La carta seguía entre mis dedos cuando salimos de la torre norte.
No podía dejar de leer aquella última frase.
Arabella debe venir con Alexander.
No decía Edward.
No decía Adrian.
No decía la Marquesa.
No decía Lord Hawthorne.
Solo nosotros dos.
Yo y Alexander.
Por primera vez desde que había comenzado aquella pesadilla, comprendí que quizá el Consejo no quería a toda la familia reunida.
Nos quería separados.
Quería aislarme.
Y, por alguna razón que todavía no alcanzaba a comprender, quería que Alexander estuviera conmigo.
Caminábamos por el corredor en silencio.
Las ventanas dejaban entrar una luz gris.
El amanecer había llegado.
Pero Ravenshire seguía pareciendo atrapado en la noche.
Alexander caminaba a mi lado.
Su hombro continuaba herido.
—Deberías descansar —le dije.
—Después.
—Siempre dices eso.
—Porque siempre hay algo más urgente.
—Esta vez tu herida es urgente.
Sonrió.
—Te preocupas demasiado.
—Y tú demasiado poco.
Su sonrisa desapareció.
—No es verdad.
Lo miré.
—¿No?
—Me preocupo.
—¿Por quién?
Sus ojos se encontraron con los míos.
—Por ti.
Mi corazón dio un vuelco.
Aparté la mirada.
No era momento para dejarme arrastrar por lo que sentía.
No cuando cada secreto podía significar una muerte.
—Alexander…
—Sé lo que estás pensando.
—No creo que lo sepas.
—Estás pensando que nuestro matrimonio fue planeado.
Me detuve.
Él también.
—Sí.
—Y lo fue.
Sentí un dolor profundo.
—Gracias por no mentirme.
—Pero hay algo que no fue planeado.
—¿Qué?
Se acercó.
—Lo que siento por ti.
Me quedé inmóvil.
—No sé cuándo ocurrió —continuó—. Quizá aquella noche del baile. Quizá antes. Quizá cuando te vi enfrentarte a todos sin saber todavía quién eras.
—Alexander…
—No quiero que confundas una cosa con la otra.
—¿Qué cosa?
—El Consejo pudo decidir que debíamos casarnos.
Me miró.
—Pero jamás pudo decidir que yo te amara.
No pude responder.
Bajé los ojos.
Sentí que las lágrimas amenazaban con aparecer.
—Tengo miedo —confesé.
—¿De mí?
—De perderte.
Alexander tomó mi mano.
—Entonces no me pierdas.
—No depende solo de mí.
—Lo sé.
—¿Y si el Consejo tiene razón?
—¿Sobre qué?
—Sobre que debemos elegir.
Alexander negó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque esta vez seremos nosotros quienes decidamos.
Sus dedos se entrelazaron con los míos.
—No ellos.
Cuando regresamos a la biblioteca, encontramos a los demás reunidos.
Edward estaba de pie junto a la chimenea.
Adrian leía los documentos de la torre.
La Marquesa hablaba con mi madre.
Lord Hawthorne permanecía apartado.
Bennett había desaparecido.
—¿Dónde está Bennett? —pregunté.
Edward levantó la cabeza.
—No lo sabemos.
—¿Cómo que no?
—Cuando volvimos a buscarlo, ya no estaba.
Adrian añadió:
—Y se llevó el anillo.
Sentí un escalofrío.
—¿El anillo del Consejo?
—Sí.
La Marquesa se acercó.
—Eso significa que alguien le ha dado instrucciones.
—¿Crees que trabaja para ellos?
—No lo sé.
—Todos parecen tener un secreto.
—Porque todos tienen uno.
Mi madre se acercó.
—¿Qué encontraron?
Le mostré la carta.
Su rostro cambió.
—No.
—¿Qué ocurre?
—El ala oeste…
—¿Qué?
—No debes ir allí.
—Tengo que hacerlo.
—Arabella, escucha.
Mi madre tomó mis manos.
—Fue allí donde te separaron de Gabriel.
—Entonces precisamente tengo que ir.
—No sabes lo que ocurrió aquella noche.
—Entonces quiero descubrirlo.
Mi madre cerró los ojos.
—Si vas…
—¿Qué?
—Quizá descubras cosas que desearías no haber sabido.
La miré.
—Ya no existe una verdad capaz de sorprenderme.
Ella me miró con tristeza.
—Sí existe.
Sentí un escalofrío.
—¿Cuál?
Mi madre no respondió.
La Marquesa intervino.
—No puede detenerla.
Mi madre la miró.
—¿Y tú la enviarías allí?
—No.
La Marquesa se acercó.
—Pero tampoco permitiría que fuera sola.
Alexander dio un paso.
—No irá sola.
La Marquesa lo miró.
—Precisamente eso es lo que exige la carta.
—Lo sé.
—Entonces es una trampa.
—Probablemente.
—¿Y aun así irás?
Alexander no dudó.
—Sí.
La Marquesa negó.
—Tu padre habría hecho lo mismo.
Alexander quedó inmóvil.
—No menciones a mi padre.
—Quizá deberías dejar de huir de su nombre.
—No sabes lo que dices.
—Sé más de él de lo que imaginas.
Alexander la miró fijamente.
—Entonces habla.
La Marquesa bajó la voz.
—Tu padre no murió en el incendio.
El silencio fue absoluto.
Edward dejó de moverse.
Adrian levantó la cabeza.
Mi madre cerró los ojos.
Alexander parecía incapaz de respirar.
—Lo sé —dijo finalmente.
—No.
La Marquesa negó.
—No sabes lo suficiente.
—¿Qué más hay?
—El incendio fue una distracción.
—¿Para qué?
—Para sacar a alguien de Ravenshire.
—¿A quién?
La Marquesa me miró.
—A ti.
Sentí un escalofrío.
—¿A mí?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque esa noche nació la única persona capaz de destruir el poder del Consejo.
—Gabriel.
—No.
La Marquesa negó.
—Tú.
El carruaje esperaba frente a la entrada principal.
Era temprano.
La neblina cubría los jardines.
Los caballos golpeaban el suelo con los cascos.
Yo llevaba un vestido oscuro y una capa.
Alexander vestía completamente de negro.