El Duque Que Nunca DebiÓ Amarme

CAPÍTULO 20 LA ELECCIÓN DE LOS RAVENSHIRE

El tercer disparo todavía resonaba en las paredes cuando Alexander me tomó del brazo.

—¡No te separes de mí!

Subimos las escaleras casi a oscuras.

El eco de nuestros pasos se mezclaba con los gritos que llegaban desde algún punto del piso superior. Las llamas de las lámparas temblaban con violencia y proyectaban sombras deformes sobre los muros.

Yo no podía pensar.

Solo podía correr.

Edward.

Adrian.

Gabriel.

Mi madre.

La Marquesa.

Lord Hawthorne.

Todos estaban allí.

Y alguien acababa de disparar dentro de Ravenshire.

Otra vez.

Llegamos al corredor principal.

Había humo.

No era mucho, pero suficiente para hacerme recordar.

El incendio.

La noche.

El olor.

La desesperación.

Me detuve un instante.

Alexander volvió la cabeza.

—Arabella.

No pude avanzar.

—Ese olor…

Él entendió.

—No es un incendio.

—¿Cómo lo sabes?

Alexander se acercó y tocó la pared.

—Es pólvora.

Entonces escuchamos un grito.

—¡EDWARD!

Era Adrian.

Corrimos.

La puerta de la biblioteca estaba abierta.

Una silla estaba volcada.

Los libros habían caído al suelo.

Las ventanas estaban destrozadas.

Mi madre estaba de rodillas junto a Gabriel.

Lord Hawthorne tenía una herida en la frente.

La Marquesa sostenía un arma.

Y Adrian…

Adrian estaba junto al cuerpo de Edward.

—¡Edward!

Me arrodillé.

—¡No!

Edward estaba tendido sobre la alfombra.

Había sangre en su camisa.

—¿Está muerto? —pregunté.

Adrian no respondió.

—¡¿Está muerto?!

—No lo sé.

Alexander cayó de rodillas junto a su hermano.

—Edward.

Le tomó el rostro.

—Mírame.

Edward abrió lentamente los ojos.

—Qué manera… de recibir a un hermano perdido.

Adrian soltó el aire.

—Idiota.

Edward sonrió débilmente.

—Me alegra verte también.

Sentí que las lágrimas me llenaban los ojos.

—¿Dónde está herido?

Alexander apartó la tela de la camisa.

—El disparo lo rozó.

—¿Lo rozó?

—Sí.

—Entonces está vivo.

—Por ahora.

Edward levantó una ceja.

—Siempre tan optimista, hermano.

Alexander sonrió apenas.

—Cállate.

Fue entonces cuando escuchamos un ruido detrás de nosotros.

La puerta.

Se estaba cerrando.

La Marquesa levantó su arma.

—¡Aléjense!

Todos nos volvimos.

La puerta se cerró lentamente.

Y desde el otro lado escuchamos una voz.

—No deberían haber abierto la caja.

El rostro de Lord Hawthorne se transformó.

—Él…

—¿Quién? —pregunté.

Lord Hawthorne retrocedió.

—No puede ser.

La voz volvió a hablar.

—Dieciocho años huyendo.

Una pausa.

—Dieciocho años escondiendo la verdad.

Otra pausa.

—Y todavía creen que pueden cambiar el final.

Alexander levantó su arma.

—¡Sal de ahí!

Una risa respondió.

—Ya salí.

Las luces se apagaron.

Grité.

No por miedo.

Por sorpresa.

La oscuridad fue absoluta.

Escuché pasos.

Un golpe.

Cristales rompiéndose.

Alguien gritó.

—¡Arabella!

Era Alexander.

Extendí las manos.

—¡Estoy aquí!

Sentí que alguien me tomaba por la cintura.

Me aparté instintivamente.

—¡Soy yo!

La voz de Alexander.

Me aferré a él.

—Pensé que…

—Estoy aquí.

Su mano encontró la mía.

—No te sueltes.

—No lo haré.

Una luz apareció.

La Marquesa había encendido una lámpara pequeña.

Todos estaban allí.

Todos excepto…

Gabriel.

—¿Dónde está Gabriel?

Mi madre se levantó de golpe.

—Estaba aquí.

—¿Dónde está?

—Hace un segundo…

Edward intentó incorporarse.

—La puerta.

Adrian señaló.

—¡La puerta secreta!

Corrimos hacia ella.

Estaba abierta.

—¡Se lo llevaron! —gritó mi madre.

Alexander salió detrás de mí.

—¡No!

Corrimos por el pasadizo.

El túnel era estrecho.

Oscuro.

Y descendía hacia las profundidades de Ravenshire.

—¡Gabriel! —grité.

No hubo respuesta.

Seguimos avanzando.

Hasta que encontramos una puerta.

Estaba abierta.

Al otro lado había una habitación pequeña.

Una silla.

Una mesa.

Y una ventana.

Nada más.

Sobre la mesa había una carta.

La tomé.

Reconocí inmediatamente la letra.

No era la de mi madre.

No era la de Lord Hawthorne.

No era la de Alexander.

La letra era firme.

Elegante.

Y aterradoramente familiar.

Leí.

“Uno de los dos hermanos debe ser reconocido.”

Debajo:

“El otro deberá desaparecer.”

Alexander tomó la carta.

—Esto no es para Gabriel.

—¿Entonces para quién?

Me miró.

—Para Edward y Adrian.

Ambos llegaron detrás de nosotros.

Adrian tomó el papel.

—No.

Edward se apoyó contra la pared.

—Entonces ya comenzó.

—¿Qué comenzó? —pregunté.

Adrian me miró.

—La elección.

Volvimos a la biblioteca.

El caos había disminuido.

Edward fue atendido por mi madre y la Marquesa.

La herida no era grave.

Pero algo había cambiado.

La atmósfera.

Ya no éramos un grupo de personas intentando descubrir una verdad.

Ahora éramos piezas dentro de un juego que alguien había decidido comenzar.

Lord Hawthorne estaba sentado junto al fuego.

Parecía diez años más viejo.

—Quiero respuestas —dije.

Él levantó los ojos.

—Las tendrás.

—Esta vez no aceptaré otra mentira.

—No habrá más.

—¿Quién es el cuarto miembro del Consejo?

Lord Hawthorne permaneció callado.




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