El Duque Que Nunca DebiÓ Amarme

CAPÍTULO 44 EL NOMBRE QUE DEBÍA PERMANECER OCULTO

—No.

La palabra de Richard cayó sobre la cámara como una piedra lanzada contra un lago en calma.

No fue un grito.

No fue una amenaza.

Fue algo peor.

Fue una certeza.

Me quedé inmóvil.

Frente a mí, el hombre que había fingido ser Alexander yacía en el suelo de piedra. La sangre oscura se extendía lentamente bajo su cuerpo, mezclándose con el polvo antiguo de aquella habitación que parecía haber sido construida para guardar secretos que ningún ser humano debía conocer.

Alexander estaba a mi lado.

Sentía su respiración.

Su mano continuaba alrededor de la mía.

Pero ninguno de los dos habló.

Richard permanecía frente a nosotros, con el rostro endurecido y los ojos clavados en mí.

—¿Por qué has dicho que no? —pregunté.

Mi voz apenas consiguió atravesar el silencio.

Richard no respondió inmediatamente.

Miró al hombre herido.

Después miró a Lucian.

Y finalmente volvió sus ojos hacia mí.

—Porque estás haciendo la pregunta equivocada, Arabella.

Sentí un escalofrío.

—¿La pregunta equivocada?

—Sí.

—Ese hombre acaba de decirme que mi verdadero padre está vivo.

Richard apretó la mandíbula.

—Lo sé.

—Y ha dicho que está delante de mí.

—También lo sé.

Sentí que el corazón comenzaba a golpearme con tanta fuerza que me costaba respirar.

Miré a Alexander.

Él no apartó sus ojos de Richard.

—¿Es él? —pregunté.

Nadie contestó.

Miré nuevamente a Alexander.

Por un instante, todo lo demás desapareció.

La cámara.

Las antorchas.

El Consejo.

Lucian.

Richard.

El cadáver.

Todo.

Solo existíamos nosotros dos.

Alexander me sostuvo la mirada.

No había miedo en sus ojos.

Había algo diferente.

Dolor.

Un dolor tan profundo que comprendí que él también sabía que estábamos a punto de descubrir algo que podía destruir todo lo que habíamos construido.

—Arabella… —susurró.

—Dímelo.

—No sé quién es tu padre.

La respuesta me atravesó.

No porque fuera inesperada.

Sino porque, por primera vez, Alexander no intentó protegerme con una mentira.

—¿No lo sabes?

—No.

—Pero Richard sí.

Alexander giró lentamente la cabeza hacia su hermano.

Richard permaneció inmóvil.

—Tú sabes quién es —dije.

—Sé quién debería ser.

—Eso no es lo mismo.

—En nuestra familia, a veces es exactamente lo mismo.

Lucian dejó escapar una breve risa.

No era una risa divertida.

Era una risa cansada.

—Qué conmovedor —dijo—. Los Ravenshire continúan creyendo que pueden esconder la verdad simplemente cambiando las palabras.

Me volví hacia él.

—Tú dijiste que eras el fundador del Consejo.

—Lo soy.

—Y dijiste que tu nombre aparece en mi certificado de nacimiento.

—Sí.

—Entonces dime quién es mi padre.

Lucian me observó.

Por primera vez desde que lo había conocido, pareció vacilar.

Un segundo.

Quizá menos.

Pero yo lo vi.

—No es tan sencillo.

—Nada en mi vida lo ha sido.

Di un paso hacia él.

—Durante veinticinco años me hicieron creer que tenía una familia. Después descubrí que algunos estaban muertos cuando no lo estaban. Que otros estaban vivos cuando todos los creíamos muertos. Que mi hermano podía ser un extraño. Que mi madre ocultaba secretos. Que mi padre podía no ser mi padre. Que existían hombres idénticos a los hombres que amo. Que un incendio ocurrido dieciocho años atrás destruyó familias enteras y que alguien ha pasado todo este tiempo manipulando nuestras vidas.

Mi voz comenzó a quebrarse.

Pero no retrocedí.

—Así que no vuelvas a decirme que no es sencillo.

Lucian bajó lentamente la mirada.

—Tienes razón.

Aquella admisión me sorprendió.

Pero no me tranquilizó.

—Entonces habla.

Lucian levantó los ojos.

—Tu padre está vivo.

Sentí que el aire desaparecía de la habitación.

—¿Quién?

Silencio.

—¿Quién? —repetí.

Lucian miró a Alexander.

Después a Richard.

Finalmente volvió a mirarme.

—El problema, Arabella, es que has pasado toda tu vida buscando a un hombre.

Se acercó un paso.

—Y quizá deberías haber estado buscando un nombre.

No sé cuánto tiempo permanecí allí.

Tal vez unos segundos.

Tal vez una eternidad.

Un nombre.

Eso era lo que había dicho.

No un hombre.

Un nombre.

De pronto recordé las palabras de Edward.

No confíes en tus recuerdos.

Recordé la carta.

La fotografía.

El reloj de Alexander.

El compartimento secreto.

El retrato.

La firma.

Los documentos.

Todos aquellos papeles que habían pretendido decirme quién era.

Y ahora comenzaba a comprender algo aterrador.

Tal vez nunca habían querido ocultarme a una persona.

Tal vez habían querido ocultarme una identidad.

—¿Qué nombre? —pregunté.

Lucian no respondió.

Richard sí.

—Vale.

Mi corazón se detuvo.

—¿Walter Vale?

Richard negó lentamente.

—No.

—¿Entonces?

Richard me miró directamente.

—El nombre que aparece en tu certificado no es Walter.

Me quedé helada.

—¿Qué?

—Walter Vale es un nombre adoptado.

Miré a Lucian.

Él no negó nada.

—¿Por qué? —pregunté.

—Porque el hombre que llevaba ese nombre necesitaba desaparecer.

—¿Y quién era?

Richard dio un paso hacia mí.

—Un Ravenshire.

Sentí que las piernas me fallaban.

Alexander me sostuvo por la cintura.

—Arabella.

Me aferré a él.

—¿Un Ravenshire?

Richard asintió.

—Uno que oficialmente murió antes de que tú nacieras.

—¿Quién?

Richard cerró los ojos durante un instante.

—Henry.




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