La llama de las velas tembló.
Y durante unos segundos nadie se movió.
Yo tampoco.
No podía.
Había algo profundamente aterrador en reconocer un rostro conocido en el lugar donde menos esperaba encontrarlo.
La persona que estaba frente a nosotros sostenía entre sus manos el segundo ejemplar del documento de sucesión.
Su presencia allí no podía ser casual.
Conocía la existencia de la cámara.
Conocía la llave.
Conocía nuestra búsqueda.
Y, sobre todo, había llegado hasta allí antes que nosotros.
Sentí que los dedos de Alexander se cerraban alrededor de mi mano.
—No te muevas —murmuró.
Su voz era apenas audible.
No necesitaba obedecerlo.
Mis piernas parecían incapaces de hacerlo.
La figura avanzó un paso.
La luz de las velas iluminó finalmente su rostro.
Y entonces comprendí.
No era Bennett.
No era Clara.
No era mi madre.
No era la Marquesa de Ashford.
Era Lord Hawthorne.
Mi padre.
El hombre que llevaba dieciocho años siendo un muerto.
El hombre cuya ausencia había definido toda mi vida.
El hombre cuyo retrato había contemplado innumerables veces.
Mi padre estaba vivo.
Y estaba delante de mí.
—No… —susurré.
Él sonrió.
No era una sonrisa paternal.
No había ternura.
No había emoción.
Era la sonrisa de un hombre que finalmente había conseguido colocar todas las piezas sobre el tablero.
—Hola, Arabella.
Sentí que el mundo se desvanecía.
—Padre…
Alexander levantó el arma.
—No te acerques a ella.
Mi padre lo miró.
—Siempre tan protector.
—Baja el documento.
—¿Por qué?
—Porque no sabes lo que estás haciendo.
Mi padre soltó una pequeña carcajada.
—Precisamente lo sé mejor que cualquiera de ustedes.
Edmund avanzó.
—Hawthorne.
Mi padre giró la cabeza.
—Edmund Ravenshire.
La tensión se volvió insoportable.
—Te vi morir —dijo mi padre.
Edmund negó.
—Y yo te vi desaparecer.
—No desaparecí.
Mi padre levantó el documento.
—Me oculté.
Mi respiración se volvió entrecortada.
—¿Por qué?
Él me miró.
—Por ti.
Aquella respuesta me dolió más de lo que esperaba.
—No.
Mi voz tembló.
—No vuelvas a decir que hiciste esto por mí.
Su sonrisa desapareció.
—No entiendes.
—¡No! —grité—. ¡No entiendo nada!
Mi voz rebotó contra las paredes de piedra.
—Toda mi vida pensé que estabas muerto.
—Era necesario.
—Mi madre lloró por ti.
—Era necesario.
—Yo crecí pensando que me habías abandonado.
—Era necesario.
—¡Edward casi murió esta noche!
Por primera vez, su expresión cambió.
—Eso no estaba previsto.
Alexander dio un paso adelante.
—Entonces reconoces que todo esto estaba planeado.
Mi padre lo miró.
—Mucho antes de que tú nacieras.
Sentí que algo dentro de mí se quebraba.
—¿Tú provocaste el incendio?
Mi padre permaneció en silencio.
La Marquesa de Ashford se adelantó.
—Respóndele.
Mi padre la miró con desprecio.
—Tú no tienes derecho a exigirme nada.
—Tengo más derecho que tú.
—Tú fuiste quien sacó a Edward de las llamas.
La marquesa sostuvo su mirada.
—Sí.
—Y condenaste a todos los demás.
—No.
Su voz se volvió firme.
—Tú condenaste a todos.
Mi padre sonrió.
—Siempre tan dramática.
Alexander levantó el arma.
—¡Basta!
Todos callamos.
—Quiero saber qué ocurrió aquella noche.
Mi padre lo miró.
—Tu padre descubrió el pacto.
—¿Qué pacto?
—El verdadero.
Señaló el libro que estaba sobre la mesa.
—El que está escrito ahí.
Alexander miró el documento.
—La sucesión.
—No.
Mi padre negó.
—Eso es solo una parte.
—Entonces habla.
Mi padre se acercó a la mesa.
Dejó el documento.
—La familia Ravenshire tenía una antigua cláusula.
Pasó los dedos por el cuero del libro.
—Si el heredero masculino moría sin descendencia, la sangre más cercana podía reclamar la propiedad.
Alexander frunció el ceño.
—Eso no explica a Arabella.
Mi padre me miró.
—Porque Arabella no nació como una Hawthorne.
Mi corazón volvió a detenerse.
—Ya lo sé.
—No sabes nada.
Mi padre abrió el libro.
—Tu madre era una Hawthorne por nacimiento.
Miró a Marianne.
—Pero tú, Arabella, naciste con sangre Ravenshire.
—Mi padre era Edmund.
—Sí.
Edmund dio un paso.
—Y ella es mi hija.
Mi padre sonrió.
—Eso también es cierto.
Alexander observó a Edmund.
—Entonces ¿por qué intentaste ocultarlo?
Mi padre respondió:
—Porque si la existencia de Arabella se hacía pública, Edward perdía parte de sus derechos.
Edward, que había logrado llegar hasta la cámara apoyándose en la pared, habló con dificultad.
—No.
Todos nos volvimos.
—Yo no perdía mis derechos.
Mi padre lo miró.
—No.
Edward apretó los dientes.
—Porque el documento establecía que tú y yo compartiríamos la sucesión.
Mi padre permaneció en silencio.
Edward continuó:
—A menos que uno de los dos fuera declarado muerto.
Mi padre no respondió.
Pero yo comprendí.
—Por eso…
Miré el documento.
—Por eso tenía que morir Edward.
Nadie dijo nada.
Mi padre finalmente habló.
—No exactamente.
—¿Entonces qué?
—Tenía que desaparecer.
Edward soltó una risa amarga.
—¿Es esa tu manera de justificar dieciocho años de oscuridad?
—Te salvé.
—¡Me perseguiste!
La voz de Edward retumbó.
—Me escondí durante años porque hombres enviados por ti me buscaban.