El Duque Que Nunca DebiÓ Amarme

CAPÍTULO 27 EL TERCER HIJO

La Marquesa de Ashford permaneció inmóvil bajo la luz de la luna.

El viento agitaba las cortinas de la torre y hacía temblar las llamas de las lámparas, proyectando sombras que parecían moverse por las paredes como fantasmas.

Pero nada de aquello consiguió apartar mis ojos de ella.

En su mano sostenía el anillo.

El anillo de las siete piedras.

El mismo que habíamos visto en manos del hombre que había aparecido en la capilla.

El mismo símbolo que parecía unir cada secreto de Ravenshire.

Y, sin embargo, lo que más me perturbaba no era el anillo.

Era su expresión.

No parecía sorprendida de encontrarnos allí.

Parecía haber estado esperándonos.

Alexander levantó inmediatamente su arma.

—No dé un paso más.

La Marquesa sonrió ligeramente.

—Sigues creyendo que las armas pueden resolver aquello que las generaciones anteriores fueron incapaces de resolver.

—No juegues conmigo.

—Nunca he jugado contigo, Alexander.

Su mirada pasó de él hacia mí.

—He jugado contra quienes querían destruirte.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Qué significa eso?

Ella no respondió.

El hombre de la máscara permanecía junto a la ventana.

El desconocido que había afirmado ser el tercer hijo.

El hombre cuya existencia podía destruir todo lo que creíamos saber sobre Ravenshire.

Alexander volvió a hablar.

—Quítese la máscara.

La Marquesa lo miró.

—No.

—¿Por qué?

—Porque todavía no ha llegado el momento.

—¡Ya basta!

La voz de Alexander retumbó en la torre.

—Durante años todos ustedes han hablado de momentos, secretos y verdades que nunca llegan. Hoy se termina.

La Marquesa dejó escapar una respiración lenta.

—Eso mismo dijo tu padre.

Sentí que Alexander se estremecía.

—¿Conociste a mi padre?

—Conocí a todos los que estuvieron aquella noche.

—Entonces habla.

La Marquesa lo observó durante varios segundos.

—No aquí.

—Aquí.

—Alexander…

Yo pronuncié su nombre.

Él se volvió hacia mí.

—¿Qué?

—Déjala hablar.

Sus ojos se clavaron en los míos.

—Arabella, no sabemos de qué es capaz.

—Precisamente por eso quiero escucharla.

La Marquesa sonrió.

—Ahora comprendo por qué te eligió.

Alexander se puso rígido.

—Yo no la elegí.

—Sí.

Ella me miró.

—Y tampoco fue el Consejo quien consiguió que se enamorara de ti.

Mi corazón dio un vuelco.

Bajé la mirada.

No quería que nadie hablara de aquello.

No allí.

No delante de todos.

No mientras nuestra historia seguía rodeada de secretos.

Pero la Marquesa continuó:

—Ese fue el único acontecimiento que no pudieron controlar.

Alexander dio un paso hacia ella.

—¿Qué sabes del Consejo?

—Mucho.

—¿Cuánto?

—Lo suficiente para saber que algunos de sus miembros llevan años muertos.

—Eso ya lo sabemos.

—No.

La Marquesa levantó el anillo.

—Creen saberlo.

Una de las siete piedras reflejó la luz.

—Pero un asiento vacío no significa que el hombre que lo ocupaba haya muerto.

Un silencio profundo cayó sobre nosotros.

El desconocido de la máscara giró lentamente.

—Ella está diciendo la verdad.

Alexander lo apuntó nuevamente.

—Tú cállate.

El hombre sonrió.

—Sigues sin reconocerme.

—No sé quién eres.

—Eso fue lo que hicieron durante toda mi vida.

Sus palabras me atravesaron.

—¿Por qué dices que eres el tercer hijo?

El hombre me miró.

—Porque lo soy.

—¿Hijo de quién?

Silencio.

—Respóndeme.

—De Edmund.

Sentí que el mundo se inclinaba.

Alexander bajó lentamente el arma.

—Eso es imposible.

—¿Por qué?

—Porque Edmund solo tuvo…

Se detuvo.

Me miró.

Yo terminé la frase.

—Dos hijos.

El desconocido sonrió.

—Eso es lo que les dijeron.

La Marquesa cerró los ojos por un instante.

—Y eso es lo que todos necesitaban creer.

La respiración se me hizo difícil.

Tres hijos.

Arabella.

Gabriel.

Y aquel hombre.

Pero ¿cómo podía ser posible?

Mi madre nunca había hablado de un tercer hijo.

Edmund tampoco.

William había mencionado a los niños.

El Consejo había hablado de dos.

Los documentos hablaban de dos.

Entonces…

¿quién era aquel hombre?

—Quiero pruebas —dije.

—Las tendrás.

—Ahora.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque la persona que posee la prueba todavía no ha llegado.

Alexander frunció el ceño.

—¿Quién?

El hombre miró hacia la Marquesa.

Ella negó lentamente con la cabeza.

—No.

—¿No?

—Todavía no.

Sentí una creciente desesperación.

—¡Todos saben algo menos yo!

Mi voz quebró el silencio.

—Toda mi vida he sido la última en saberlo. Todos decidieron qué podía conocer y qué debía ignorar. Todos me protegieron mintiéndome. Todos dicen que lo hicieron por mí.

Miré a Alexander.

—Incluso tú.

Él bajó la mirada.

Dolía.

Pero era verdad.

Volví a mirar a la Marquesa.

—No pienso soportarlo una vez más.

La Marquesa me sostuvo la mirada.

Y entonces hizo algo que jamás esperaba.

Se quitó un guante.

Luego el otro.

Los dejó sobre la mesa.

—Tienes razón.

Su voz era distinta.

Ya no era la mujer fría y calculadora de los salones aristocráticos.

Parecía cansada.

—Todos te hemos mentido.

—¿Por qué?

—Porque si hubieras conocido la verdad demasiado pronto, habrías muerto.

—¿Y ahora?

La Marquesa respiró profundamente.

—Ahora eres demasiado peligrosa para ellos.

—¿Por qué?

Ella miró el anillo.

—Porque cumpliste veinticinco años.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.