—Lord Hawthorne.
Pronuncié su nombre sin reconocer mi propia voz.
Era extraño.
Hasta aquella noche, había pensado que conocía a aquel hombre.
Había creído conocer su manera de caminar, de hablar, de observar.
Había creído conocer sus silencios.
Había creído incluso comprender las razones de algunas de sus decisiones.
Pero en aquel momento, mientras permanecía inmóvil frente a nosotros, comprendí que quizá había pasado veinticinco años mirando el rostro de un desconocido.
Bennett seguía de pie junto a la puerta.
El anillo de las siete piedras brillaba en su mano.
Mi madre lloraba.
Alexander mantenía el arma levantada.
Edward parecía preparado para abalanzarse sobre Lord Hawthorne.
Adrian no se movía.
Y yo…
yo solo podía mirar al hombre que había llevado el apellido Hawthorne.
—¿Es verdad? —pregunté.
Lord Hawthorne me miró.
No respondió.
—Te hice una pregunta.
Su rostro se contrajo.
—No es lo que parece.
Solté una risa amarga.
—Esa frase se ha convertido en el lema de mi familia.
—Arabella…
—¿Ordenaste que entregaran a Gabriel?
—No.
Bennett dio un paso adelante.
—Sí.
Lord Hawthorne se volvió hacia él.
—¡Cállate!
Nunca había escuchado a Lord Hawthorne gritar.
El sonido me estremeció.
Bennett, sin embargo, no retrocedió.
—Ya no.
—No sabes lo que estás diciendo.
—Lo sé mejor que nadie.
—¡Tú no sabes nada!
—Yo llevé al niño.
Mi madre se cubrió la boca.
Yo sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
—¿Lo llevaste tú?
Bennett asintió.
—Sí.
—¿A dónde?
—A la antigua estación de servicio de Ravenshire.
—¿Y después?
—Allí me esperaba un hombre.
—¿Quién?
Bennett cerró los ojos.
—No pude verle el rostro.
—Otra vez eso…
Mi voz tembló.
—Todos vieron algo y nadie vio un rostro.
Bennett bajó la cabeza.
—Llevaba una capa.
—¿Y qué te dijo?
—Que el niño debía desaparecer.
—¿Quién te dio la orden?
Bennett miró a Lord Hawthorne.
—Él.
Lord Hawthorne negó.
—No.
—Lo escuché.
—¡Te equivocas!
—No.
—¡Te equivocas!
—No, milord.
Bennett levantó la mano.
—Porque la orden llegó por escrito.
El silencio cayó sobre nosotros.
—¿Por escrito? —pregunté.
Bennett asintió.
—Sí.
—¿Todavía tienes esa carta?
—Sí.
Mi corazón comenzó a latir con violencia.
—Enséñamela.
Bennett llevó una mano al interior de su chaqueta.
Alexander levantó el arma.
—Despacio.
Bennett extrajo un pequeño sobre amarillento.
Me lo entregó.
Lo tomé.
El sello estaba roto.
Lo reconocí.
Era el sello de Lord Hawthorne.
Sentí un frío profundo.
—No…
Alexander se acercó.
—Ábrelo.
Lo hice.
Dentro había una sola hoja.
La letra era elegante.
Firme.
Y debajo de la orden aparecía una firma.
Hawthorne.
Leí.
Una vez.
Dos.
Tres.
Las palabras comenzaron a confundirse delante de mis ojos.
“El niño debe ser separado de la niña antes del amanecer. No debe permanecer en Ravenshire. Su existencia pone en peligro el acuerdo.”
Mi mano comenzó a temblar.
—¿Qué acuerdo?
Lord Hawthorne cerró los ojos.
—Arabella…
—¿Qué acuerdo?
No respondió.
—¡¿QUÉ ACUERDO?!
Mi grito hizo temblar la habitación.
Lord Hawthorne me miró.
—El acuerdo matrimonial.
Sentí un vacío en el pecho.
—¿Mi matrimonio con Alexander?
—Sí.
Alexander bajó lentamente el arma.
—No.
Lord Hawthorne lo miró.
—El Consejo había decidido que el matrimonio debía realizarse cuando Arabella alcanzara la edad adecuada.
—Yo no sabía nada.
—Lo sé.
—¿Y Gabriel?
—Su existencia complicaba el acuerdo.
—¿Por qué?
Lord Hawthorne respiró profundamente.
—Porque si existían dos herederos directos…
Se detuvo.
—El Consejo no podía controlar la sucesión.
Adrian dio un paso adelante.
—Entonces lo entregaste.
Lord Hawthorne lo miró.
—Intenté salvarlo.
—¿Salvarlo?
Adrian soltó una carcajada.
—¿Entregándolo?
—No sabía lo que iban a hacer con él.
—¡Lo entregaste!
—¡Porque me amenazaron!
La habitación quedó congelada.
Lord Hawthorne se llevó las manos al rostro.
—Me amenazaron.
Mi madre comenzó a llorar.
—¿Con qué?
Lord Hawthorne la miró.
—Con Arabella.
Sentí que el mundo se detenía.
—¿Conmigo?
—Sí.
—¿Qué te dijeron?
—Que si no obedecía…
Se detuvo.
—te matarían.
No pude responder.
Lord Hawthorne continuó:
—Me dieron una noche.
—¿Para qué?
—Para elegir.
—¿Elegir qué?
—Entre tu vida y la de Gabriel.
Mi corazón se rompió.
—Y elegiste la mía.
Lord Hawthorne bajó la cabeza.
—Sí.
—Entonces sí lo entregaste.
—Sí.
Aquella palabra fue como una cuchillada.
Bennett apartó la mirada.
Alexander se acercó a mí.
—Arabella…
Levanté una mano.
—No.
Necesitaba estar sola.
Pero no podía.
No allí.
No con todos ellos mirándome.
Me alejé hasta la ventana.
Afuera, el cielo comenzaba a adquirir un tono gris.
El amanecer.
La misma hora que el Consejo había elegido para destruir nuestras vidas.
—¿Dónde está Gabriel ahora?
Mi pregunta fue fría.
Lord Hawthorne no respondió.
—Te lo estoy preguntando.
—No lo sé.
—Bennett dice que tú ordenaste entregarlo.
—Sí.
—Entonces debes saber a quién.
—No.
—¿Quién recibió la carta?
—Un hombre llamado Victor Hale.