El Duque Que Nunca DebiÓ Amarme

CAPÍTULO 26 EL HOMBRE DETRÁS DE LA MÁSCARA

Durante unos segundos no fui capaz de respirar.

Bennett.

El nombre atravesó mi mente una y otra vez, como el golpe insistente de una campana en mitad de la noche.

Bennett.

El hombre que había abierto para mí las puertas de Ravenshire cuando regresé a aquella casa.

El hombre que había inclinado la cabeza ante mí con el respeto de quien había servido durante décadas a una familia.

El hombre que conocía cada pasillo, cada escalera, cada habitación.

El hombre que sabía cuándo necesitaba una taza de té sin que yo tuviera que pedirla.

El hombre que había sostenido mi mano cuando yo temblaba después de descubrir que mi vida entera estaba construida sobre secretos.

Bennett.

Y ahora estaba frente a mí.

Con el rostro parcialmente oculto por las sombras.

Con aquella mirada que nunca había logrado descifrar por completo.

Y con la misma mano que durante años había sostenido bandejas de plata, llaves y documentos…

cerrada alrededor del misterioso anillo de siete piedras.

Sentí que el corazón se me detenía.

—No… —susurré.

Alexander se colocó inmediatamente delante de mí.

No tuve que pedírselo.

Su cuerpo reaccionó antes que su mente.

Dio un paso hacia el hombre.

—Aléjate de ella.

La voz del duque fue baja.

Demasiado baja.

Era la voz que utilizaba cuando estaba a punto de perder el control.

Bennett no respondió.

La llama de las antorchas iluminó por un instante su rostro.

Parecía más viejo.

Mucho más viejo.

No por sus años, sino por algo que había en sus ojos.

Cansancio.

Miedo.

Culpa.

O quizá todo a la vez.

—Bennett —dijo Alexander—. Quiero que me expliques qué está ocurriendo.

El anciano levantó lentamente la mirada.

—No es tan sencillo, milord.

—Entonces hazlo sencillo.

Alexander avanzó otro paso.

Yo le sujeté el brazo.

No quería que se acercara.

No sabía por qué.

Quizá porque, aunque todo parecía señalar a Bennett, algo dentro de mí se resistía a creerlo.

—Alexander…

Él giró ligeramente la cabeza hacia mí.

Nuestros ojos se encontraron.

—Quédate detrás de mí.

—No.

Sus cejas se fruncieron.

—Arabella…

—No volveré a esconderme detrás de nadie.

No después de todo lo que había descubierto.

No después de haber pasado mi vida creyendo una mentira tras otra.

Bennett soltó una respiración profunda.

—Eso es precisamente lo que ellos querían.

—¿Quiénes? —pregunté.

El silencio volvió a caer sobre nosotros.

—El Consejo.

Sentí un escalofrío.

—¿El Consejo te ordenó incendiar Ravenshire?

Bennett cerró los ojos.

—No.

Alexander se tensó.

—Entonces ¿qué significa todo esto?

Bennett abrió los ojos.

—Que algunas órdenes no necesitan pronunciarse.

No comprendí.

—Habla claro.

El anciano miró hacia el anillo.

Las siete piedras parecían absorber la luz.

—El incendio fue solamente una parte de algo mucho más grande.

Alexander apretó la mandíbula.

—Eso ya lo sabemos.

—No —respondió Bennett—. Ustedes creen saberlo.

Su mirada pasó de Alexander a mí.

—Todavía no han entendido quién era realmente el objetivo.

Mi piel se erizó.

—¿Quién?

Bennett no contestó.

Entonces escuchamos un ruido detrás de nosotros.

Un golpe seco.

Alexander se giró inmediatamente.

Yo también.

La puerta de la capilla se había cerrado.

Sola.

Un viento helado atravesó las grietas de los antiguos muros.

Las llamas de las velas vacilaron.

Y cuando volvimos a mirar hacia Bennett…

ya no estaba.

—¡Bennett!

Alexander corrió hacia la puerta.

Yo fui detrás de él.

La abrió de golpe.

El corredor estaba vacío.

Completamente vacío.

No había pasos.

No había sirvientes.

No había guardias.

Nada.

Solo el eco lejano de una campana.

Una.

Dos.

Tres.

Alexander miró hacia ambos extremos del corredor.

—No puede haber desaparecido.

—Conoce la casa —dije.

Él me miró.

—Demasiado bien.

Entonces comprendí.

—Los pasadizos.

Alexander palideció.

—El ala oeste.

Nos miramos.

No hizo falta decir nada más.

Corrimos.

Nunca había recorrido Ravenshire de aquella manera.

No caminábamos.

Corríamos.

Nuestros pasos resonaban sobre la piedra mientras atravesábamos los corredores oscuros.

Alexander iba delante.

Yo lo seguía levantando ligeramente el vestido para no tropezar con el borde de la falda.

Las paredes parecían estrecharse alrededor de nosotros.

Las sombras de los retratos se alargaban bajo la luz de los candelabros.

Cada rostro pintado parecía observarnos.

Cada puerta cerrada parecía ocultar una respuesta.

—¡Alexander!

Se detuvo.

—¿Qué?

—El hombre que vimos antes.

—¿Cuál?

—El que llevaba la máscara.

Su expresión cambió.

—¿Qué ocurre con él?

—No creo que fuera Bennett.

Alexander me observó fijamente.

—¿Por qué?

—Porque cuando lo vi… algo no encajaba.

—¿Qué?

Busqué las palabras.

—Su forma de caminar.

Alexander permaneció inmóvil.

—¿Qué quieres decir?

—Bennett camina ligeramente inclinado hacia la izquierda.

—¿Y el hombre?

—Hacia la derecha.

Alexander me miró con incredulidad.

—¿Estás segura?

—Sí.

Había observado a Bennett durante años.

Más de lo que él podía imaginar.

Había visto cómo caminaba llevando bandejas.

Cómo subía las escaleras.

Cómo cruzaba el comedor.

Cómo se acercaba a una mesa.

Yo conocía aquella inclinación.

Y el hombre de la capilla no caminaba así.

—Entonces…




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.