El Duque Que Nunca DebiÓ Amarme

CAPÍTULO 49 LA PROMESA QUE NO HIZO ALEXANDER

—Fue él.

Las palabras de Gabriel siguieron resonando dentro de mi cabeza mucho después de que nadie volviera a hablar.

Fue él.

Richard.

El hombre que había pasado meses apareciendo y desapareciendo de mi vida.

El hombre que había participado en la conspiración.

El hombre que había dicho saber quién era mi padre.

El hombre que ahora permanecía frente a mí, pálido, con los ojos clavados en el suelo.

Y, al mismo tiempo…

Alexander.

El hombre que amaba.

El hombre que había jurado protegerme.

El hombre cuya mano todavía sostenía la mía.

Miré nuestros dedos entrelazados.

Después miré a Richard.

—¿Es verdad?

Richard no respondió.

—Te estoy preguntando a ti.

Silencio.

—¿Fuiste tú?

Richard levantó lentamente la mirada.

—No lo sé.

Sentí una punzada en el pecho.

—¿Cómo puedes no saberlo?

—Porque me quitaron recuerdos.

Alexander dio un paso hacia él.

—¿Quién?

Richard miró a Lucian.

—Él.

Mi padre cerró los ojos.

—No fue así.

—¿Entonces cómo fue?

Lucian no contestó.

Gabriel intervino:

—Los tres fueron separados aquella noche.

—¿Los tres?

Gabriel asintió.

—Alexander. Richard. Y tú.

Mi corazón se aceleró.

—¿Por qué?

—Porque ustedes eran las piezas más importantes del pacto.

—No entiendo.

Gabriel me miró.

—Alexander representaba una rama.

Después señaló a Richard.

—Richard representaba otra.

Finalmente me señaló.

—Y tú eras el vínculo entre ambas.

—¿Pero por qué nos conocíamos de niños?

Gabriel respiró profundamente.

—Porque antes de que el Consejo decidiera utilizar sus vidas, ustedes tres eran niños que simplemente jugaban juntos.

Richard cerró los ojos.

Y entonces lo vi.

Una lágrima.

Una sola.

Deslizándose por su mejilla.

—Yo la recuerdo —susurró.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

Richard levantó la mirada.

—Aurelia.

Mi corazón dio un vuelco.

—¿Me recuerdas?

—No completamente.

Se llevó una mano a la sien.

—Pero recuerdo una niña.

—¿Cómo era?

Richard me miró.

—Tenía un vestido azul.

Mi respiración se detuvo.

La habitación azul.

La muñeca.

La pequeña placa.

Todo.

—¿Qué más?

Richard cerró los ojos.

—Corría por un jardín.

—¿Dónde?

—Ravensmere.

Gabriel bajó la mirada.

—Sí.

—¿Yo estaba contigo?

Richard asintió.

—Y había otro niño.

Sentí que el corazón comenzaba a golpearme.

—Alexander.

Richard negó.

—No.

Mi respiración se detuvo.

—¿Quién?

Richard abrió los ojos.

—Edward.

Edward.

El hermano perdido.

El hombre que había reaparecido después de dieciocho años.

El hombre que me había advertido que no confiara en mis recuerdos.

El hombre que había dicho que la segunda página estaba dentro de la persona que amaba.

Edward.

—Entonces éramos cuatro —dije.

Richard negó.

—No.

—¿Quién más?

—Adrian.

Me quedé inmóvil.

—¿Los cinco?

Richard asintió.

—Los cinco.

—Entonces Henry también estaba allí.

—Sí.

—¿Y qué hacíamos?

Richard sonrió por primera vez.

Fue una sonrisa triste.

—Jugábamos a escondernos.

Sentí un escalofrío.

—¿Dónde?

—En la casa.

—¿Ravensmere?

—Sí.

—¿Por qué?

Richard miró a Gabriel.

—Porque los adultos tenían reuniones y no querían que escucháramos.

—¿Reuniones del Consejo?

Gabriel asintió.

—Sí.

—¿Y nosotros sabíamos algo?

Richard respondió:

—No.

—Entonces ¿por qué éramos importantes?

Richard me miró.

—Porque nuestros padres ya habían decidido nuestro futuro antes de que pudiéramos comprenderlo.

Aquellas palabras me dolieron.

Porque eran exactamente lo que había ocurrido conmigo durante toda mi vida.

Nunca había elegido.

Siempre habían elegido por mí.

Mi matrimonio.

Mi apellido.

Mi hogar.

Mi destino.

Incluso mis recuerdos.

Y ahora descubría que aquella historia había comenzado cuando era apenas una niña.

—Quiero recordar —dije.

Alexander me miró.

—Arabella…

—Quiero recordar todo.

—No sabemos qué puede ocurrir.

—No me importa.

—A mí sí.

—Entonces quédate conmigo.

Alexander me sostuvo la mirada.

—Siempre.

Richard se acercó.

—Hay una forma.

Me volví hacia él.

—¿Cuál?

—Ravensmere.

Gabriel asintió.

—Allí dejaron algo.

—¿Qué?

—Un registro de memoria.

Fruncí el ceño.

—¿Qué es eso?

—Una especie de diario.

—¿Escrito por quién?

Richard respondió:

—Por los niños.

Mi corazón dio un vuelco.

—¿Por nosotros?

—Sí.

—¿Y dónde está?

Richard señaló el reloj.

—La llave abre el compartimento.

Tomó el pequeño reloj que Gabriel había dejado sobre la mesa.

Lo abrió.

Había una diminuta ranura.

Introdujo la llave.

Se escuchó un clic.

Una sección secreta se abrió.

Dentro había un pequeño rollo de papel.

Lo desplegamos.

Había cinco nombres.

Alexander.

Richard.

Edward.

Adrian.

Aurelia.

Debajo de cada nombre había una frase.

La de Alexander:

«Él será quien proteja.»

La de Richard:

«Él será quien recuerde.»

La de Edward:

«Él será quien encuentre.»

La de Adrian:

«Él será quien esconda.»

Y debajo de mi nombre:

«Ella será quien elija.»




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