La oscuridad me envolvió como una segunda piel.
No podía ver.
No podía distinguir hacia dónde me llevaban.
Solo podía sentir aquella mano firme sobre mi brazo y el frío de la piedra bajo mis zapatos.
Mi corazón golpeaba con tanta fuerza que parecía querer escapar de mi pecho.
Intenté gritar.
La mano cubrió mi boca con más fuerza.
—No —susurró aquella voz—. Si quieres vivir, tendrás que confiar en mí.
Aquellas palabras me aterrorizaron todavía más.
Porque conocía esa voz.
La había escuchado durante años.
En mi casa.
En los pasillos.
En las mañanas.
En las noches.
En los momentos en que creía estar completamente segura.
No podía ser.
Me negaba a aceptarlo.
Me debatí con todas mis fuerzas.
La persona que me sujetaba me arrastró unos pasos más.
Entonces una luz apareció delante de nosotros.
Una pequeña lámpara.
Y vi finalmente el rostro.
Sentí que la sangre abandonaba mi cuerpo.
—Bennett…
El viejo mayordomo bajó la mano.
—Perdóneme, milady.
Retrocedí.
—¿Usted?
—No quería hacerle daño.
—¡Me ha secuestrado!
Mi voz temblaba.
—La estoy protegiendo.
—¡Me ha arrastrado por un pasadizo secreto!
—Porque si se quedaba allí, moriría.
Miré hacia la puerta que acabábamos de atravesar.
—Alexander…
—No puede seguirnos.
—¿Qué hizo?
Bennett cerró la puerta.
—La cerré desde este lado.
—¡Ábrala!
—No.
—¡Bennett!
—Escúcheme.
Me tomó suavemente de los hombros.
—El hombre que está dentro de la cámara no es Lord Beaumont.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—Es un impostor.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque Lord Beaumont murió hace seis años.
Mi corazón se detuvo.
—No.
—Yo asistí a su funeral.
—Entonces…
—Alguien ha utilizado su identidad.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién?
Bennett negó.
—Todavía no lo sé.
—¿Y por qué me ha traído aquí?
El mayordomo me miró con una tristeza profunda.
—Porque su padre me ordenó que lo hiciera.
—¿Mi padre?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Hace dieciocho años.
Mi respiración se volvió pesada.
—¿Antes del incendio?
—La misma noche.
Bennett encendió otra lámpara.
El pasadizo se iluminó tenuemente.
Era más grande de lo que había imaginado.
Las paredes estaban cubiertas de antiguos símbolos.
Había pequeñas puertas de madera.
Escaleras.
Arcos de piedra.
Y, en algunos lugares, nombres grabados.
Ravenshire.
Ashford.
Hawthorne.
Los tres apellidos aparecían repetidos.
—¿Cuántos pasadizos hay bajo esta casa?
—Siete.
—¿Y quién los construyó?
—Las familias que hicieron el pacto.
—¿Para qué?
Bennett me miró.
—Para escapar.
—¿De quién?
—De todos.
No entendí.
—Eso no tiene sentido.
—Lo tendrá.
Comenzamos a caminar.
—Su padre me pidió que la sacara de la cámara si alguna vez la verdad llegaba hasta allí.
—¿Por qué?
—Porque sabía que algún día alguien intentaría utilizarla para reclamar la sucesión.
—¿A mí?
—Sí.
—Pero yo no quiero ningún título.
Bennett se detuvo.
—No importa lo que quiera.
Lo miré.
—¿Qué significa eso?
—La sangre no pregunta qué desea su dueño.
Sentí un escalofrío.
—Entonces todo esto…
—Comenzó antes de su nacimiento.
Continuamos.
—¿Bennett?
—Sí, milady.
—¿Quién es realmente mi padre?
El viejo mayordomo tardó en responder.
—¿Se refiere a Lord Hawthorne o a Edmund Ravenshire?
Me detuve.
—A ambos.
Bennett suspiró.
—Lord Hawthorne fue su padre ante el mundo.
—¿Y Edmund?
—Fue su padre por sangre.
Aquella respuesta ya la conocía.
Pero necesitaba algo más.
—¿Y por qué mi madre estuvo con Edmund?
Bennett me miró.
—Porque se amaban.
La respuesta me dolió.
No porque fuera inesperada.
Sino porque, de pronto, todas las piezas comenzaron a encajar.
Mi madre no había sido simplemente una mujer atrapada en un matrimonio aristocrático.
Había amado a otro hombre.
Y ese hombre era un Ravenshire.
—Entonces ¿mi padre legal lo sabía?
—Sí.
—¿Y aceptó criarme?
—Al principio, no.
—¿Qué cambió?
Bennett bajó la mirada.
—El incendio.
Nos detuvimos frente a una pequeña puerta.
Bennett sacó una llave.
—Entre.
—¿Qué hay ahí?
—Algo que su padre dejó para usted.
La puerta se abrió.
Entré.
Era una habitación pequeña.
Había una mesa.
Una silla.
Una cama antigua.
Y sobre la pared…
Un retrato.
Me acerqué.
Era Edmund.
Más joven.
Sonreía.
Tenía los mismos ojos que yo.
No pude evitar tocar el lienzo.
—¿Lo conoció?
Bennett asintió.
—Sí.
—¿Cómo era?
El anciano sonrió.
—Impulsivo.
Me reí entre lágrimas.
—Eso no parece precisamente un elogio.
—También era generoso.
Bennett miró el retrato.
—Y amaba profundamente a su madre.
Cerré los ojos.
—¿Por qué murió?
Bennett permaneció en silencio.
—Necesito saberlo.
—Su padre…
—¿Lord Hawthorne?
—No.
Bennett me miró.
—Edmund.
Mi corazón se aceleró.
—¿Qué pasa con él?
—No murió en el incendio.
Abrí los ojos.
—¿Qué?
—Salió con vida.
—Pero usted…
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué todos creyeron que había muerto?
Bennett bajó la voz.
—Porque alguien necesitaba que todos lo creyeran.
—¿Quién?
El viejo mayordomo se acercó a la mesa.
Sacó una caja.
La abrió.
Dentro había una carta.
El papel estaba amarillento.