Las campanas continuaron sonando.
Una.
Dos.
Tres.
Cada golpe parecía atravesar las paredes de Hawthorne Manor y hundirse directamente en mi pecho.
No podía apartar los ojos de Alexander.
Él permanecía inmóvil junto a la ventana.
La luz gris del amanecer comenzaba a filtrarse entre las cortinas, dibujando sobre su rostro una expresión que jamás había visto.
No era miedo.
Era incredulidad.
—Eso no puede estar ocurriendo —dijo finalmente.
La Marquesa de Ashford permanecía junto a la mesa.
Su abanico negro había caído al suelo.
No parecía importarle.
—Las campanas de Ravenshire no se equivocan.
Alexander se volvió.
—Las campanas no pueden anunciar mi muerte cuando estoy aquí.
—Alguien las ha hecho sonar.
—¿Quién?
La marquesa negó lentamente.
—Eso es lo que debemos descubrir.
Edward se apoyaba contra el marco de la puerta.
Su rostro seguía pálido por la herida.
Pero cuando volvió a mirar el retrato que sostenía Alexander, algo cambió en sus ojos.
—No debemos ir a Ravenshire.
Alexander lo miró.
—¿Por qué?
Edward señaló al niño que aparecía detrás de Edmund en la pintura.
—Porque él estará allí.
Sentí un escalofrío.
—Tu hermano gemelo.
Edward asintió.
—Mi hermano.
—¿Cómo puede existir un hermano gemelo si nunca supimos de él?
Edward cerró los ojos.
—Porque alguien se encargó de que olvidáramos que había nacido.
Mi respiración se detuvo.
—¿Quién?
—Nuestro padre.
Alexander frunció el ceño.
—Eso es imposible.
—No.
Edward negó.
—Nuestro padre sabía que había dos niños.
—¿Por qué ocultarlo?
—Porque uno de nosotros no debía sobrevivir.
Alexander se quedó inmóvil.
—¿Cuál?
Edward levantó la mirada.
—Eso es lo que nunca descubrimos.
Me acerqué al retrato.
Lo observé nuevamente.
Los dos niños parecían casi idénticos.
Uno estaba junto a Edmund.
El otro permanecía detrás.
Pero había algo diferente.
El niño de delante llevaba una pequeña cadena alrededor del cuello.
El otro no.
—¿Cuál eres tú?
Edward señaló al niño que estaba junto a Edmund.
—Ese.
Toqué la pintura.
—Entonces el otro…
—No sé quién es.
Alexander se acercó.
—¿Cómo puedes no saberlo?
Edward soltó una sonrisa amarga.
—Porque yo tenía seis años cuando ocurrió el incendio.
—Pero recuerdas.
—Recuerdo fragmentos.
—¿Qué fragmentos?
Edward cerró los ojos.
—Recuerdo humo.
Silencio.
—Recuerdo a nuestra madre gritando.
—¿Nuestra madre?
—Sí.
Alexander palideció.
—Nuestra madre estaba allí.
Edward asintió.
—Y recuerdo a otro niño.
Mi corazón comenzó a latir más deprisa.
—¿Tu hermano?
—Sí.
—¿Qué ocurrió con él?
Edward abrió los ojos.
—Lo vi entrar en una habitación.
—¿Cuál?
—La habitación azul.
Sentí un escalofrío.
La misma habitación que habíamos descubierto en Ravenshire.
La misma habitación donde encontramos la caja.
El certificado.
La fotografía.
El primer rastro de Edward.
—¿Y después?
Edward miró a Alexander.
—Después comenzaron las llamas.
Bennett entró apresuradamente.
—Su Gracia.
Alexander se volvió.
—¿Qué ocurre?
—Han llegado caballos.
—¿Cuántos?
—Cinco carruajes.
La Marquesa se acercó.
—¿De quién?
Bennett tragó saliva.
—No llevan escudos.
—Entonces no son invitados.
—No, milady.
—¿Hombres armados?
—Sí.
Alexander se acercó a la ventana.
—¿Cuántos?
—Al menos doce.
Alexander observó el patio.
—No podemos quedarnos.
—¿Adónde iremos? —pregunté.
—Ravenshire.
Edward negó.
—Es exactamente lo que esperan.
Alexander lo miró.
—Y precisamente por eso iremos.
—Es una trampa.
—Toda nuestra vida ha sido una trampa.
Alexander tomó su abrigo.
—Pero esta vez nosotros elegiremos dónde caer.
Me acerqué.
—Yo voy contigo.
—Lo sé.
—No puedes impedirlo.
—No pensaba hacerlo.
Sus ojos se encontraron con los míos.
—Pero permanecerás a mi lado.
—Sí.
—En todo momento.
—Sí.
—Si te digo que corras…
—No correré sin ti.
Alexander respiró profundamente.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Eso era exactamente lo que temía.
Nos preparamos en menos de veinte minutos.
Nunca había visto a Hawthorne Manor transformarse tan rápidamente.
Los criados corrían de una habitación a otra.
Se preparaban caballos.
Se cargaban equipajes.
Bennett organizaba hombres de confianza.
La Marquesa había cambiado su vestido rojo por uno de viaje de color oscuro.
Edward insistió en acompañarnos a pesar de la herida.
Mi madre permanecía en silencio.
La encontré junto a la ventana.
—Madre.
Ella se volvió.
Sus ojos estaban llenos de tristeza.
—No vayas.
—Tengo que hacerlo.
—Arabella…
—Mi padre está debajo de esta casa.
—Lo sé.
—Entonces debo encontrarlo.
Mi madre se acercó.
—Si vas a Ravenshire, ya no habrá manera de ocultarte.
—Nunca debiste ocultarme.
Una lágrima recorrió su rostro.
—Quería darte una vida normal.
—¿Y la tuve?
Ella negó.
—No.
—Entonces ahora quiero una vida verdadera.
Mi madre me abrazó.
Durante unos segundos volví a sentirme una niña.
La niña que no conocía secretos.
La niña que creía que su padre había muerto.
La niña que pensaba que su apellido era simplemente Hawthorne.
Pero aquella niña ya no existía.
Cuando mi madre se separó de mí, sacó algo de su vestido.