—Eleanor Vale.
El nombre quedó suspendido en el aire.
No fui capaz de responder.
No fui capaz de moverme.
Ni siquiera fui capaz de respirar correctamente.
Miraba a Marianne como si estuviera contemplando a una desconocida.
Mi madre.
La mujer que había llamado madre durante veinticinco años.
La mujer cuyo rostro había sido el primero que recordaba al despertar.
La mujer cuya mano había buscado cuando tenía miedo.
La mujer que me había enseñado a caminar, a leer, a comportarme ante la aristocracia, a sonreír cuando el corazón dolía.
Ella acababa de decirme que no me había dado a luz.
Y que la mujer que lo había hecho había muerto la noche del incendio.
Eleanor Vale.
La madre de Adrian.
La mujer que, según todos los documentos, llevaba cuatro años muerta.
La mujer que, según Gabriel, había aparecido en la capilla.
La mujer que parecía estar relacionada con el Consejo.
Sentí que las rodillas me temblaban.
Alexander se acercó.
—Arabella…
Levanté una mano.
—No.
Él se detuvo.
—Necesito…
Mi voz se quebró.
Tragué saliva.
—Necesito escucharla a ella.
Miré a Marianne.
—Todo.
Ella cerró los ojos.
—No sé por dónde empezar.
—Por el principio.
—Arabella…
—Por el principio, mamá.
La palabra salió de mis labios casi involuntariamente.
Marianne comenzó a llorar.
Y aquello me dolió.
Porque, pese a todo…
seguía siendo mi madre.
Aunque la verdad acabara de convertirse en un abismo entre nosotras.
—La noche en que naciste —comenzó Marianne—, yo estaba en Ravenshire.
—¿Por qué?
—Porque Edmund me había pedido que fuera.
—¿Para qué?
—Para ayudarte a nacer.
Fruncí el ceño.
—Entonces sí estuviste allí.
—Sí.
—¿Y Eleanor?
Marianne asintió.
—También.
—¿Quién era Eleanor?
Marianne miró a Edmund.
Él permanecía sentado, agotado, pero completamente atento.
—Eleanor era la mujer que el Consejo había elegido.
—¿Elegido para qué?
—Para llevarte.
Sentí un escalofrío.
—¿Llevarme adónde?
—Lejos.
—¿Por qué?
Marianne no respondió.
Edmund sí.
—Porque sabían lo que significaba tu nacimiento.
—La sucesión.
—Mucho más que eso.
Lo miré.
—¿Qué más?
Edmund respiró profundamente.
—La sangre de Ravenshire no era solamente una cuestión de herencia.
—Ya me han dicho eso.
—No te han dicho lo más importante.
—Entonces dímelo.
Edmund me sostuvo la mirada.
—Tu nacimiento podía destruir el poder del Consejo.
Sentí un escalofrío.
—¿Cómo?
—Porque tú eras la primera.
—¿La primera qué?
—La primera descendiente que podía reclamar el derecho original.
—¿Qué derecho?
Edmund guardó silencio.
Richard respondió desde el otro extremo de la habitación.
—El derecho a disolver el Consejo.
Todos lo miramos.
Richard estaba de pie junto a una columna.
—¿Yo puedo disolverlo? —pregunté.
—Si eres reconocida como heredera legítima, sí.
—¿Y por eso intentaron llevarme?
—Sí.
—¿Y Gabriel?
Richard bajó la mirada.
—Gabriel era la segunda posibilidad.
—¿Y el tercer hijo?
—Un seguro.
La palabra me produjo rechazo.
—¿Un seguro?
—Si tú morías y Gabriel era encontrado, necesitaban otra línea.
—¿Y quién era ese tercer hijo?
Richard sonrió con amargura.
—Eso todavía no lo sabemos.
Me quedé inmóvil.
—¿No?
—El Consejo hizo desaparecer todos los registros.
—Pero tú dijiste que existía.
—Existió.
—¿Y dónde está ahora?
Richard me miró.
—Tal vez frente a nosotros.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
Miré a Alexander.
Él parecía tan confundido como yo.
—¿Estás insinuando que alguno de nosotros…?
Richard negó.
—No.
Entonces se escuchó un ruido.
Un golpe seco.
Todos se giraron.
La puerta estaba abierta.
Y sobre el suelo…
seguía el anillo de las siete piedras.
Me acerqué.
Alexander intentó detenerme.
—No lo toques.
—¿Por qué?
—No sabemos qué puede hacer.
—Es solo un anillo.
Richard negó.
—No.
Lo miré.
—¿Qué?
—No es un anillo.
—¿Entonces qué es?
—Una llave.
—Ya lo dijiste.
—No.
Richard señaló las siete piedras.
—Cada piedra corresponde a una puerta.
Sentí un escalofrío.
—¿Y la séptima?
—No abre una puerta.
—¿Qué abre?
Richard me miró.
—Un nombre.
No comprendí.
—¿Qué nombre?
—El nombre verdadero del heredero.
Alexander se acercó.
—¿Y cómo se descubre?
Richard respondió:
—Con sangre.
Miré mis manos.
—¿Mi sangre?
—La de quien tenga derecho.
—Entonces ya lo sabemos.
Richard negó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque tu sangre abre las puertas.
—¿Y eso no significa que soy la heredera?
—Significa que perteneces a la línea.
—No es lo mismo.
—No.
Richard se acercó.
—Por eso te han mantenido confundida durante veinticinco años.
Sentí que la rabia me invadía.
—¿Quién soy?
Richard no respondió.
—¡¿Quién soy?!
Mi voz resonó por toda la habitación.
Marianne se acercó.
—Eres mi hija.
La miré.
—Acabas de decir que no soy tu hija biológica.
—Dije que no te di a luz.
—Entonces ¿qué soy?
Marianne me tomó las manos.
—Mi hija.
—No basta.
Sus lágrimas comenzaron a caer.
—Para mí sí.
Aquellas palabras me golpearon.
Aparté la mirada.
No quería llorar.
No quería permitir que aquella mujer pudiera ver cuánto me estaba destruyendo.