó.

—Tiene que saberlo.

—Primero necesitas un médico.

—No.

Richard volvió los ojos hacia mí.

—Ya no hay tiempo.

Me acerqué.

—Richard.

Él me miró.

—¿Quién es el hombre del retrato?

Sus ojos se cerraron.

Durante unos segundos pensé que no respondería.

Finalmente dijo:

—Su nombre era Elias Ravenshire.

El mundo quedó inmóvil.

Elias.

La letra E.

El nombre que había aparecido una y otra vez.

La inicial que había perseguido mi existencia.

No era Edmund.

No era Edward.

No era Eleanor.

Era Elias.

Un hombre que jamás había sido mencionado.

Un hombre que, según Richard, había creado el Consejo.

—¿Elias? —repetí.

Richard asintió.

—Sí.

—¿Era mi padre?

Richard miró a Walter.

Walter permaneció en silencio.

Richard volvió hacia mí.

—No.

Sentí que el corazón se me detenía.

—¿Entonces?

—Era el padre de tu padre.

No entendí.

—¿Mi abuelo?

Richard asintió.

—Sí.

Miré el retrato.

Elias estaba detrás de nosotros.

No parecía un monstruo.

Parecía un hombre elegante.

Poderoso.

Sereno.

Un hombre que jamás habría imaginado capaz de crear una organización destinada a manipular vidas.

—Entonces ¿quién era mi padre?

Richard señaló a Walter.

—Él.

Miré a Walter.

—¿Tú?

Walter asintió.

—Sí.

La respuesta fue definitiva.

Sin ambigüedad.

Sin otro documento.

Sin otra inicial.

—Entonces ¿por qué el Consejo ocultó tu nombre?

Walter respondió:

—Porque yo era el hijo de Elias.

Sentí un escalofrío.

—¿Y por qué eso importaba?

—Porque conocía la verdad sobre él.

—¿Qué verdad?

Walter bajó la mirada.

—Que el Consejo no había sido creado para gobernar.

—¿Entonces?

—Había sido creado para proteger.

—Ya lo sé.

—No.

Walter me miró.

—No sabes lo que ocurrió después.

Nos reunimos alrededor de Richard.

Clara consiguió vendar su herida.

No parecía mortal, pero la pérdida de sangre había debilitado demasiado al hombre.

Richard insistió en permanecer consciente.

—Necesito contarle todo —dijo.

Alexander permaneció a su lado.

—Entonces habla.

Richard respiró con dificultad.

—Elias creó el Consejo cuando era joven.

—¿Por qué?

—Porque las familias aristocráticas estaban enfrentadas.

—¿Por herencias?

—Por tierras, títulos, matrimonios y sucesiones.

—¿Y él intentó detenerlo?

—Sí.

—Entonces ¿por qué terminó convirtiéndose en aquello que quería evitar?

Richard sonrió tristemente.

—Porque el poder corrompe incluso las buenas intenciones.

Aquella frase quedó flotando.

—Elias creó siete familias guardianas —continuó—. Cada una tendría una función.

—¿Cuáles?

—Proteger los documentos.

—Controlar las sucesiones.

—Preservar los pactos matrimoniales.

—Evitar guerras entre familias.

—Y proteger a los niños que nacieran de uniones capaces de alterar el equilibrio.

Miré a Eleanor.

—Por eso yo.

—Sí.

Richard continuó:

—Durante generaciones funcionó.

—¿Qué ocurrió?

—Los guardianes comenzaron a creer que tenían derecho a decidir.

—¿Decidir qué?

—Quién podía heredar.

—Quién debía casarse.

—Quién debía desaparecer.

Sentí un escalofrío.

—Y ahí comenzó todo.

Richard asintió.

—El Consejo dejó de proteger a las familias.

—Y empezó a controlarlas.

—Sí.

—¿Elias lo permitió?

Richard negó.

—Elias intentó detenerlo.

—¿Y qué ocurrió?

Richard miró a William.

—Su propio hijo se rebeló contra él.

Todos miramos a Walter.

Walter bajó la cabeza.

—Yo.

—¿Tú?

—Sí.

—¿Por qué?

Walter respondió con una voz quebrada:

—Porque creí que mi padre estaba equivocado.

—¿Y qué hiciste?

—Intenté destruir el Consejo desde dentro.

—¿Lo conseguiste?

—No.

—¿Por qué?

—Porque algunos miembros me descubrieron.

—¿Y entonces?

Walter miró a Eleanor.

—Conocí a tu madre.

Mi corazón se estremeció.

—¿Y eso cambió todo?

—Sí.

Eleanor.

La mujer que me había dado la vida.

La mujer que me había perdido.

La mujer que había vivido escondida.

La mujer que había manipulado mis recuerdos para salvarme.

Todo parecía regresar a ella.

—¿Por qué no te quedaste con ella? —pregunté.

Walter bajó la mirada.

—Porque si permanecía a su lado, el Consejo descubriría dónde estábamos.

—¿Y entonces?

—Nos separamos.

—Pero nací.

—Sí.

—Y después me quitaron de ella.

Walter cerró los ojos.

—Yo lo permití.

Sentí que la rabia volvía.

—¿Lo permitiste?

—Porque pensé que era la única manera.

—¡Todos dicen eso!

Walter no se defendió.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.